Roma

Anoche vi Roma. Hace rato no me llegaba tan hondo una película. Pensaba en escribir algo para este blog, pero me daba pereza por lo dificultoso de expresar lo que esta película movilizó en mí, hasta que leí esta entrada de Andrés que me anima a hacer lo propio. No voy a tratar de explicar aquí lo inefable (hay que ver la película), y pues eso fue lo que me atrapó desde el primer instante: toda la película es una reivindicación del cine en tanto expresa en múltiples continuos conectados (ver post de  Andrés) lo que no es posible sólo con palabras. El cine de cierta forma es un continuo de fotografías, Roma es más bien como una fotografía de continuos. Mientras la película me sumergía más y más en cada continuo en una conexión profunda con los personajes aparecía un despertar, un momento de pequeña iluminación súbita, un despertar nuevamente a la realidad ordinaria: el terremoto, el hombre bala, el incendio… la película está llena de momentos así. Esto empata un poco con el manejo de la tensión: cuando uno espera que los momentos de tensión desemboquen en el típico melodrama latinoamericano, lo que obtenemos es una respuesta humana en el sentido más puro y profundo de la palabra. Algunas escenas me quedaron impresas como con sello seco. La superposición de una estética greco-nipona de la desnudez de Fermín me cortó la respiración, el maestro que es sensei de artes marciales y luchador mexicano al mismo tiempo es muy cómico, la sordera y desolación del parto de Cleo y por supuesto la escena de la playa que me hizo romper en llanto.

Esta película me llega hondo porque yo soy ese niño rubio de clase media criado por G., por M, por E. Porque es mi historia así no sea mi historia. Porque hay mujeres que han renunciado a sus hijos por mí y me han dado el amor que les correspondía a ellos. Por eso Roma me llega tan hondo.

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¿Pública la dejaron?

Celebro la reciente manifestación estudiantil, el coraje, la determinación y los logros. Esta es una lucha que tenían que dar las estudiantes porque nadie más lo iba a hacer, eran las únicas dispuestas a pagar con su sangre la defensa de la universidad pública. Los profesores somos otra historia, desde que sigamos recibiendo nuestro sueldo, mucho o poco, haremos barra desde el  sofá. Si lo dejamos de recibir, siempre estará la opción de piratear en las privadas, de hacer consultorías o de reclamar la pensión.

Las estudiantes le han demostrado al gobierno, al país y al mundo que pueden ejercer el poder que siempre han tenido. Pero al igual que para el gobierno, para los estudiantes el ejercicio del poder tienes sus complicaciones, sus responsabilidades, pero sobre todo, sus consecuencias.

Algunos (muchos estudiantes, casi todos hombres) se equivocan si creen que reduciendo esto a una lucha de clases van a lograr una universidad pública. Y también es un error vender a la universidad pública como la única promesa de ascenso social del pueblo. Pobres y ricos, estudiantes y gobierno son sólo algunos de tantos lugares desde donde se ejercen las relaciones de poder y la opresión.

Basta con darse una vuelta por los grupos de Facebook de estudiantes de universidades públicas. Son grupos de decenas miles de seguidores que aplauden todo lo que dice el administrador. Estos grupos suelen estar conformados principalmente por estudiantes hombres y de carreras técnicas como ellos mismos revelan orgullosos en sus estadísticas. La línea editorial parece ser clara: chistes de contexto y chistes políticos contra el establecimiento y a favor de la izquierda. De tanto en tanto se alterna el muro con chistes de gran calibre machista, misógino y homofóbico. Son memes cargados de la cantidad justa de odio para que rueden como bola de nieve. Es aquí donde estos grupos de universidades públicas no tienen nada que envidiarle a su contraparte privada: Los Chompos de la Universidad de los Andes. Porque muchachos, no hay necesidad de luchar por una universidad pública misógina y homofóbica, esas relaciones de poder ya oprimen en todos los estratos e instituciones.

Preocupa que la defensa de la universidad pública termine siendo sólo en beneficio de las mismas estructuras de poder. Cambiamos de opresor, solo que ahora tiene la supuesta ventaja de tener una conciencia social que no es más que miopía. Preocupa que los frutos de lucha estudiantil terminen malgastados sólo en que los muchachos-hombres-pobres puedan estudiar para poder acceder a la clase trabajadora explotada y así finalmente comer carne todos los días, comprar carro y televisor de las suficientes pulgadas. En últimas sería una universidad pública para algunos, para los hombres machistas, misóginos y homofóbicos que ya ejercen en el poder en todas partes, sería una universidad pública de fines mezquinos y en función del capitalismo. Con el agravante de que el egresado si tiene la buena fortuna de entrar a la clase media acomodada (viviendo en las mieles de la sexualidad burguesa que tanto defiendió) ni si quiera tenemos garantía de que estos machitos mantengan una visión política de izquierda. En últimas una universidad pública para algunos, que mantiene las mismas formas de opresión, no es una universidad pública.

Que el machismo, la misoginia y la homofobia tengan tan fiel hinchada en las carreras técnicas de las universidades públicas no es un desprestigio para sus seguidores, es un desprestigio para nosotros,  para los profesores y para las instituciones. Quién sabe de cuántas formas los profesores de matemáticas, física e ingeniería perpetuamos estas formas del ejercicio de poder. Tampoco es que las instituciones y las carreras en humanas estén muy comprometidas con si quiera reflexionar en las relaciones de poder. Por ejemplo, es bien sabido que a los filósofos, humanistas y directivos de la grandiosa Universidad Nacional de Colombia se les encoge el pene si contratan una mujer en su planta docente. Si la facultad de filosofía de la mejor universidad del país es el “faro moral” (al menos ejemplo debería ser), qué le podemos pedir a un estudiante de ingeniería cuya formación humanista difícilmente supera el haber leído “Ética para Amador”.

Ya que los profesores pudimos celebrar como espectadores la defensa de la universidad pública, nos toca ahora asumir con más compromiso la educación humanista propia y la de nuestros estudiantes. Especialmente en la práctica y con el ejemplo. Está claro que no podemos seguir delegando la formación humana en los de humanas. Las estudiantes ya hicieron su parte, nos toca ahora hacer la nuestra que para eso nos pagan.

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Gris

Carlos se encontró un gato gris de unos dos años en un estado lamentable. Apareció de la noche a la mañana en un antejardín del barrio. Se veía con los ojos muy infectados. Los vecinos preocupados habían, en palabras de ellos, activado una ruta. No sé en chapiyorkino eso qué quiera decir, pero parece que consiste en enviar muchos mensajes de Whatsapp y Twitter a las relaciones y amigos importantes para que alguien haga algo. Fundaciones animalistas, autoridades, alcaldía, etc. Al cabo de un rato, había una patrulla de la policía en el antejardín, viendo el gato y sin saber qué hacer para no ser regañados por un superior.

Carlos no lo pensó dos veces, recogió el guacal y llevó el gato al médico. Al cabo de unas horas se partió el cielo en tremendo aguacero, al día siguiente también cayó un aguacero similar. Este gato estuvo de buenas y consiguió refugio. Tiene los bigotes quemados, los cojines de las patas cortadas y los ojos muy lastimados. Bufa y se retrae cuando alguien se le acerca. Es posible que quede ciego. Cuesta no pensar que se trata de un caso de maltrato, sobre todo porque acaba de pasar el 31 de octubre y no falta el desadaptado. En todo caso, pensar en eso no sirve de nada.

El animal está hospitalizado y recuperándose, algunos vecinos y amigos están dando plata y Carlos está horneando magdalenas para recaudar algo más en la oficina. Va a ser muy difícil conseguirle casa a un gato de dos años, medio ciego y necesitado de espacio personal. Pero tampoco sirve de nada pensar en eso en este momento.

Algunos definen la compasión como aquello que se debe hacer en el momento presente para ayudar a aliviar el sufrimiento propio o ajeno. El actuar compasivo de Carlos me hace sentir un amor muy grande hacia él. Y no me refiero al amor romántico, es un amor más universal, más desprendido, más ecuánime, más puro. Tal vez se trate de la misma compasión.

Monos

Dos monos remonos, blancos reblancos, altos realtos, un chico y una chica, delgados y en bermudas. Sí, ha estado haciendo sol, pero Bogotá no está para bermudas hoy. Caminan lento por la 53 al lado de la ciclorruta. Por donde se tomaba la Muzú de Cootranspensilvania cuando una salía por esa portería de la Nacional. Llevan cipote aguacate en las manos. Están todos untados de mantequilla verde en la ropa, en la cara, como niños chiquitos que acaban de ser sorprendidos devorando una fruta salvaje, como monos frugívoros que acaban de descubrir un nuevo palo. Han descuartizado al pobre aguacate con las uñas, le han quitado la piel como quien rasga papel. Le arrancan pedacitos con los dedos para llevárselos rápidamente a la boca, sorben restos de los restos de la cáscara antes de que se caigan al piso. Manipulan la pepa con torpeza, la miran con respeto, la rodean para  desenponcharse más tarde de ella pero nadie sabe cómo lo lograrán. Dos monos que encontraron una fruta que detiene el tiempo.

Octubre

Voy a cumplir un mes sin medicación. Es esporádico, pero cuando algo o alguien me despierta en la mitad de la noche, me resulta imposible retomar el sueño por el malgenio que me da. Como el buen sueño es uno de los pilares para estar bien, me da terronera pasar malas noches. Le doy más importancia de la que tiene al vecino bullicioso o al fantasma que vio el gato. Son casos aislados, porque la mayoría de las veces no duermo, me convierto en piedra.

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La práctica va muy bien. De 20 a 30 minutos en la mañana y de 10 a 20 minutos algunas noches. Cuando practico en la sangha (en comunidad) las meditaciones duran más tiempo, pero por alguna razón metafísica cuestan menos esfuerzo. Algo de yoga antes de la meditación también ayuda mucho a reducir el esfuerzo. La meditación es otro pilar para estar bien. Es mejor que el café colombiano, y eso ya es mucho decir.

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Esta mañana caí en cuenta de que, después de un par de años de practica juiciosa, sigo siendo una persona emocionalmente muy complicada. No estoy haciendo show, la ciencia ha certificado que tengo un trastorno emocional incurable. La envidia, los celos, la rabia, los malestares y las peleas internas que me despiertan las mismas cosas y las mismas personas no desaparecen. Tal vez disminuyen, pero no desaparecen. La meditación no parece cambiar eso. Lo que sí ha cambiado es la manera en la que me relaciono con esas emociones. Y no, no se trata de controlar, reprimir o conceder. Va más allá.

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Peleo internamente con esas formas de budismo jipster: aplicaciones para meditar con el IPhone, cursos carísimos de budismo en Chapinero y bestsellers en la Panamericana sobre Mindfulness. Ni hablar de los pranas de colores, los seres de luz, los ángeles, la astrología y otras charlatanerías que contaminan la función de la práctica de la meditación. Más ruido que otra cosa ha dejado este negocio de la nueva era. Lo sé, las escuelas tradicionales del budismo han proliferado en occidente, en parte gracias a todo este ruido. Entiendo que los ritos del budismo religioso espantan a cualquiera, pero debe haber una forma de hacer que la meditación llegue a más gente de manera laica (por decirlo de algún modo) y sin el dios dinero de por medio (laica en el sentido amplio de la palabra). La meditación como la práctica gratuita que es. En todo caso, he visto que estas formas de budismo jipster han ayudado a uno que otro cristiano por ahí, eso me ayuda a  sosegar mi ira santa.

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He decidido que voy a enseñar a meditar bajo licencia GNU. Libremente, para los legos en tecnología. Ninguna institución (ni chapineruna ni tibetana) me acredita como maestro de meditación, pero una práctica discontinua desde los once años y una muy juiciosa en los últimos dos, me parecen suficientes credenciales para dar un par de indicaciones y acompañar con el silencio por unos minutos. No sé cuando vaya a empezar. He pensado en la universidad, 10 minutos antes de cada clase para los que quieran. También he pensado en formar un grupo de meditación especialmente dirigido a población de gays, lesbianas y personas trans. Siento una extraña obligación kármica de hacer, sobre todo, esto último.

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La autoridad es una cosa que, para ponerlo en términos lunfardos, me rompe las pelotas. Es una pelea interna y externa. Soy de los que cree que la autoridad es algo que se gana con el respeto. De otra forma no es más que un ejercicio arbitrario del poder. Cuando alguien quiere ejerce su autoridad sobre mí, se arma la anilingus. Llámese mamá, jefe, pareja, colega o policía. Eso ha sido desde chiquito y creo que se lo heredé a mi mamá. Es mejor no tratar de ponerle cascabel a este gato. Tal vez por eso trabajo en una universidad pública donde no tengo un jefe en el sentido oficinista de la palabra. Aún así, en pleno sabático, llevo un par de meses con tremendo maestro de la paciencia, uno que trata permanentemente de ejercer una autoridad culimba sobre mí. Reducir el tamaño del ego es más fácil en la teoría que en la práctica. Pero como decía el viejo Shantideva, hay que valorar estos maestros de la paciencia como tesoros, porque de los que nos celebran todo aprendemos poco.

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No sé que me pasa con el color verde. Sé que me pasa algo porque desde chiquito todo lo escogía verde: la maleta, la ropa, los accesorios. Eso no ha cambiado y mucha veces es inconsciente. Ayer me vi en el espejo del ascensor y parecía un aguacate. Debe ser porque me siento muy jipi, muy amigo de los árboles. Me debo ver raro por la calle. Tocará preguntarle a un gurú de la nueva era qué es la vaina con el verde. En un mes cumplo 40 y el chiste se cuenta solo.

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Ya casi llego a los cuarenta noviembres y no me imaginé llegar tan lejos. Tampoco estoy teniendo una crisis de la mediana edad, parece que he abonado suficiente a capital con mis crisis anteriores.  Hace nada que era un guambito, cómo se pasa el tiempo. Como en la paradoja de Aquiles y la tortuga de Zenon de Elea. Ya llegué a la mitad, cualquier otra mitad de la mitad nueva es solo ganancia. Y pues desde Zenon ya se sabe, la suma de esos trayectos es finita.

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Volvamos al sur. Algo pasó en Argentina que casi no me quería devolver. Argentina me hizo sentir que también soy argentino. Argentina me dejó el tango queer de Bife, la cumbia marica de Sudor Marika y las Yeguas del Apocalipsis. Argentina me dejó el gusto por el mate. Argentina me dejó la posibilidad poética del ser. Argentina me dejó la posibilidad neurótica del ser. Argentina me dejó los pingüinos, los leones marinos, la Patagonia y el Iguazú. Argentina me dejó amigos. En plural. Como si fuera muy fácil para mí hacer amigos, si quiera en singular. Argentina me dejó amigos y desde entonces se me alojó un solecito en el corazón.

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Ando en clases de salsa. Yo que creía que mis sangre caleña y los años de experiencias en los antros vecinos de la Nacho me iban a eximir de los cursos introductorios. Luego de un mes, sigo en Prebásico 0. Al principio, verme gordito y torpe en el espejo fue todo un reto para la autoestima. Ya me siento un poco más cómodo con mi cuerpo. Me pareció llamativo que lo primero que uno aprende es una especie de elemento neutro en un grupo libre generado por un conjunto de pasos básicos. Algo parecido a lo que ocurre con algunos ejercicios introductorios de piano. Pensé en formular mejor esas ideas hasta que caí en cuenta que a salsa voy es a hacer algo con el cuerpo, a divertirme, no a seguir pensando en güevonadas.

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La jipsteridad no conoce límites. Se junta el prefijo “co” con un verbo en inglés terminado en “ing” para cobrar por cosas que ya existen: coworking, coliving, cofucking. Por momentos me agobia trabajar en la casa y me voy a trabajar a la biblioteca. Para que me entiendan, es como un coworking pero gratis. La arquitectura de la Virgilio es una maravilla y pues a bibliotecas ya nadie va por libros. Es toda esa majestad de edificio para los mismos cuatro gatos que vamos casi a diario. Me voy en bicicleta, pues ya era hora de retomarla. Ya le he aprendido a bajar a la neurosis cuando un carro trata de matarme deliberadamente y sin ningún atisbo de vergüenza. No es tan fácil.

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Estoy medio encarretado con la fenomenología husserliana. Andrés tiene unas traducciones bastante pulidas de algunos ensayos fantásticos de G. C. Rota en su página. Se me hace que esta carreta fenomenológica tiene que tener una aplicabilidad práctica en la comprensión, enseñanza y exposición de las matemáticas. El lío es que no encuentro ejemplos de descripciones fenomenológicas concretas, inteligibles y rigurosas de objetos matemáticos específicos. Las descripciones fenomenológicas que he visto apuntan más a la generalidad y la filosofía. También hay muchos ensayos de fenomenología y matemáticas que son básicamente masturbaciones mentales marca Springer-Verlag. No me interesa. Hace falta quién se remangue el overol, se ponga las botas y se ensucie las manos de objetos más humildes de la matemática, cerrando un poco más la brecha entre matemáticas y filosofía, sin tanta carreta, sin tanta grandeza.

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Ya que estamos hablando de fenomenología y de budismo, hay un ensayo de Dogen (el fundador del zen japonés) que se llama ZENKI. Tiene un párrafo que me parece una muy bonita descripción:

“La vida es como una persona en un bote. En este bote, despliego las velas,  manejo con el timón, uso el remo para empujar, el bote me lleva, y no hay un yo más allá del bote. Porque estoy navegando en él, el bote se convierte en bote”.

Las relaciones entre budismo y fenomenología husserliana no son tan sorprendentes y rebuscadas. Eso lo ha dicho el mismo Husserl. Para mí el budismo no es más que una fenomenología del sufrimiento llevada al nivel de método. Casi nada.

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Ando muy encarretado también con Emacs. Es una pieza exquisita de los nerdos del software libre. Es como un sistema operativo en texto plano. Desde ahí envío correos, navego, publico en el blog, edito en LaTeX y programo en Python usando el Jupyter. Tiene hasta un psiquiatra programado, es en serio. Hay que dedicarle mucho tiempo para aprender, pero cada vez más me convenzo de que vale la pena. Trato de alejarme al máximo de Office, y con Office me refiero a todos los programas y formas de proceder que se le parecen. Como las cucarachas, el Office me produce alergia y hasta ahí me llega el equilibrio zen.

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Me hicieron el reclamo de que por qué no estaba escribiendo en el blog. Todo lo dicho arriba eran entradas represadas que no me parecían dignas de publicación. Estas son las consecuencias.

 

Sin pastillas

Doña Emi me hizo caer en cuenta que se van a cumplir cinco años de la llegada de Tris Alberto a esta casa. La llegada del gato que me salvó. Obvio que es una exageración, pero suena bonito. La verdad es que también Carlos me salvó, mi mamá me salvó, mi vida llena de privilegios me salvó, los medicamentos me salvaron, yo me salvé también y aquí cuento un poco cómo. El proceso de salvación en la vida terrenal no es así no más, quién dijo. El caso es que la llegada de Tris Albero es el hito que marcó el comienzo del fin de una depresión muy complicada: desde hace cinco años empezó el fin de la agonía. Poco a poco los médicos me han venido reduciendo la medicación. En contra de lo aprendido en la universidad, el doctor considera que no se justifica que siga medicado. Pero no vine aquí solo a presumir de lo bien que estoy de la cabeza y de que ya no necesito más pastillas. Vine a contar qué he hecho adicional a lo que ya había hecho antes para mantenerme como un lulo. De cierto modo, vengo a predicar.

Religión se llama eso extra que me tiene tan bien. Pero no cualquier religión se adapta a mis prejuicios, necesidades y deseos sexuales. Por ejemplo, algo que ha dificultado toda  mi vida el poder tener una religión es que me cuesta creer, ya sea en Dios todopoderoso o en la reencarnación y las múltiples manifestaciones del Buda. Por más que trate, simplemente no puedo orientar mi vida con leyendas fantásticas, supersticiones e interminables rezos sin sentido. La religión que practico y que me funciona (sí es que se le puede llamar religión a eso), es la corriente zen del budismo. Para hacer corta la historia, la práctica consiste en dos cosas que se alimentan la una a la otra: la meditación y las enseñanzas (o el dharma). Sin la meditación no se instala software en el sistema. Sin la enseñanzas, mejor ir a un spa o una clase de yoga chapineruno. Luego de un par de años de práctica y meditación juiciosa (20 minutos diarios es suficiente para mí), la forma en la que veo y me relaciono con el mundo han cambiado radicalmente. Cambiar esa forma de ver y relacionarme con el mundo ha sido tal vez lo más difícil de implementar (más difícil que dejar el cigarrillo, por ejemplo) pero  al mismo tiempo ha sido lo más importante y estable. En palabras de Carlos, “ese asunto del budismo le ha servido mucho a Arturo, eso hay que reconocerlo”.

No estoy exento de una posible recaída. Menos ahora que ando por el mundo sin pastillas. Pero si llega, cuando llegue, se hará lo que se tiene que hacer.

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Más loco que una cabra bebé

Andino

Hoy almorcé en la plazoleta de comidas del Centro Comercial Andino, uno de los más queridos de la ciudad. Mientras me comía mi burrito mirando desde el tercer piso hacia el patio central, me di cuenta de algo que no había notado antes. Si bien nunca me han gustado mucho los centros comerciales (mucho menos después de leer La Caverna), esta forma de entender el espacio era nueva para mí: el Andino tiene diseño de cárcel gringa.  Cada pabellón tiene un patio central rectangular como un panóptico donde la vigilancia se ejerce a través de las cámaras de seguridad. Los locales comerciales ocupan el lugar de las celdas de los presos. En ambos casos se puede ver el interior. Seguramente esto está ampliamente documentado en la literatura de corte foucaultiano, pero fue divertido notarlo por mi cuenta. La seguridad del centro comercial es rigurosa desde la entrada: perros que olfatean las maletas, requisas y cámaras de seguridad cada cien metros. Los atentados sufridos en los baños justifican la paranoia, pero la seguridad ahí no es más especial que en cualquier otro centro comercial bogotano pensado para las familias de clase media. No deja de ser paradójico que para poder ejercer la libertad de comprar chucherías decidamos encerrarnos en una prisión luminosa y de cristal. Entramos para protegernos del ñero, del gamín, del atracador, del artesano, del vendedor ambulante, de todo aquel que su apariencia no respete el estilo de vida consumista. Nos sentimos protegidos si nos autoencarcelamos. Nos creemos libres al mismo tiempo que nos sometemos por voluntad propia a todo tipo de prisiones.