Madrid

Madrid me ha costado, y no estoy hablando de plata que también. Parques, transporte público, jardines, edificios, todo es muy bonito. Madrid, al menos la parte guay de la ciudad, es perfecta. Está lleno de detalles que empalagan. A los buses sólo les hace falta contar con sillas de masajes para los pasajeros. Los abundantes árboles de la ciudad han sido dispuestos para que hagan juego los colores en las cuatro estaciones del año. Ir al parque El Retiro y recostarse en el césped (pastar en colombiano) es como estar metido dentro de un cuadro de Monet. Puede uno sufrir un coma diabético. La arquitectura llena de detalles y muchas veces monumental se enmarca perfecto con los omnipresentes colores pastel de la ciudad. Visitar los jardines y rosaledas es como vivir en carne propia un capítulo del anime Candy Candy. En definitiva, vivir en Madrid es como vivir en una casa de muñecas. Bueno, el Madrid que me tocó a mí. He peleado mucho con esta ciudad, pero también he ido entendiendo que es envidia, y no estoy hablando de envidia por sus palacios o sus pintores famosos. No me juzgue querido lector, que reconocer la propia envidia es muy difícil. Me daba envidia de su metro, de sus parques, de su transporte, de una ciudad amable para viejos y niños y ciegos y cojos. En la pelea que libraba con rabia en mi cabeza siempre salía esta pregunta: ¿Por qué putas ellos sí pueden y nosotros no? Ya con mi envidia reconocida y superada he podido ver el grafiti, el rayón y el mugre en el piso. Todos estos elementos le dan tranquilidad a mi alma. Fluyo por la ciudad como si fuera mía. Madrid y yo ya somos amiguis, no de depilarnos juntas el bikini, pero amiguis que es lo que importa.

monet
Selfie en el parque de la esquina

Regresión

Debió haber sido hace unos treinta años la última vez que me pasó. Daba por hecho que —al igual que el resto de los superpoderes de los niños— éste también lo había perdido del todo. Esta mañana bajé al área común de la residencia y sentí un olor suave y dulzón a caldo de pollo. Un olor que era característico del comedor de la casa de mis abuelos paternos y de ningún otro lado. Era una casa grande que quedaba en lo que era el barrio Sears de Bogotá. Poco a poco se fueron dibujando como sombras coloridas en mi cabeza: la mesa rectangular del comedor, mi abuelo distante sentado en la cabecera, la mesa metálica del patio exclusiva para jugar parqués, la cocina espaciosa de donde seguramente provenía ese olor, el filtro de trapo donde preparaban el café y el enorme culo Sanclemente de mi abuela caminando con dificultad por la casa. Nunca fui cercano a mis abuelos paternos, o eso creía hasta hoy, que parece que están bien grabados en los recovecos de la memoria.

Buenas maneras

Sé que es una tontería, pero me rayo mucho cuando veo que se comen las frutas con cubiertos. Naranjas, bananos, manzanas, peras y ciruelas. No hay mucho más tampoco. Se me hace una falta de respeto con las frutas que han venido al mundo para ser devoradas. Mi explicación es la siguiente. Las frutas que llegan o se dan en el viejo continente no son muy ricas que digamos y junto con las ideas europeas de refinamiento y buenas maneras, se termina profanando a las frutas con fríos utensilios. Somos primates y el comer las frutas con la mano (como es y como debe ser) nos mantiene conectados con nuestro instinto animal. Comer las frutas con cubiertos es como masturbarse con un guante de lavar la loza, no es ningún síntoma de buenas maneras, es sólo una mueca ridícula, una pose risible.

Puedo hacerlo yo

Tengo este Thinkpad medio indestructible desde hace varios años, pero ya el teclado estaba sacando la mano. La pasta de materia orgánica presente entre las teclas y los contactos había causado estragos. Contrario a lo que su cerebro retorcido puede estar pensando, la materia orgánica en su mayoría estaba conformada por pelos de gato apelmazados con restos de tinto. Como no lo pienso botar y no puedo pagar un técnico europeo, decidí hacerlo yo. Compré lo más delicado en Amazon y las herramientas donde el chino. Yo sé que todo se puede por Youtube, pero preferí seguir este tutorial. Aproveché para cambiar la pasta térmica del procesador que ya estaba sonando como si este tiesto funcionara con diesel. Debo confesar que estaba muerto del susto. Todo el tiempo estuve pensando que no iba a poder devolverme, que me iba a sobrar un tornillo (uno literal), que iba a hacer un corto o que me iba a quedar algo desconectado. Solo rompí le posamanos un poco por no tener la suficiente paciencia al principio. Nada que no se solucione con Super Bonder.  Por no anotar, también me iba confundiendo con los colores de las antenas de la tarjeta inalámbrica. Ahora mi cacharro está funcionando mejor que nunca y el capitalismo tendrá que esforzarse más si quiere convencerme de que necesito una nueva máquina. Además, ahora ando con la liviandad de quien ha hecho aseo profundo a la casa, como si hubiese removido esa lama negra que se fija en la separación de las baldosas de la ducha. He descubierto que no me gusta andar por ahí con la pasta del procesador toda quemada.

Los pajaritos que visitan el árbol de mi ventana se cuelgan patas arriba de las ramas más delgadas de las hojas para comer.

Ira

Shantideva fue un personaje importante en el budismo tibetano. Las escuelas tibetanas hacen mucho énfasis en los renacimientos y en la acumulación de méritos. No comparto del budismo tibetano eso, pero entendidas metafóricamente muchas cosas cobran sentido. El capítulo de la paciencia de Shantideva en “La Práctica del Bodhisattva” es bueno, otras cosas no tanto. El primer verso es bello y habla con la verdad. Trato de tenerlo en cuenta, pero no siempre se puede. Dice algo así:

Todo lo bueno acumulado en miles de eras,

Como acciones generosas,

Y ofrecimientos a los bendecidos,

Un solo destello de ira, lo echa todo por tierra.

Trópico

Desde la poesía japonesa hasta las música de Vivaldi. No entiendo cual es la fascinación por las estaciones. El verano es un calor infernal, el otoño es gripa, el invierno un frío inhumano y la primavera mocos y alergias. A mí déjenme en el trópico que para cambiar de estación bajo o subo la montaña. A mí déjenme en el trópico en donde la temperatura y la humedad son más o menos estables. A mí déjenme en el trópico en donde puedo vivir versiones minúsculas de las estaciones en un mismo día. A mí déjenme en el trópico que ahí consigo lulos y guanábanas.