Meada a la italiana

Esta mañana bajé a desayunar al sótano. La señora que atendía no me entendía ni en español ni en inglés. Nada. Llevo una semana escuchando el italiano y por momentos tengo la ilusión de que lo entiendo. Aburrido de no ser comprendido me arriesgué, so pena de hacer el ridículo, a pedir lo que quería en italiano. En itañol. Armé una frase [o algo similar] y la dije a toda velocidad. El pedido llegó perfecto. No sé lo que dije. No podría repetirlo. En frente de mí había una señora vieja muy elegante. Parecía decorada por la misma persona que diseñó los vestidos de la película «Coco antes de Channel». Era un tanto rígida. Luego me di cuenta que yo estaba tan rígido como ella. En mi caso no era elegancia, era susto. En unos minutos tendría lugar mi charla. Ella escogió unas ciruelas y una manzana para desayunar. Partió, con la maestría de un joyero, la ciruela en trocitos. Sin que los dedos tocaran la fruta. Ciertas frutas por acá parecen joyas. Me habría gustado ver una operación similar con un mango. No podía dejar de pensar que yo me como las ciruelas en dos movimientos, en dos mordiscos. Luego escupo la pepa. Me sentí como un primate y me imaginé comiendo frutas en los árboles. La imagen era un tanto graciosa pero me sentí mal. Recordé que, en efecto, soy un primate. Como la señora pero menos elegante. También recordé que cuando niño, devoraba los mangos con ganas. Terminaba untado, con las fibras entre los dientes y con la cara amarilla. Recordé lo feliz que me hacían los mangos. Ya no me sentía mal, alguna vez fui un alegre primate.

Antes de la charla intenté hacer pipí, sentía que me iba a explotar. No pude. Me dolía la vejiga. El chorro era entrecortado y débil. Tal vez he tenido mucho contacto con viejos estos días. Puede ser que la cistitis sea contagiosa. Ayer un señor iba en su carro en una vía cercana. Tenía pipí. No se pudo aguantar, así que orilló su carro al lado de un muro de altura mediana. Era de noche. Sintió pudor de orinar delante de los demás o tal vez no quería que a los demás les diera asco. Así que decidió saltar el muro para orinar por detrás. Resulta que el muro estaba ahí para proteger a la gente de un barranco. El señor se mató. Se supone que el pudor y el asco nos alejan de la muerte. Éste no fue el caso. La historia me hace reír a carcajadas. Acá es un asunto muy serio. Están discutiendo qué hacer con el muro asesino. Ojalá esos fueran los muertos de Colombia. No sé por qué nos reímos tanto de los muertos. Como si fuera poco, también nos reímos de los cojos, de los viejos, de los ciegos y otros imperfectos. En el almuerzo conjeturamos que era una clase de humor indígena. También dejamos como opción que era una estrategia para hacer más llevadera la guerra. Mientras conjeturábamos, contamos cuentos de muertos. Como el de una señora que al morir no fue reconocida por sus hijos en el ataúd. Por fin se había peinado. Los colombianos estábamos atorados, literalmente, de la risa. Casi morimos de asfixia. Los italianos permanecieron impávidos. No estaban incómodos pero tampoco les causaba gracia alguna.

Volvamos al asunto del pipí. Acá los arquitectos de los baños siguen la escuela de Ernö Rubik. Cada baño por el que he pasado es único. Me toma entre cinco y diez minutos descifrar cómo lavarme las manos, soltar la taza, bañarme e incluso evacuar. Disculpe la palabra evacuar, la otra, la más clara, me da un poco de asco. Voy a intentar ser algo indirecto pues también me da pudor. Luego de la historia del señor que lo mató el pudor y el asco [y cuya muerte fue atribuida injustamente a un muro], me veo obligado a hacer el ejercicio de renunciar un poco a las dos. Solo un poco. Si quiere salte al siguiente párrafo, puede tornarse escatológico. Solicité el baño en un establecimiento comercial. Era urgente, muy urgente. Me dieron la indicación en italiano. Había una lámina de metal en el suelo con un pequeño orificio. Asumí que había entendido mal y que había terminado en el lugar donde lavaban los traperos. Me devolví a preguntar por el baño. Me confirmaron el mismo sitio. Luego asumí que esa lámina se trataba de un orinal. Me devolví. Sentí mucha pena, sentí que iba a explotar. No sabía cómo explicar en inglés o en italiano la situación incómoda y su carácter de urgencia. Me dijeron muy amablemente, y con una sonrisa burlona, que ese era el lugar indicado. Fue perturbador tener que ponerme en cuclillas como los primates, como los indígenas, como los gamines. Algún día reconoceré que es más cómodo. Perturbado me fui a lavar las manos. Era tal la incomodidad que llené mis manos con cantidades ingentes de jabón. El problema consistía ahora en hacer correr el agua. Como no había grifo supuse que era uno de estos baños modernos con fotoceldas automáticas. Empapado de jabón busqué la fotocelda fantasma con las manos boca arriba durante varios minutos. Fue en vano. Oprimí varios orificios y tornillos pensando que se trataba de algún botón. Tampoco funcionó. Pensé en salir a pedir ayuda pero me dio pena. Seguí buscando la vana fotocelda sin éxito. Empezaba a correr el tiempo y me puse nervioso. Superé la pena y decidí salir pero no podía abrir la puerta, tenía las manos llenas de jabón. Caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Enjaulado y enjabonado. Me tropecé con unas varillas en el piso debajo del lavamanos. Una era roja, la otra azúl. ¡Voilà!, ¡el grifo se abría con los pies!

Luego de mi charla hablé con Bruno de historia de las matemáticas. Para ser más preciso, lo escuché hablar a él. Fascinado, transportado. Mi admiración por ciertos viejos sigue aumentando. De seguir así no me voy a mejorar nunca de la cistitis. No vale la pena que yo intente reproducir aquí esa conversación. Sería atrevido, perdería cualquier encanto. Es mejor leerlo o escucharlo. En noviembre va a Colombia y quiere dar un cursillo de matemáticas en la universidad. Sandro también se animó. Va a ser muy bueno tener a esos dos viejos en nuestro país.

Es necesario decir cómo me fue en la charla. De no hacerlo mi mamá me va a enloquecer. Estaba muy nervioso. No pude hacer pipí antes de empezar. Los asistentes más bien pocos, algunos post-doctorandos y profesores. Me hicieron algunas preguntas. Me puse más nervioso. Las contesté o eso creo. Mi experiencia con el inglés fue dolorosa. Las palabras salían de mi boca como si tuviera dos balines en la lengua. Deseaba que fluyeran como el italiano con el que pedí el desayuno: comprensible. Hicieron más preguntas. Las contesté. Aveces se me escapaban palabras cortas en español. La lengua materna reclamaba su espacio y me traicionaba, como si se tratara de alguna injusticia por no usarla en ese momento, que para mí, era importante. Luego no sentí nada. He pasado por toda clase de cosas en los últimos tres meses para que esa hora tomara lugar, para que esa charla ocurriera. Todo se resume en una sola palabra. Ítaca. Saliendo de la charla pude orinar normalmente. Como un adulto joven de mi edad. Tal vez ha sido la orinada más placentera de toda mi vida. Mañana debo emprender el viaje de regreso. Es una jornada maratónica que tomará unos días. Antes de salir de Italia espero no morir en medio de una meada.

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