III

Cuando termina la tarde y empieza la noche, con o sin arreboles, me obligo, a pesar del cansancio, a leer un capítulo más de El Viaje del Elefante de José Saramago. Lo hago para distraerme, para ejercitar la concentración. No sé a dónde me lleve ese viaje, ese libro. No quiero que me vaya a dar duro, no sé bien de qué trata aún, sé que es de un elefante que viaja a Austria, y de un cornaca, y de un comandante. Por momentos me hace reír. La frase más hermosa que he leído hasta ahora es: “no todos los días aparece en nuestras vidas un elefante”. Luego de terminar el capítulo saco la perra, si estoy muy inquieto, como hoy, escribo un rato, saco la perra y luego sigo escribiendo. No sé si saco la perra o la perra me saca a mí. Creo que salimos juntos. Es una cita ineludible, aplazable por unas horas, pero ineludible. Sacar la perra definitivamente es una forma de meditación. Lástima que no la lleve muy lejos, el cansancio o el miedo me vencen. Solo le doy una vuelta de dos manzanas. La Vuelta del Loco le decíamos con Sebastián. Me asusta un poco ese nombre. Luego, si el cuerpo me lo permite, hago algo de yoga. Es otra forma de meditación. No pensar es lo más saludable que puedo hacer. Jaime me calienta una almojábana y una aguadepanela, me tomo mi medicina y al cabo de un rato empieza a hacer efecto. La psiquiatra me cambió la dosificación. Es algo muy técnico, ella es muy técnica. Ajusta la dosis, espera unos días, revisa y vuelve y ajusta la dosis. Así varias veces. En cada ajuste se sienten cambios.

Jaime anuncia desde el pasillo y se oye a través de puerta –Dejé en la nevera una Coca-Cola dos litros. Me acuesto a dormir de medio lado con una almohada entre las piernas y mi gata que me abraza, me ronronea, me arrulla, me ama. Me duermo y empiezo a soñar con una realidad absurda, absurda porque son sueños y los sueños no son reales. Apareces sentado en el suelo con las piernas cruzadas, tenías puesto tu saco rosado que te quedaba tan bonito. Estás solo y detrás de ti hay un muro de una extensión infinita y una gran altura, tiene una densidad similar a las nubes, pero es intenso como un mar bravo que corre en posición vertical, es plateado, brillante, suave, sonoro y hermoso. –Acompáñame amor, dame la mano, necesito un favor tuyo. –Me dices con gran tranquilidad– Te doy la mano, no siento miedo, cruzamos el muro volando a lo Peter Pan. Cruzando se ve una aldea parecida a la comarca de los hobbits, aterrizamos y empezamos a caminar.

–¿Dónde estamos? –pregunté–
–Aquí están las almas
–¿Las almas de los muertos?
–No, las almas de todos, de los vivos y de los muertos.
–Pero este lugar es precioso.
–Si, lo es. Aquí todos somos iguales, nadie tiene preferencias.
–Se ven todos muy tranquilos. ¿Para qué me trajiste aquí?
–Necesito que me ayudes a buscar a mi mamá. Estoy muy preocupado por ella y necesito irme de este lugar.
–¿Cómo así?, ¿esto es un lugar intermedio?
–Mas o menos, preguntas mucho.
–¿Es el purgatorio?
–¿Te parece un purgatorio esto? Además, el purgatorio no existe. El punto es que tengo que irme de aquí y para eso necesito que me ayudes a encontrar a mi mamá.

Caminamos, volamos, caminamos y volamos muchas veces. Buscamos dentro de las casas, todas eran austeras, austeras pero hermosas. Tienen las puertas abiertas, hay grandes zonas comunes y un lugar donde dormir en camarotes. Pasamos por un camarote que tenía, en el segundo piso, un letrero que decía “Mercedes Sosa”.

–¡Mira!, ¡mira!, el camarote de Mercedes Sosa. ¿Cómo hace esa señora tan gorda y tan anciana para subir ahí?
–No es gorda ni anciana, es joven y esbelta.
–¿Por qué tiene un letrero que anuncia su camarote?, ¿no me decías que todos aquí eran iguales?
–Si, lo somos, pero a algunos les gusta venir a hablar con ella. Es para que la puedan encontrar.
–Oye, y si aquí están los vivos y los muertos, dónde estoy yo.
–Estás aquí conmigo, no preguntes más, vamos, apúrate.
–Siento que llevo horas buscando y el reloj sigue detenido en la una y media de la mañana.
–Deja de mirar el reloj que aquí no hay tiempo.
–Estoy cansado, tengo mucha sed. Tengo ganas de una Coca-Cola.
–Aquí no venden Coca-Cola, de hecho, aquí no comemos, ni tomamos nada. Pero Jaime te había traído una dos litros. Vamos, te acompaño.
–¿Tú cómo sabes que Jaime trajo Coca-Cola?
–Deja de preguntar.
–¿Y si me despierto y no te puedo acompañar?
–Traemos la nevera a la frontera del muro y te refrescas. Vamos, yo te acompaño. Dame la mano y volamos hasta allá.

Llegamos a la frontera del muro y sólo se veía la nevera. La abrí, me serví una Coca-Cola en un vaso que no sé de dónde salió y empecé a tomar.

–¿Quieres un poco?
–No gracias… ¿Terminaste?
–Si
–Vamos entonces. Continuemos con la búsqueda.

Pasaron horas y horas con el reloj detenido en la una y media de la mañana buscando a Yolanda. Por fin la encontramos, estaba en una casita para ella sola, en una cama grande y escondida bajo las cobijas, algo asustada. Hablamos con ella por horas con el reloj detenido. Se tranquilizó, le dimos un pico y nos fuimos. –Gracias amor por acompañarme, te voy a llevar de vuelta, para que no te pierdas, sería gravísimo –Me dijiste tomándome de la mano– Atravezamos el muro y me desperté. El reloj seguía detenido a la una y media de la mañana. Me levanté y me tomé otra Coca-Cola, tenía mucha sed. No me pude volver a dormir, charlamos un rato con Jaime hasta las ocho de la mañana cuando me desperté, ahora si, en este mundo. Jaime nunca había traído ninguna Coca-Cola y yo nunca había tenido un sueño dentro de otro. Debe ser por esa clase de sueños que esa medicina tiene tantas restricciones. Son bellísimos, todo un viaje, pero no tan bello como El Viaje del Elefante.

Un comentario sobre “III

  1. Papito. Que belleza como escribes y pintas con palabras tus sentimientos, emociones y demás. Haces q una se traslade a ese lugar donde todos somos iguales y estamos vivos. Y cuando aterrizo, me doy cuenta q tambien tengo q chequear a luna, la perrita de dani, que es más Mia, y chequear al menos para q todo esté bien.

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