Regresión

Debió haber sido hace unos treinta años la última vez que me pasó. Daba por hecho que —al igual que el resto de los superpoderes de los niños— éste también lo había perdido del todo. Esta mañana bajé al área común de la residencia y sentí un olor suave y dulzón a caldo de pollo. Un olor que era característico del comedor de la casa de mis abuelos paternos y de ningún otro lado. Era una casa grande que quedaba en lo que era el barrio Sears de Bogotá. Poco a poco se fueron dibujando como sombras coloridas en mi cabeza: la mesa rectangular del comedor, mi abuelo distante sentado en la cabecera, la mesa metálica del patio exclusiva para jugar parqués, la cocina espaciosa de donde seguramente provenía ese olor, el filtro de trapo donde preparaban el café y el enorme culo Sanclemente de mi abuela caminando con dificultad por la casa. Nunca fui cercano a mis abuelos paternos, o eso creía hasta hoy, que parece que están bien grabados en los recovecos de la memoria.

Buenas maneras

Sé que es una tontería, pero me rayo mucho cuando veo que se comen las frutas con cubiertos. Naranjas, bananos, manzanas, peras y ciruelas. No hay mucho más tampoco. Se me hace una falta de respeto con las frutas que han venido al mundo para ser devoradas. Mi explicación es la siguiente. Las frutas que llegan o se dan en el viejo continente no son muy ricas que digamos y junto con las ideas europeas de refinamiento y buenas maneras, se termina profanando a las frutas con fríos utensilios. Somos primates y el comer las frutas con la mano (como es y como debe ser) nos mantiene conectados con nuestro instinto animal. Comer las frutas con cubiertos es como masturbarse con un guante de lavar la loza, no es ningún síntoma de buenas maneras, es sólo una mueca ridícula, una pose risible.

Puedo hacerlo yo

Tengo este Thinkpad medio indestructible desde hace varios años, pero ya el teclado estaba sacando la mano. La pasta de materia orgánica presente entre las teclas y los contactos había causado estragos. Contrario a lo que su cerebro retorcido puede estar pensando, la materia orgánica en su mayoría estaba conformada por pelos de gato apelmazados con restos de tinto. Como no lo pienso botar y no puedo pagar un técnico europeo, decidí hacerlo yo. Compré lo más delicado en Amazon y las herramientas donde el chino. Yo sé que todo se puede por Youtube, pero preferí seguir este tutorial. Aproveché para cambiar la pasta térmica del procesador que ya estaba sonando como si este tiesto funcionara con diesel. Debo confesar que estaba muerto del susto. Todo el tiempo estuve pensando que no iba a poder devolverme, que me iba a sobrar un tornillo (uno literal), que iba a hacer un corto o que me iba a quedar algo desconectado. Solo rompí le posamanos un poco por no tener la suficiente paciencia al principio. Nada que no se solucione con Super Bonder.  Por no anotar, también me iba confundiendo con los colores de las antenas de la tarjeta inalámbrica. Ahora mi cacharro está funcionando mejor que nunca y el capitalismo tendrá que esforzarse más si quiere convencerme de que necesito una nueva máquina. Además, ahora ando con la liviandad de quien ha hecho aseo profundo a la casa, como si hubiese removido esa lama negra que se fija en la separación de las baldosas de la ducha. He descubierto que no me gusta andar por ahí con la pasta del procesador toda quemada.

Los pajaritos que visitan el árbol de mi ventana se cuelgan patas arriba de las ramas más delgadas de las hojas para comer.

Ira

Shantideva fue un personaje importante en el budismo tibetano. Las escuelas tibetanas hacen mucho énfasis en los renacimientos y en la acumulación de méritos. No comparto del budismo tibetano eso, pero entendidas metafóricamente muchas cosas cobran sentido. El capítulo de la paciencia de Shantideva en “La Práctica del Bodhisattva” es bueno, otras cosas no tanto. El primer verso es bello y habla con la verdad. Trato de tenerlo en cuenta, pero no siempre se puede. Dice algo así:

Todo lo bueno acumulado en miles de eras,

Como acciones generosas,

Y ofrecimientos a los bendecidos,

Un solo destello de ira, lo echa todo por tierra.

Trópico

Desde la poesía japonesa hasta las música de Vivaldi. No entiendo cual es la fascinación por las estaciones. El verano es un calor infernal, el otoño es gripa, el invierno un frío inhumano y la primavera mocos y alergias. A mí déjenme en el trópico que para cambiar de estación bajo o subo la montaña. A mí déjenme en el trópico en donde la temperatura y la humedad son más o menos estables. A mí déjenme en el trópico en donde puedo vivir versiones minúsculas de las estaciones en un mismo día. A mí déjenme en el trópico que ahí consigo lulos y guanábanas.

La Padre Matria

Estaba un poco paranoico por la entrada a España. He oído toda clase de historias de colombianos que son devueltos por las razones más idiotas. Curiosamente, es la primera vez que no me preguntan en migración que a qué vengo. Obvio que pensé mal, que debe ser porque tenía la visa gringa, que debe ser por que no soy morocho. Todo eso pensé. Me quedé con una carpeta de papeles impresa.

También estaba un poco prevenido por todas las historias, noticias y películas de xenofobia y racismo. Uno se va armando ideas y conceptos generalizados de lo que no conoce pero tiene cierto contacto. Es inevitable. Por ejemplo, en Argentina mucha gente me explicó cómo era Colombia basándose en la serie Narcos y en las noticias.

Fui a buscar un adaptador de enchufe y tres señoras jubiladas me acompañaron hasta la estación del tren para enseñarme el camino. Íbamos por la que ahora se llama “Avenida de la Memoria” y que hasta no hace mucho era la “Avenida de la Victoria”. No entiendo bien, pero parece que el cambio tiene que ver con quitarle símbolos a Franco. Hablamos como si fuéramos amigos de toda la vida con estas señoras. Me contaron de sus enfermedades, de sus problemas para dormir, yo contribuí en lo que pude con mis achaques, hablamos de la primera comunión de no sé quién, del vestido que le iban a comprar, hablamos del parque que estábamos atravesando, que lo había hecho Carlos III por allá en el mil setecientos, que ese sí era un buen alcalde a diferencia de Peñalosa, que en el parque un día de invierno se rompió un hidrante y los árboles quedaron como si les colgaran cristales, que eso había sido la cosa más hermosa que había visto en toda su vida, que en ese entonces los celulares no tenían cámara pero que le quedó grabado y que por favor le tomara una selfie con el parque de fondo.

Nos despedimos de beso, uno en cada mejilla y que suene. Fueron seis besos en total. Así me recibió Madrid y ahora ando como Pedro por mi casa.