Adiós mi Amor

Disculpen, es un poco largo, pero no tanto como mi dolor.
¡No te puedes ir sin despedirte! –me decías. Por eso, ahora me toca a mí.
Por la formalidad del saludo me preguntan “¿cómo estás?”, incluso algunos me llegan a preguntar “¿y cómo te sientes?”. Me quedo callado, no puedo responder con el habitual “bien, gracias”. Pero si pienso en cómo estoy, en cómo me siento y no logro encontrar cómo. Quisiera que destrozado, desolado, helado, devastado, demolido describieran lo que siento. No, no son palabras, no abarcan, no describen, son incompletas. Así como no hay palabras para describir el amor que por ti siento, el amor que por mí sentías, el amor de los dos. Las palabras son torpes, deformes, no dicen, pero de cierto modo son necesarias. Aunque no eran necesarias para saber cuanto nos amábamos. Sólo tú y yo sabíamos cuánto nos amábamos, sólo tú sabías cuánto te amaba, tú, mi Sebastián, mi perrito, mi amor, mi niño, mi chiquito. Si, tú, yo sé que no te gustaba que escriba sobre ti, pero esta vez me toca, me toca mi amor, me toca o me ahogo. De todas formas no vamos a pelear por esto, contigo era imposible pelear. Por más enojado que estuviera, me abrazabas, me consentías y me desarmabas. Así durante casi once años con mis innumerables rabietas. Tu nobleza me sorprendía, reconocías tus faltas y me mostrabas las mías. Crecíamos. Cuánto crecimos juntos. No sé cómo seguir creciendo ahora. Perdona mis equivocaciones, mi errores, mis ausencias. Me entregué hasta donde pude, cómo pude, me entregué hasta el final. Me entregué porque eras mi paz, mi paz interior. Mi paz eras tú. Ya no tengo paz en el alma. No importaba qué tan perdido o triste estuviera, tu me ayudabas a encontrar mi centro. No importaba que tan perdido estuvieras, solo con mi presencia volvías a encontrar el tuyo. Me decías con una sonrisa coqueta: es que “solo me hace falta que estés aquí con tus ojos claros”. Cuando tu corazón falló en el hospital, cuando se detuvo, tantas veces, solo te bastaba mi presencia para que volviera a latir, para que la sangre recorriera tu cuerpo, tu cuerpo que tanto amé, tu cuerpo que fue mío, centímetro a centímetro, palmo a palmo. Tu cuerpo que ya no es tal, tu cuerpo que se convertirá en cenizas, en cenizas que acompañaran un árbol, un árbol que escucharé, que escucharé como tú me enseñaste a escucharlos, abrazándolos fuerte y con un oído pegado al tronco. Ese sonido me recordará tu cuerpo.
Disfruté cada momento a tu lado. Desde remar en canoa por los afluentes del amazonas, hasta rozar tu piel aún vivo en el último adiós. Desde las comilonas en las casas de nuestras familias y amigos, hasta tu último bocadito de riñones en salsa que te preparó mi abuela. Desde nuestros acalorados debates sobre política, hasta tu voz lánguida y moribunda pidiéndome que te hablara en tus últimos días. Ahora me hace falta con quién disfrutar la vida. Me va a hacer falta quién me cocine como lo hacías tu. ¡Cómo te hacía de feliz hacerme feliz con la comida! Me haces falta, me haces falta en la noche. No importa el número de cobijas, mi cama está helada, está vacía. La perra y la gata me acompañan, pero ellas también lloran tu partida, no las puedo consolar. Éramos una familia, los cuatro, ¿recuerdas?. El núcleo, nos llamabas. Ahora tú núcleo está roto, más chiquito aún y roto, roto completamente. Amen, disfruten a sus parejas, a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos, a sus familias, a cada instante. No hay nada más importante en la vida que el amor, el amor en esos pequeños instantes. Nada. Eso también me lo enseñó Sebastián.
Siempre decías que tú debías morir primero que yo porque, a diferencia de mi, no soportarías mi muerte. No sé de dónde sacaste esa estupidez. Está bien, primero tú, !¿pero por qué ahora?! Ahora que nuestro amor hasta ahora comenzaba. Con tantos proyectos, la compra de nuestro apartamento en Chapinero, nuestro matrimonio cuando fuera reconocido como tal, la adopción de nuestra bebe que tanto soñamos. –No lo vamos a hacer de otra manera, lucharemos hasta conseguir la plenitud de los derechos, en ese momento lo haremos, no pienso conformarme con menos –me decías enfáticamente. Queríamos una niña, una pitufa, una mounstra para hacerle cachumbos y muñequear todo el día. –Nuestra hija va a ser la niña más elegante y bien puesta de todo el colegio, de la Escuela Pedagógica Experimental, de la EP, el único colegio en el que metería a un hijo– me decías con amor, esperanza y rebeldía. Mi sueño de tener una familia se murió contigo. ¡Por qué ahora!, ¡por qué si no te querías morir!, ¡por qué!, ¡por qué!, ¡por qué!, ¡qué pasó¡, ¡qué nos pasó! A los activistas les digo: no desistan en esa lucha, las parejas que tienen ese sueño lo merecen. Pero sobre todo, los niños y las niñas que no tienen padres, merecen unos como lo hubiéramos sido tú y yo. A nuestra hija no le habría faltado amor ni un sólo día.
Hoy llevo puesta tu ropa, yo sé que te molestaba mucho que me pusiera tu ropa. -No la cuidas, no está bien visto, no te queda, me la dañas– me decías furioso. Perdón amor, no sé de que otra forma sentirte cerca. Hoy tengo tu pinta favorita, la de las ocasiones especiales. Puede reforzar que los demás te vean en mí, así como yo te veo en tu hermana. Es inevitable. Voy a ser el hijo de tus padres, el hermano de tu hermana, el sobrino de tus tíos, el primo de tus primos, el amigo de tus amigos… y de tus amigotes también. Nada de eso es nuevo, hace rato es así. También voy a cuidar a quienes cuidabas, voy a cuidar de quienes te preocupabas. Pero no puedo dejar de ser yo, no pienso hacerlo, no puedo hacerlo. Además, no pueden esperar tanto de mí, no soy tan bueno como Sebastián. No soy tan elocuente, no soy tan alegre, no soy tan rápido, no soy tan cordial, no soy tan amado, no sé cómo ayudar a la gente, no sé conseguir votos, no sé cocinar, no sé hacer amigos, no sé repartir volantes, no sé cuál debe ser el futuro político del país… De todo eso te encargabas tú.
Me cuesta trabajo separar tu vida de activista o de político de tu vida personal. Desde hace más de diez años andábamos en la calle tomados de la mano. Increíblemente los hombres gay y las mujeres lesbianas eran los que más nos criticaban. Lo bonito es lo escondido– Me dijo alguna vez mi mejor amigo muerto. No, amigo, no tenías razón, lo bonito es el amor. Luego de ser maltratados muchas veces y de maneras muy feas por la policía dejamos de tomarnos de la mano. Sólo hasta hace un año recuperamos nuestro afecto en público, sin pena, eso te llenaba. A mí me daba miedo. –No nos va a pasar nada, llamamos a Blanca, les hago un debate en la JAL, hemos trabajado todos estos años para que nos podamos volver a tomar de la mano en la calle. ¡Dame la mano mi amor!, ¡dame la mano carajo!, ¡sin miedo!– me insistías hasta que yo cedía. Contigo no sentía miedo, eras mi héroe.
Llegabas cansado en la noche luego de repartir volantes en los bares de Chapinero. Casi todos los fines de semana. Si no era una campaña política, era una de autocuidado, o de respetar la carrera séptima o de lo que fuera. Te me metías congelado en la cama por el frío de la noche y yo te calentaba. Yo te calentaba porque habías llegado, porque estar con la gente en la calle te apasionaba, te hacía feliz. Tu felicidad era la mía. Que fuerza, que coraje, que valentía tenías. No en vano te decían “El Milk Colombiano”. La verdad no me gusta mucho que te llamen así. Si, me llena de orgullo, pero también de tristeza porque moriste muy pronto, como él. Pero a diferencia de él, tú no eres un mártir, nunca lo quisiste ser y no te vamos a recordar así. No lo vamos a permitir, no vamos a permitir que usen tu nombre de esa manera, para obtener réditos electorales o beneficios personales. Te pueden recordar como ejemplo, como ejemplo de amor, de lucha incansable por la equidad. Así como tu no eres un martir, yo no quiero que me tengan lástima. No la necesito, no me sirve.
No sé si exista la vida después de la muerte, pero si hay una manera de mantener vivo a Sebastián entre nosotros. Por ejemplo, tomándonos de la mano en la calle, sin miedo. También te podemos mantener vivo impidiendo la injusticia que se da ante nuestros ojos, día a día. Por ejemplo, cada vez que veías a un tipo que le iba a pegar a una mujer o a un niño en la calle, te le parabas en frente y le decías furioso –¡pégueme a mí!, ¡cobarde! Eso o algo menos osado podemos hacer, podemos recordarte para tener la fuerza que hace falta. Otra manera de mantenerte entre nosotros es no creyendo en imposibles. Para ti no habían imposibles. Nunca pensaste en las metas con base en lo recursos; conseguías los recursos con el amor y la solidaridad de todos para alcanzar las metas. Lo lograbas, era increíble, pero lo lograbas. Sobre todo si la meta era ayudar a un amigo. Sólo te ganó la muerte. Vivías en un permanente y eterno “si-se-puede”, en un permanente y eterno “tenemos-un-proyecto”. Muchas veces me sentí cobarde y flojo a tu lado frente a los obstáculos. Si creemos que los obstáculos son superables, lo mantendremos vivo, recordándolo los podremos superar. También lo podemos mantener vivo si pensamos que este país puede ser más justo, más incluyente, más equitativo y hacemos algo para cambiarlo. Él nunca dejó esa bandera. En sus últimos días habló de crear un partido de izquierda, democrático y decente de la mano de sus amigos. Un partido del que carece hoy Colombia. Nunca, nunca se dio por vencido.
Su sueño era ser congresista, estoy seguro que si hubiera tenido más tiempo lo habría logrado. Quería ser un buen senador como Gustavo Petro, un buen concejal como Carlos Vicente de Roux, quería que Daniel García-Peña llegara a la cámara. Los tres incondicionales en el tema del respeto por la diversidad sexual. Hoy, las banderas de Sebastián, que son las mismas de muchos colombianos y colombianas, las recogen Angélica Lozano y Blanca Durán en quienes confiabas plenamente y con quienes compartías tu visión de ciudad y de país. Así pareciera a ratos que la visión tuya estuviese más a la izquierda. Como una de las arengas que te inventaste y gritabas hasta quedar afónico: “Maricas del mundo, ¡a la izquierda!, lesbianas del mundo, ¡a la izquierda!” o “sin libertad sexual, no hay libertad política”. Mujeres, ustedes dos, lideren la empresa, no flaqueen, él no se los hubiera permitido. Recuerden que hay que entregar volantes dando la mano, mirando a la cara y sonriendo como él lo hacía. Uno por uno. Cuando se cansen, llénense de amor, recuérdenlo y sigan, sigan hasta terminar la tarea.
Volvamos a cómo me siento. Muchas veces me pediste que te declamara “Relato de Sergio Stepansky”. Nunca lo hice, me daba pena, ese poema me ponía realmente mal. No te lo puedo declamar hoy tampoco, es muy largo y lo estoy sintiendo en toda su extensión. Solo puedo decirte que si yo pudiera, cambiaría mi vida por la tuya, que es mucho más valiosa, lo haría. Lo haría sin pensarlo dos veces, sin dudarlo, pero no puedo. Se me sale de las manos. Cuando estabas muy, muy enfermo, medité, con mucha intranquilidad en el alma, con lágrimas en la cara y te pedí que si te ibas, que me llevaras contigo, que nos fuéramos juntos. El experimento iba marchando bien, cuando entrabas en una crisis me dolía el pecho, se me dormía el brazo izquierdo, anunciando la posibilidad de irnos juntos. Estaba triste por la posible partida, pero feliz de no quedarme sin ti. Una noche medité, fue una meditación tranquila y me pediste que desatara eso, que no querías estar aquí de esa manera, que tenías que luchar contra la muerte sin mi vida de por medio, que lo hiciera por el amor que te tenía, que te liberara. Esa misma madrugada te fuiste. Desaté eso, sólo por el amor que te tengo, no por mí, ¡cómo hubiera querido irme contigo! Ahora me toca vivir esta agonía, cada respiración duele, cada bocado duele. Si de esto se tratar la vida, no me llama mucho la atención. No contento con eso, me pediste como un último acto de amor, en tus últimas palabras (que además las dejaste por escrito, para que quedara constancia, como si se tratara de un contrato), que teníamos que ser fuertes. Voy a ser fuerte mi amor, voy a intentar continuar con mi vida, voy a hacer el esfuerzo, te lo prometo. Como un último acto de amor por ti, no por mí, porque sé que es lo que tú querías. Por que sé que no me querías ver destrozado. Me voy a cuidar, no como tu me cuidabas, eso es imposible, pero me voy a cuidar, te lo prometo. Es el último acto de amor que hago por ti y va a ser el único que me va a costar realmente trabajo. Él quería que sus seres más cercanos continuaran con su proyectos, con sus vidas, con la cabeza en alto. Háganle, háganle porque él así lo quería, él así lo pedía.
Los funerales siempre me han parecido aburridos, monocromáticos, monótonos. Este no. Ha sido bello, ha sido diverso, complejo y solidario. Es como si te pudiera escuchar diciendo que el dolor es complejo, diverso y requiere de solidaridad y de amor. En tus cumpleaños te preguntaba –Sebas, ¿a quién invito?, tu me decías –Pues a mis amigos, –Pero son cientos Sebastián– te replicaba. –¿Y que importa? invítalos a todos, tú sabes que me encanta la gente, que yo quiero a la gente y que la gente me quiere. Hoy no me cabe duda de cuánto te quiere la gente y sí, vinieron todos tus amigos y no sólo ellos, también vinieron los amigos de tus amigos. En efecto, esto requiere de solidaridad y amor para hacer más llevadera tu partida, partida que nos cuesta tanto trabajo enfrentar. Tú funeral fue como tú, diverso, complejo y solidario. Complejo, diverso y solidario hasta la muerte. Gracias por su solidaridad, por su afecto, por su apoyo, por los colores, por el llanto, por la alegría, por la música, por las oraciones, por los rezos, por las flores, por las bombas, por las cartas,… Su afecto ha sido para mí como un haz de cables finos que me sostienen delicadamente a la vida dado que mi cable central, el más grueso, el más importante, se rompió.
Para terminar quiero leer un poema que te dediqué y que te tocaba el corazón. Lo sé por las lágrimas sinceras que salían de tu rostro cuándo te lo leí. Te gustaban los poemas y la música de la izquierda latinoamericana, eras digno hijo de tus padres. Mira mi amor que hoy si te voy a declamar, en público y sin pena:
Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y mi todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro
tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y mi todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos
y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero
y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola
te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso
si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y mi todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.
Ahora que no estás, soy mucho menos que uno, me vas a hacer mucha falta. Te amo, tú sabes que te amo. Adiós amor mio.

3 comentarios sobre “Adiós mi Amor

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