Gilma alegría quiere pensar en los votos

Este texto me costó mucho trabajo escribirlo, es atropellado y agresivo. Es mucho más fácil hablar del abuso sexual a menores en una conversación corta y con pocas personas, que ordenar un texto con algunas ideas al respecto. Puede que le sea chocante la lectura, sobre todo, porque las posturas que expongo no siguen la linea general y por esa razón, es muy probable que me descalifique diciendo que estoy defendiendo a los abusadores, degenerados o violadores; o pero aun, que soy uno de ellos. No lo puedo juzgar, estamos en un país donde del presidente para abajo rebatimos casi todo usando falacias ad-hominem. En cambio, por mi cuenta, usaré un poco de burla ad-hominem y algo de argumentos.

Vamos a hablar de Gilma Alegría. Le he puesto este apodo, de puro cariño, a la Honorable Senadora electa por el Partido Verde, Gilma Jimenez. La más alta votación que haya obtenido una mujer al congreso colombiano. El sobrenombre es por causa de la esposa del Reverendo Alegría de los Simpsons. Estoy casi seguro, que de este personaje caricaturesco, se inspiro Alegría para lanzar su eslogan de campaña: “¡¿Alguien quiere pensar en los niños?!” (ese mismo o algo así). Esta pregunta es completamente válida y pertinente. La plantea para sí. En lo último en lo que está pensando la senadora, es en los niños.

En su perfil, Alegría presenta en su productiva hoja de vida, la noble idea del “Muro de la Infamia” (nombre que parece sacado de un titular de El Espacio). Este muro, y su casi unánime votación a favor, en el Consejo de Talibanes (el de Bogotá), me recuerda que en Colombia estamos sedientos de venganza; pues promueve el escarnio público como un castigo ejemplar para los violadores de niños (siguiendo la linea moral de algunos países fundamentalistas musulmanes o grupos paramilitares y guerrilleros devotos de los “castigos ejemplares”). En contra del clamor de la turba enfurecida, la Corte Constitucional se pronunció recordandole al Consejo de Talibanes, que estamos en un Estado Social de Derecho.

Voy a intentar suponer (de manera difícil, atrevida y dolorosa), que soy un niño que ha sido abusado sexualmente por un familiar cercano (el ejemplo de un familiar es porque es lo más probable) y veo por toda la ciudad la foto de mi progenitor (p. ej.). Esta foto la verían mis compañeros de colegio, mis profesores, mi familia y mis amigos; creo que me sentiría mal. Mal al borde del suicidio. Recordaría en esos nobles muros, sin mucha alegría, las cosas horribles que me pudo haber hecho una persona que muy posiblemente ame y odie a la vez. Crecería con un resentimiento tal a la sociedad por exponerme de esa manera, que en lo último que pensaría es que el “hampón recibió su castigo”. Conozco muy de cerca algunos casos de hombres que fueron abusados sexualmente de niños. En muchos de estos casos, la familia culpa al niño por haber seducido (supuestamente) al abusador. Lo culpan toda la vida. ¿No es más infame que ésto ocurra impunemente por años, mientras una politiquera emergente consigue votos de manera desesperada con la carroña de mi victimario?

La discusión sobre el castigo que debe recibir un abusador sexual de menores se me sale de las manos. Si de mí dependiera, le infringiría tanto dolor, que no podría contar aquí los métodos de tortura que usaría. Para eso la humanidad se inventó el estado de derecho y la división de poderes, para evitar que gente peligrosa, se tome la justicia por su cuenta. Ahora, supongamos por un momento que el abusador nunca va a dejar de serlo (digo supongamos porque no lo sé). Lo que no entiendo es ¿de dónde se colige que la cadena perpetua es la solución como propone Alegría? Si se trata de una enfermedad mental (tampoco sé), debe ser tratada como tal en instituciones adecuadas y dignas. Yo tampoco me imagino a Garavito libre, pero no puedo estar de acuerdo con que el Estado lo deje suicidarse o se olvide de sus responsabilidades con él, tal y como demanda Alegría. No es razón que todos estemos más tranquilos con que Garavito desaparezca. Cuando digo todos, me incluyo.

En el caso de Garavito (y aquí si me va a odiar), somos responsables todos. Somos responsables por tener niños pobres que son vulnerables y por ende, invisibles. Somos responsables todos, porque tuvo que asesinar a 172 niños para que lo capturaran (estoy seguro que con un solo niño heredero de una dinastía criolla, lo habrían capturado de inmediato). Somos responsables todos, porque somos egoístas y no nos importa el otro. No es cierto, nunca nos han importado los niños. Es patente en nuestro “ejerecio de la ciudadanía”: Si sale en el noticiero que los niños del Chocó se mueren de hambre o que en el Cartucho los niños comen papel hacemos un escándalo, un melodrama, le damos votos al oportunista de turno, mandamos algo de limosna y seguimos como si nada, hasta que el noticiero nos muestre un nuevo caso de niños por los que hay que llorar.

Por eso digo que en el caso de Garavito, mas que lapidarlo y arrancarle los testículos con un machete, cortarle las manos y sacarle los ojos; tenemos que pensarnos la sociedad cruel y despiadada de la que hacemos parte. Tenemos que pensar, también, que vamos a hacer con los Garavitos y los abusadores de menores: ¿Son enfermos?, si es una enfermedad, ¿es curable?, ¿son delincuentes comunes y corrientes?, ¿cuáles son las causas de estas atrocidades?, ¿cómo se debe tratar a una victima?, ¿quién acompaña a la familia?, ¿qué relación tiene todo esto con la pobreza?, etc. Estas preguntas no las está abordando nadie y no creo que en Colombia sepamos mucho de ellas. Menos Gilma Alegría, no en su show mediático al menos.

En resumen, en la carrera política de Alegría lo que veo es una capitalización vertiginosa y oportunista de un odio generalizado y de una sed de venganza -explicable- de la chusma enardecida; asimismo, veo en su “propuesta” un desconocimiento del estado de derecho y un retroceso en la poca civilidad que tenemos en el sistema judicial. Lo que si no veo, es la discusión profunda de algunos temas: el sistema de rebaja de penas en Colombia; la indiferencia de la sociedad ante las atrocidades de algunos representantes de Dios en la tierra (i.e. los curas), el trato cruel de las familias a las víctimas; la falta de apoyo institucional, social, psicológico y moral que debe tener un niño abusado; el apoyo económico a las familias de las víctimas que pierden su fuente de ingreso (el padre, p. ej.); en fin, toda la complejidad que esta problemática requiere. Es decir, no veo en ninguna parte, que Alegría, esté realmente pensando en los niños. Debe ser por eso que se hace esa pregunta.

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