Las Dichosas Lagunas de Siecha

H. fue el que propuso el plan. Insistía en que debíamos ir porque era un sitio muy bello. Él había trabajado como guardabosques de Parques. Era un plan distinto. Armamos un combo de ocho. H. nos dijo que debíamos llevar preferiblemente dos mudas de ropa, carpa y lo habitual para esa clase de salidas. La idea era ir y volver el mismo día. Como era mi primera salida al monte no tenía idea de qué era lo habitual y el preferiblemente lo asumí como innecesario. Llevé lo del bus.
H. era el guía. La entrada del parque tenía un mapa donde estaban las dichosas, perdón, las sagradas lagunas. Entramos al parque y, es verdad, el paisaje era majestuoso. Nunca había estado en el páramo. Los frailejones me parecían realmente bellos. Caminamos entusiasmados un par de horas. Cuando ya se empezaba a notar el cansancio, los que llevaban algo de provisiones (Bon-bon-bunes), compartieron con los demás. Alguien preguntó que si faltaba mucho, a lo que H. respondió que no, que debíamos estar muy cerca. Caminamos un par de horas más hasta que notamos que ya habíamos pasado por ahí hacía rato. “¿Estaremos perdidos?”. E. empezó a hacer show, a él le fascina hacer show. Que tenía frío, que tenía hambre, que nos íbamos a morir, etc. Resulta difícil de creer, pero así lo queríamos. Seguimos caminando un par de horas. H. insistía en que estábamos cerca. Mi ropa ya estaba por completo lavada. Le escurría agua gélida producto de la humedad relativa. Ya se acercaba el final de la tarde y pasamos nuevamente por el mismo sitio. Habíamos caminado en círculos todo el día. “¡Jueputa, estamos perdidos!”.
Nos hicimos en la cima de una loma cerca a un mojón a discutir qué íbamos a hacer. Ese momento fue algo asustador. Yo estaba congelado. No importaba hacia dónde mirara, en el horizonte solo se veían frailejones. Un paisaje monótono e interminable. No había para dónde coger. En ese momento dejaron de parecerme bonitos los frailejones. H. dijo que podíamos usar las plantas del páramo para protegernos de la noche. Esa idea no me sonó ni cinco. M. tenía un Avantel al que ya se le estaba acabando la pila y era lo único con señal. Ella trabajaba para la alcaldía en un cargo de tercer o cuarto nivel por aquel entonces (ahora trabaja en uno de primer nivel). Llamó a sus compañeros de trabajo y les dijo algo así como: “¡Marica, estamos perdidos tratando de encontrar las dichosas lagunas de Siecha, estamos al lado de un mojón!” M. dio los datos del mojón y los nombres del grupo. Ya estaba oscureciendo y la única opción razonable era quedarse y tal vez armar una camita con frailejones peludos, suavecitos y carnosos. Por fortuna la mamá de D. le había empacado una carpa. Estábamos congelados, algunos al borde de un colapso nervioso, sobre todo E. Empezamos a armar la carpa con las manos, los brazos y las piernas tullidas. La pusimos sobre el suelo pero una planta con forma de puya (creo que se llama así, puya) estaba rompiendo el piso de la carpa. Ya tenía varios agujeros. D. se puso furioso porque le habíamos roto la carpa y la mamá lo iba a matar. Si es que le quedaba qué matar a la señora. Nos tocó sacrificar la cobija más acolchada que teníamos (que tenía D., también gracias a la mamá) y la pusimos como aislante entre el suelo con puyas y la carpa. La carpa estaba armada, ahora era necesario cambiarse la ropa pues estaba empapada con agua helada y era un verdadero martirio. Yo no tenía con qué cambiarme así que preferí quedarme en calzoncillos. R. tampoco tenía con qué cambiarse pero él prefería no quitarse la ropa. Le insistí. Sí, es verdad, quería verlo en calzoncillos, pero esa no era la razón principal. Él tenía los labios y los dedos casi del doble de su tamaño normal con un color morado negruzco como cuando ya ha dejado de circular la sangre. Era evidente que el frío lo estaba pateando. En mi empobrecido criterio médico, estaba al borde de una hipotermia. Con el agravante de que R. no  es que tenga mucho tejido adiposo que le permita aislarse del frío como a una persona normal. Al fin cedió, se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos. Bueno, lo pude ver como quería, era más flaco de lo que pensaba. Luego nos metimos en la carpa. Ya dije que éramos ocho personas, lo que no he dicho es que la carpa era de cuatro.
Esa noche no recuerdo haber dormido mucho, E. jodió toda la noche con que nos íbamos a morir. Fue unánime la idea de que E. sería el primero al que nos comeríamos si fuese necesario. No era tan loca la idea, pues ya no quedaba comida. M. era la más sería del grupo y llevaba una lata de atún. ¡Una lata de atún para ocho! Bueno, y un Bon Bon Bum. En la carpa nos tocaba sentados. D. se pidió el mejor lugar, la carpa era de él. Fueron pasando las horas y la carpa se empezó a llenar de esa agua helada que entraba por los rotos del suelo. Habíamos perdido la mitad de la carpa y si mis cuentas no me fallan, éramos ocho en una carpa de dos. Algunos empelotos. Lástima que el frío fue paralizante. Ya no recuerdo si estábamos dormidos o aletargados y E. escuchó el ruido de un animal. Parecía un animal grande. Tenía que ser E. Yo siempre había querido conocer un oso de anteojos, pero ésta no me parecía la manera más apropiada. Sí, E. dijo que nos íbamos a morir. D. sacó la linterna que le empacó la mamá. Tomé la linterna y abrí la carpa. No sé para qué, tal vez para gritarle “¡chite!”. Seguro que el oso habría obedecido. Prendí la linterna y la trayectoria de la luz no iba más allá de cinco centímetros a causa de la neblina. Parecía un muro sólido. Tal vez ésa habría sido una ventaja. Si nos devoraba el oso, no veríamos cómo descuartizaba a los demás. Sólo oiríamos los gritos, cosa que los sobrevivientes no quedasen tan traumatizados. Cerré la carpa, se escuchó nuevamente el sonido una última vez. Creo que éramos muy flacuchos para el oso. Ahora que lo pienso, creo que era una rata.
Amaneció. Ya no había neblina. La noche anterior salimos en muchos medios de comunicación: “Un grupo de ocho funcionarios de alto rango de la alcaldía están perdidos en el Páramo de Siecha desde hace una semana”. Mejor dicho, a Peñalosa se le había refundido medio gabinete en el monte. Luego me enteré que esa mañana entró una llamada a la casa. “Señora Martha, la llamo de parte de la Cruz Roja Colombiana, debemos informarle que su hijo Arturo está perdido en el Parque Nacional Natural Chingaza desde hace varios días, pero quiero que sepa que estamos haciendo todo lo posible por rescatarlo, no se preocupe”. Pobre madre mía, ya estaba alistando todas las cosas necesarias para buscarme en las cincuenta mil hectáreas de superficie que tiene el parque. Seguro que ella sí pensó en la carpa. Bueno, pero íbamos en que amaneció. Caminamos un par de minutos y vimos una carretera. Al fin de cuentas no estábamos tan perdidos. Nos encontramos primero con un soldado del ejército. Nos preguntó que si éramos nosotros los que estábamos perdidos. Le dijimos que sí, a lo que contestó “a bueno”. Luego llegó la Defensa Civil, se tomaron una foto con nosotros y nos dejaron claro que ellos habían sido los primeros en encontrar el mojón. Apareció al rato la Cruz Roja y nos dio un bocadillo a cada uno. El bocadillo más rico del mundo. Por último apareció la Policía Cívica de Tránsito y nos montaron en unas camionetas superlujosas hasta Bogotá. Se necesitan muchas entidades para encontrar a las cabezas de la administración distrital. Nos dejaron en la 72 con caracas. Llamé a mi mamá, me recogió en un santiamén. Estaba angustiada, muy angustiada. Me invitaron a desayunar al Desayunadero de la 42. Comí carne, yuca, chocolate, arroz, arepa, huevo, jugo y no sé que más. Mi mamá me quería agradecer que estuviera vivo con comida y yo no soy un tipo grosero. Nunca le di las gracias a la mamá de D. por salvarme la vida, nunca he visto las dichosas lagunas. A la próxima llevo un GPS.

4 comentarios sobre “Las Dichosas Lagunas de Siecha

  1. Jejejej mi mamá terminó siendo la súper heroína del cuento!Yo en cambió quedé sin ningún mérito, reducido a ser el hijo de mi mamá jejejeEsto ya pasó hace casi doce años! Simpático saber cómo lo recuerdas tú.BesoD

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  2. Cuando me enteré de la noticia, casi me muero del susto. Muy chevere recordar esa historia y la manera en que nos fue comunicada por las autoridades. Me he reído mucho por la manera tan espectacular para contarlo, ya que me haces sentir en ese lugar, lo describes con tanta claridad que hasta me dio mucho frío.

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  3. Síiiii, clarooooo, contado ahora en retrospectiva, pues parece muy simpático, pero el susto de ustedes allá y el de nosotros acá cuando supimos la noticia, "no fue cualquier lagaña de mico" como decía Pabeto.Cuando íbamos de camino para alistarnos a subir la montaña para buscarlos, nos llamaron al celu (ya teníamos celus) y nos avisaron que ya los habían encontrado y que los dejarían en la 72 con Caracas. Creo que llegamos al tiempo ustedes y nosotros, porque yo ví unas personas pálidas como ranas sabaneras y trozadas de hambre envueltas en unas cobijas térmicas bajarse de unas camioneta. Había mucha gente: familiares recogiendo los desaparecidos y curiosos chismeando el asunto. Cuando ¡Por fin! llegaron ustedes. Creo que nunca en mi vida los había visto comer tanto, ni antes ni después de ese día. Je, je, je. Hablaban más que un perdido cuando aparece. ¿Sin ves? Y con ese cuentico que dizque "ya somos grandes y no necesitamos que nos cuides" o "ya somos grandes, ya sabemos lo que hacemos" o también "mamáaaa, no te preocupes y déjanos vivir en paz" pasan cosas como estas. Y uno tan tranquilo llegando de paseo porque los hijitos estaban juntos en un lugar seguro. Pues se nos tiraron el disfrute del paseo cuando llegamos. Y después dicen que las mamás nos preocupamos por nada, ¿No?Te amo, hijito y gracias a Dios que llegaste bien, y si no, no sé qué te habría hecho de la piedra.

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