Gris

Carlos se encontró un gato gris de unos dos años en un estado lamentable. Apareció de la noche a la mañana en un antejardín del barrio. Se veía con los ojos muy infectados. Los vecinos preocupados habían, en palabras de ellos, activado una ruta. No sé en chapiyorkino eso qué quiera decir, pero parece que consiste en enviar muchos mensajes de Whatsapp y Twitter a las relaciones y amigos importantes para que alguien haga algo. Fundaciones animalistas, autoridades, alcaldía, etc. Al cabo de un rato, había una patrulla de la policía en el antejardín, viendo el gato y sin saber qué hacer para no ser regañados por un superior.

Carlos no lo pensó dos veces, recogió el guacal y llevó el gato al médico. Al cabo de unas horas se partió el cielo en tremendo aguacero, al día siguiente también cayó un aguacero similar. Este gato estuvo de buenas y consiguió refugio. Tiene los bigotes quemados, los cojines de las patas cortadas y los ojos muy lastimados. Bufa y se retrae cuando alguien se le acerca. Es posible que quede ciego. Cuesta no pensar que se trata de un caso de maltrato, sobre todo porque acaba de pasar el 31 de octubre y no falta el desadaptado. En todo caso, pensar en eso no sirve de nada.

El animal está hospitalizado y recuperándose, algunos vecinos y amigos están dando plata y Carlos está horneando magdalenas para recaudar algo más en la oficina. Va a ser muy difícil conseguirle casa a un gato de dos años, medio ciego y necesitado de espacio personal. Pero tampoco sirve de nada pensar en eso en este momento.

Algunos definen la compasión como aquello que se debe hacer en el momento presente para ayudar a aliviar el sufrimiento propio o ajeno. El actuar compasivo de Carlos me hace sentir un amor muy grande hacia él. Y no me refiero al amor romántico, es un amor más universal, más desprendido, más ecuánime, más puro. Tal vez se trate de la misma compasión.

Monos

Dos monos remonos, blancos reblancos, altos realtos, un chico y una chica, delgados y en bermudas. Sí, ha estado haciendo sol, pero Bogotá no está para bermudas hoy. Caminan lento por la 53 al lado de la ciclorruta. Por donde se tomaba la Muzú de Cootranspensilvania cuando una salía por esa portería de la Nacional. Llevan cipote aguacate en las manos. Están todos untados de mantequilla verde en la ropa, en la cara, como niños chiquitos que acaban de ser sorprendidos devorando una fruta salvaje, como monos frugívoros que acaban de descubrir un nuevo palo. Han descuartizado al pobre aguacate con las uñas, le han quitado la piel como quien rasga papel. Le arrancan pedacitos con los dedos para llevárselos rápidamente a la boca, sorben restos de los restos de la cáscara antes de que se caigan al piso. Manipulan la pepa con torpeza, la miran con respeto, la rodean para  desenponcharse más tarde de ella pero nadie sabe cómo lo lograrán. Dos monos que encontraron una fruta que detiene el tiempo.

Octubre

Voy a cumplir un mes sin medicación. Es esporádico, pero cuando algo o alguien me despierta en la mitad de la noche, me resulta imposible retomar el sueño por el malgenio que me da. Como el buen sueño es uno de los pilares para estar bien, me da terronera pasar malas noches. Le doy más importancia de la que tiene al vecino bullicioso o al fantasma que vio el gato. Son casos aislados, porque la mayoría de las veces no duermo, me convierto en piedra.

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La práctica va muy bien. De 20 a 30 minutos en la mañana y de 10 a 20 minutos algunas noches. Cuando practico en la sangha (en comunidad) las meditaciones duran más tiempo, pero por alguna razón metafísica cuestan menos esfuerzo. Algo de yoga antes de la meditación también ayuda mucho a reducir el esfuerzo. La meditación es otro pilar para estar bien. Es mejor que el café colombiano, y eso ya es mucho decir.

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Esta mañana caí en cuenta de que, después de un par de años de practica juiciosa, sigo siendo una persona emocionalmente muy complicada. No estoy haciendo show, la ciencia ha certificado que tengo un trastorno emocional incurable. La envidia, los celos, la rabia, los malestares y las peleas internas que me despiertan las mismas cosas y las mismas personas no desaparecen. Tal vez disminuyen, pero no desaparecen. La meditación no parece cambiar eso. Lo que sí ha cambiado es la manera en la que me relaciono con esas emociones. Y no, no se trata de controlar, reprimir o conceder. Va más allá.

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Peleo internamente con esas formas de budismo jipster: aplicaciones para meditar con el IPhone, cursos carísimos de budismo en Chapinero y bestsellers en la Panamericana sobre Mindfulness. Ni hablar de los pranas de colores, los seres de luz, los ángeles, la astrología y otras charlatanerías que contaminan la función de la práctica de la meditación. Más ruido que otra cosa ha dejado este negocio de la nueva era. Lo sé, las escuelas tradicionales del budismo han proliferado en occidente, en parte gracias a todo este ruido. Entiendo que los ritos del budismo religioso espantan a cualquiera, pero debe haber una forma de hacer que la meditación llegue a más gente de manera laica (por decirlo de algún modo) y sin el dios dinero de por medio (laica en el sentido amplio de la palabra). La meditación como la práctica gratuita que es. En todo caso, he visto que estas formas de budismo jipster han ayudado a uno que otro cristiano por ahí, eso me ayuda a  sosegar mi ira santa.

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He decidido que voy a enseñar a meditar bajo licencia GNU. Libremente, para los legos en tecnología. Ninguna institución (ni chapineruna ni tibetana) me acredita como maestro de meditación, pero una práctica discontinua desde los once años y una muy juiciosa en los últimos dos, me parecen suficientes credenciales para dar un par de indicaciones y acompañar con el silencio por unos minutos. No sé cuando vaya a empezar. He pensado en la universidad, 10 minutos antes de cada clase para los que quieran. También he pensado en formar un grupo de meditación especialmente dirigido a población de gays, lesbianas y personas trans. Siento una extraña obligación kármica de hacer, sobre todo, esto último.

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La autoridad es una cosa que, para ponerlo en términos lunfardos, me rompe las pelotas. Es una pelea interna y externa. Soy de los que cree que la autoridad es algo que se gana con el respeto. De otra forma no es más que un ejercicio arbitrario del poder. Cuando alguien quiere ejerce su autoridad sobre mí, se arma la anilingus. Llámese mamá, jefe, pareja, colega o policía. Eso ha sido desde chiquito y creo que se lo heredé a mi mamá. Es mejor no tratar de ponerle cascabel a este gato. Tal vez por eso trabajo en una universidad pública donde no tengo un jefe en el sentido oficinista de la palabra. Aún así, en pleno sabático, llevo un par de meses con tremendo maestro de la paciencia, uno que trata permanentemente de ejercer una autoridad culimba sobre mí. Reducir el tamaño del ego es más fácil en la teoría que en la práctica. Pero como decía el viejo Shantideva, hay que valorar estos maestros de la paciencia como tesoros, porque de los que nos celebran todo aprendemos poco.

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No sé que me pasa con el color verde. Sé que me pasa algo porque desde chiquito todo lo escogía verde: la maleta, la ropa, los accesorios. Eso no ha cambiado y mucha veces es inconsciente. Ayer me vi en el espejo del ascensor y parecía un aguacate. Debe ser porque me siento muy jipi, muy amigo de los árboles. Me debo ver raro por la calle. Tocará preguntarle a un gurú de la nueva era qué es la vaina con el verde. En un mes cumplo 40 y el chiste se cuenta solo.

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Ya casi llego a los cuarenta noviembres y no me imaginé llegar tan lejos. Tampoco estoy teniendo una crisis de la mediana edad, parece que he abonado suficiente a capital con mis crisis anteriores.  Hace nada que era un guambito, cómo se pasa el tiempo. Como en la paradoja de Aquiles y la tortuga de Zenon de Elea. Ya llegué a la mitad, cualquier otra mitad de la mitad nueva es solo ganancia. Y pues desde Zenon ya se sabe, la suma de esos trayectos es finita.

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Volvamos al sur. Algo pasó en Argentina que casi no me quería devolver. Argentina me hizo sentir que también soy argentino. Argentina me dejó el tango queer de Bife, la cumbia marica de Sudor Marika y las Yeguas del Apocalipsis. Argentina me dejó el gusto por el mate. Argentina me dejó la posibilidad poética del ser. Argentina me dejó la posibilidad neurótica del ser. Argentina me dejó los pingüinos, los leones marinos, la Patagonia y el Iguazú. Argentina me dejó amigos. En plural. Como si fuera muy fácil para mí hacer amigos, si quiera en singular. Argentina me dejó amigos y desde entonces se me alojó un solecito en el corazón.

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Ando en clases de salsa. Yo que creía que mis sangre caleña y los años de experiencias en los antros vecinos de la Nacho me iban a eximir de los cursos introductorios. Luego de un mes, sigo en Prebásico 0. Al principio, verme gordito y torpe en el espejo fue todo un reto para la autoestima. Ya me siento un poco más cómodo con mi cuerpo. Me pareció llamativo que lo primero que uno aprende es una especie de elemento neutro en un grupo libre generado por un conjunto de pasos básicos. Algo parecido a lo que ocurre con algunos ejercicios introductorios de piano. Pensé en formular mejor esas ideas hasta que caí en cuenta que a salsa voy es a hacer algo con el cuerpo, a divertirme, no a seguir pensando en güevonadas.

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La jipsteridad no conoce límites. Se junta el prefijo “co” con un verbo en inglés terminado en “ing” para cobrar por cosas que ya existen: coworking, coliving, cofucking. Por momentos me agobia trabajar en la casa y me voy a trabajar a la biblioteca. Para que me entiendan, es como un coworking pero gratis. La arquitectura de la Virgilio es una maravilla y pues a bibliotecas ya nadie va por libros. Es toda esa majestad de edificio para los mismos cuatro gatos que vamos casi a diario. Me voy en bicicleta, pues ya era hora de retomarla. Ya le he aprendido a bajar a la neurosis cuando un carro trata de matarme deliberadamente y sin ningún atisbo de vergüenza. No es tan fácil.

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Estoy medio encarretado con la fenomenología husserliana. Andrés tiene unas traducciones bastante pulidas de algunos ensayos fantásticos de G. C. Rota en su página. Se me hace que esta carreta fenomenológica tiene que tener una aplicabilidad práctica en la comprensión, enseñanza y exposición de las matemáticas. El lío es que no encuentro ejemplos de descripciones fenomenológicas concretas, inteligibles y rigurosas de objetos matemáticos específicos. Las descripciones fenomenológicas que he visto apuntan más a la generalidad y la filosofía. También hay muchos ensayos de fenomenología y matemáticas que son básicamente masturbaciones mentales marca Springer-Verlag. No me interesa. Hace falta quién se remangue el overol, se ponga las botas y se ensucie las manos de objetos más humildes de la matemática, cerrando un poco más la brecha entre matemáticas y filosofía, sin tanta carreta, sin tanta grandeza.

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Ya que estamos hablando de fenomenología y de budismo, hay un ensayo de Dogen (el fundador del zen japonés) que se llama ZENKI. Tiene un párrafo que me parece una muy bonita descripción:

“La vida es como una persona en un bote. En este bote, despliego las velas,  manejo con el timón, uso el remo para empujar, el bote me lleva, y no hay un yo más allá del bote. Porque estoy navegando en él, el bote se convierte en bote”.

Las relaciones entre budismo y fenomenología husserliana no son tan sorprendentes y rebuscadas. Eso lo ha dicho el mismo Husserl. Para mí el budismo no es más que una fenomenología del sufrimiento llevada al nivel de método. Casi nada.

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Ando muy encarretado también con Emacs. Es una pieza exquisita de los nerdos del software libre. Es como un sistema operativo en texto plano. Desde ahí envío correos, navego, publico en el blog, edito en LaTeX y programo en Python usando el Jupyter. Tiene hasta un psiquiatra programado, es en serio. Hay que dedicarle mucho tiempo para aprender, pero cada vez más me convenzo de que vale la pena. Trato de alejarme al máximo de Office, y con Office me refiero a todos los programas y formas de proceder que se le parecen. Como las cucarachas, el Office me produce alergia y hasta ahí me llega el equilibrio zen.

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Me hicieron el reclamo de que por qué no estaba escribiendo en el blog. Todo lo dicho arriba eran entradas represadas que no me parecían dignas de publicación. Estas son las consecuencias.

 

Sin pastillas

Doña Emi me hizo caer en cuenta que se van a cumplir cinco años de la llegada de Tris Alberto a esta casa. La llegada del gato que me salvó. Obvio que es una exageración, pero suena bonito. La verdad es que también Carlos me salvó, mi mamá me salvó, mi vida llena de privilegios me salvó, los medicamentos me salvaron, yo me salvé también y aquí cuento un poco cómo. El proceso de salvación en la vida terrenal no es así no más, quién dijo. El caso es que la llegada de Tris Albero es el hito que marcó el comienzo del fin de una depresión muy complicada: desde hace cinco años empezó el fin de la agonía. Poco a poco los médicos me han venido reduciendo la medicación. En contra de lo aprendido en la universidad, el doctor considera que no se justifica que siga medicado. Pero no vine aquí solo a presumir de lo bien que estoy de la cabeza y de que ya no necesito más pastillas. Vine a contar qué he hecho adicional a lo que ya había hecho antes para mantenerme como un lulo. De cierto modo, vengo a predicar.

Religión se llama eso extra que me tiene tan bien. Pero no cualquier religión se adapta a mis prejuicios, necesidades y deseos sexuales. Por ejemplo, algo que ha dificultado toda  mi vida el poder tener una religión es que me cuesta creer, ya sea en Dios todopoderoso o en la reencarnación y las múltiples manifestaciones del Buda. Por más que trate, simplemente no puedo orientar mi vida con leyendas fantásticas, supersticiones e interminables rezos sin sentido. La religión que practico y que me funciona (sí es que se le puede llamar religión a eso), es la corriente zen del budismo. Para hacer corta la historia, la práctica consiste en dos cosas que se alimentan la una a la otra: la meditación y las enseñanzas (o el dharma). Sin la meditación no se instala software en el sistema. Sin la enseñanzas, mejor ir a un spa o una clase de yoga chapineruno. Luego de un par de años de práctica y meditación juiciosa (20 minutos diarios es suficiente para mí), la forma en la que veo y me relaciono con el mundo han cambiado radicalmente. Cambiar esa forma de ver y relacionarme con el mundo ha sido tal vez lo más difícil de implementar (más difícil que dejar el cigarrillo, por ejemplo) pero  al mismo tiempo ha sido lo más importante y estable. En palabras de Carlos, “ese asunto del budismo le ha servido mucho a Arturo, eso hay que reconocerlo”.

No estoy exento de una posible recaída. Menos ahora que ando por el mundo sin pastillas. Pero si llega, cuando llegue, se hará lo que se tiene que hacer.

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Más loco que una cabra bebé

Andino

Hoy almorcé en la plazoleta de comidas del Centro Comercial Andino, uno de los más queridos de la ciudad. Mientras me comía mi burrito mirando desde el tercer piso hacia el patio central, me di cuenta de algo que no había notado antes. Si bien nunca me han gustado mucho los centros comerciales (mucho menos después de leer La Caverna), esta forma de entender el espacio era nueva para mí: el Andino tiene diseño de cárcel gringa.  Cada pabellón tiene un patio central rectangular como un panóptico donde la vigilancia se ejerce a través de las cámaras de seguridad. Los locales comerciales ocupan el lugar de las celdas de los presos. En ambos casos se puede ver el interior. Seguramente esto está ampliamente documentado en la literatura de corte foucaultiano, pero fue divertido notarlo por mi cuenta. La seguridad del centro comercial es rigurosa desde la entrada: perros que olfatean las maletas, requisas y cámaras de seguridad cada cien metros. Los atentados sufridos en los baños justifican la paranoia, pero la seguridad ahí no es más especial que en cualquier otro centro comercial bogotano pensado para las familias de clase media. No deja de ser paradójico que para poder ejercer la libertad de comprar chucherías decidamos encerrarnos en una prisión luminosa y de cristal. Entramos para protegernos del ñero, del gamín, del atracador, del artesano, del vendedor ambulante, de todo aquel que su apariencia no respete el estilo de vida consumista. Nos sentimos protegidos si nos autoencarcelamos. Nos creemos libres al mismo tiempo que nos sometemos por voluntad propia a todo tipo de prisiones.

Publicidad engañosa

Esta mañana me fui a hacer una radiografía en uno de los mejores laboratorios del país. La sala de espera estaba llena, tenía una capacidad para cincuenta personas (las conté) y estaba dispuesta como un auditorio, como un teatro, como una sala de cine sin desnivel. Al fondo, en lo que vendría siendo la pantalla, estaba pegado un afiche gigante de la familia perfecta, del modelo de familia burguesa: blancos, jóvenes, apuestos, mamá, papá, niño, niña. La imagen estaba llena de detalles: en el fondo un prado verde como evocando el jardín de la casa en los suburbios, el contraste equilibrado de los géneros, la niña en las piernas del papá, el niño abrazado por la mamá. Todos muy felices, muy contentos, pero ante todo plenos. Al afiche lo acompañaban (como si se tratara de una campaña política de un candidato de derecha) palabras sueltas como respeto, ética y responsabilidad. ¿Por qué esta propaganda de iglesia cristiana en un laboratorio clínico? ¿Acaso la imagen de la familia burguesa es el símbolo de la higiene, la salud, la pulcritud y la asepsia que tanto les gusta a los médicos? ¿Qué es lo que este laboratorio quiere que le compremos? ¿Después de los resultados de los exámenes médicos vamos a ser más felices?, ¿más heterosexuales?, ¿más blancos?, ¿más apuestos? ¿Por qué el modelo de sexualidad burguesa (por el que han peleado hasta comunistas y homosexuales) ayuda a que unos resultados de laboratorio (que no involucran más que la física y la química para su elaboración) sean más confiables?

Embriagado por la publicidad, me di la vuelta y me puse a observar detenidamente a todos los pacientes tratando de encontrar a alguien que potencialmente encajara en el modelo en pantalla. No había nadie. Eramos cincuenta personas y ninguno encajaba. Ninguno. Ni si quiera el personal del lugar. Todos eramos o feos o cojos o negros o mulatos o indios o mestizos o ancianos o maricas. La gran mayoría eran viejitas llenas de achaques. Ninguno parecía estar viviendo el idilio de la propaganda, pero sobre todo, ninguno tenía cómo vivirlo, ni esforzándose, ni renaciendo una y mil veces. Todos estábamos lejos, muy lejos de comprar lo que sea que el laboratorio nos quería vender con su publicidad. Todos eramos muy imperfectos en esa propaganda de cuerpos normativos. Estoy seguro que ni los que posaron para la foto cumplían el modelo, el papá tenía una cara de gay fiestero que no podía con ella y a la mamá se le notaba que de mamá poco. Le puse atención a lo que decía la gente en el mostrador. Todos parecían provenir de familias defectuosas. Una anciana con su hija cuidadora, una pareja de ancianos a su suerte, una madre soltera con su niño, un gay al que le están empezando los achaques de los años. Una señora mayor, no tan blanca, con una sonrisa honesta y el pulgar hacia arriba sería mucho mejor propaganda que la que los publicistas perezosos pusieron ahí.

Ya lo decía Foucault: “vivimos dentro de una red de relaciones que delinean lugares que son irreducibles unos a otros y absolutamente imposibles de superponer”.

De matemáticas y el poder

Esto es una respuesta a este post del profe Andrés sobre el rol de las mujeres en la matemática colombiana. A diferencia de él, no me di cuenta de que algo andaba muy mal por una suerte de iluminación repentina. En mi caso he venido ganando consciencia paulatinamente, con discontinuidades y algunos retrocesos. Por ejemplo, me ha costado trabajo identificar algunas estructuras patriarcales y machistas dentro y fuera de la universidad que hacen que las mujeres sean más propensas a abandonar la carrera. Con respecto a eso no hay mucho que yo pueda hacer para cambiar la situación. Más difícil y mas interesante ha sido darme cuenta de mis propios comportamientos machistas. Por ejemplo, casi todos mis tesistas han sido hombres y eso no se corresponde con la distribución de sexos en la carrera. Hasta hace poco me empecé a preguntar con algún juicio, ¿por qué? ¿qué estoy haciendo mal? No he encontrado una respuesta definitiva, pero por ahora lo atribuyo principalmente a una forma de ser agresiva que muchos me celebran, pero que no todas las mujeres están dispuestas a enfrentar.

En el congreso del año pasado se instalaron unos afiches de mujeres matemáticas en el mundo y armaron un comité de género e inclusión. En ese contexto me preguntaron que cuáles acciones afirmativas podía proponer yo. Mi propuesta inicial fue (y sigue siendo) que le dieran un buen porcentaje del comité ejecutivo a mujeres, comité que es usualmente (¿siempre?) conformado exclusivamente por hombres. También dije que nada mejor que ganar visibilidad galardonando mujeres en los premios de matemáticas. El silencio sepulcral fue la respuesta a mis propuestas.

En Madrid le dije a mi colega (mujer) que me habían llegado unas encuestas de la Unión Matemática Internacional sobre el rol de las mujeres en la matemática en el mundo, que si la quería llenar. Me dijo que no iba a llenar más encuestas, que llevaba años llenando encuestas de ese estilo y que la situación de las matemáticas en su país iba igual o peor.

El poder en la sociedad matemática en Colombia (y seguramente en el resto del mundo también, no sé) está concentrado en los hombres, es ejercido por hombres y para los hombres. Mientras los hombres que ostentan el poder no tengan que cederlo, mientras no tengan que visibilizar en serio el trabajo de las mujeres matemáticas, no van a tener ningún problema en seguir cediendo auditorios, espacios para instalar afiches reivindicativos y encuestas progresistas por email.