Matemáticas: Una historia de amor.

 Capítulo I

 Complejo de Edipo

En este capítulo contaré mis primeros recuerdos de esta tormentosa relación. Algunos ya los conté en el otro blog. La gente cree que porque uno es matemático siempre ha entendido esta vaina, o siempre le ha gustado, o que uno es un genio. Es comprensible que crean eso. La verdad, de genio no tengo nada y mi relación inicial con las matemáticas es la de una persona común y corriente. Como buena historia de amor (larga), está llena de momentos de romance extremo, odio visceral y desinterés absoluto. Es una relación que no ha terminado y que va madurando con los años.

A mí me iba como un culo en matemáticas cuando estaba en el colegio. De primero de primaria a sexto de bachillerato. Le echo la culpa a los profesores que tuve. Siempre es más fácil culpar a otros. Sobre todo si se trata de gentecita mediocre a la que le tocó ser maestro. Tampoco es que haya estudiado en colegios que uno diga qué putería, qué calidad. La escuela del barrio cuando estábamos paila, colegios caros cuando estábamos bien y colegios privados de barrio cuando estábamos ahí más o menos. Odiaba más los segundos que los primeros. Tan malos como las escuelas, pero llenos de niños arribistas y fundamentalismo católico. Además, en esos colegios caros tocaba madrugar como un putas para que no lo dejara a uno la ruta. Pero definitivamente los peores eran los colegios privados de barrio. Lograban consolidar en muy poco espacio lo peor de dos mundos. Me imagino que los niños bien que van a colegios bien (caros pero buenos) tienen profesores que quieren más lo que hacen. Me imagino, no sé.

En uno de esos colegios caros que quedaba en la mierda, la profesora (la misma bruja que nos empelotaba a las malas y nos bañaba con una manguera de agua fría porque según ella éramos unos mugrosos sin remedio) nos preguntaba las tablas de memoria. Cuando uno la embarraba en una multiplicación, nos cascaba con una regla de madera en la palma de la mano. Mi humilde opinión es que a esa señora le faltaba pipí, mucho pipí. Con treinta y tres años y a punto de terminar un doctorado en matemáticas, no me sé las tablas de multiplicar. Ningún método funciona en mí. Lo he intentado todo. Una vez traté escuchando varias veces un caset de unas ardillas que cantaban las tablas. Menos mal se inventaron los celulares con calculadora.

Por esa misma época (muy chiquito) también tengo el recuerdo más bonito que pueda tener al respecto. En la casa, no sé por qué razón, apareció un compás. Uno bueno. Usaba una punta para rayar y la otra para abrir huecos en las paredes. Era un artefacto muy completo para las necesidades de un niño. Un día mi mamá llegó tarde de trabajar. La recuerdo muy cansada. Yo estaba masacrando alguna caja de cartón o algo con el compás. Preocupada (como siempre) porque me sacara un ojo, me quitó el compás, me dijo que eso no era un juguete. Luego me dijo que nos sentáramos en la mesa del comedor. Eso fue en el primer apartamento de La Candelaria. Pensé que me iba a regañar. Sacó una hoja de papel y me pidió que prestara atención. Dibujó un segmento de recta con una regla. No era un regaño por escrito. Luego tomó el compás, clavó con delicadeza  la punta que abría huecos en un extremo del segmento. Abrió el compás hasta el otro extremo del segmento y, con la punta que rayaba, dibujó un círculo. Repitió el proceso al otro lado del segmento. Para terminar, unió con la regla cada extremo del segmento con una de las intersecciones de las dos circunferencias. Ese momento fue mágico. Había visto triángulos pero ninguno tan bonito y menos que se pudiera construir de esa manera tan bonita. A lo bien, me pareció mágico. Cuando llegaba del colegio pasaba tardes enteras  haciendo más figuras en papel y menos huecos en las paredes.

Mi relación con las matemáticas empezó como esas relaciones donde se dan en la jeta y al rato están tirando.

Había aprendido a sobrevivir académicamente en clase de matemáticas. Los profesores en su mayoría eran perros latosos que mordían muy poco. Ahí a trancas y a mochas lograba encontrar qué querían que les contestara en el examen. Poco me preocupaba por aprender, poco les interesaba a ellos si yo aprendía. Era perfecto, como esos matrimonios ahogados en la rutina, el tedio y el fastidio. Todo iba bien hasta que en segundo de bachillerato me tocó un boyaco resentido que ladraba muy duro. Asustaba. Creo que se llamaba Pedro Pablo Juan. En cualquier caso eran tres de los doce nombres de los apóstoles. 1320 posibilidades en total. Con eso se puede nombrar a todos los varones de un pueblo pequeño de Boyacá. El caso es que le tenía terror a ese señor y en los exámenes nunca me pude concentrar en qué era lo que quería que le contestaran. Al final del año había perdido matemáticas todos los bimestres. Me iban a echar del Colegio Cafam, el menos indecente de todos en los que había estado. Judas Juan Lucas nos amenazaba con que si no pasábamos el remedial de final de año íbamos a terminar en un colegio de barrio, con banda de guerra y todo. Así decía el malparido. Eso sí que me daba terror. Volver a un colegio de barrio era la peor de mis pesadillas. Mi mamá se preocupó mucho y cuando llegaba tarde y cansada de trabajar me dedicaba tiempo de estudio. Tiempo de calidad madre e hijo. Con cariñito, en quince días dominé todas las bobadas que le enseñaban a uno en segundo de bachillerato. Operaciones con números enteros y fraccionarios. No pensé que fuera tan culo el tema. Mi humilde opinión es que el perro latoso de Tomás Simón Mateo estaba tan ocupado en hacernos entender que éramos unos brutos, flojos sin futuro que se quedó sin tiempo para enseñarnos matemáticas.

Cierro con una reflexión. Es imposible pretender que a la gente le gusten las matemáticas con tanto hijueputa suelto por ahí enseñando. El senado, el presidente o alguien debería darle una tarde a la semana libre a las mamás y lo que ellas bien puedan hacer con paciencia y amor.
Puede ser que yo sea un niñito de mamá al que no le gusta asumir la responsabilidad de sus desgracias y por eso culpa a los demás. De ser cierto, eso no le quita lo hijueputa a los hijueputas arriba mencionados.

10 comentarios sobre “Matemáticas: Una historia de amor.

  1. No envidio tu relación con las matemáticas (prefiero la sólida y tranquila relación que tengo con la literatura) lo que envidio es a tu mamá! :D.Concuerdo contigo que muchas de las taras de aprendizaje de la gente se deben a profesores desgraciados que se petaquieron los chiquis (un amigo mío, lector ávido, tiene ortografía deplorable por culpa de un desgraciado de esos) así que si. Debería hacerse algo por remediarlo. Espero otro capítulo de tu vida matemática 😀

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  2. Me hizo recordar algo, ajajaja bueno quizás nunca lo olvido, si bien en el colegio no me fue mal y pase mas con gloria que con pena, no era mi área de interés, quería estudiar Ingeniera Ambiental, tenía un profesor medio loquito en el colegio, y en la escuela en tercero no sabía bien como dividir, el examen final de matemáticas de ese curso era hacer unas divisiones, si no es por un compa llamado Miguel me la tiro, a diferencia suya tuve buenos profesores, o quizás entendía fácil, Siempre odie la geometría, no podía hacer rectas paralelas con una regla, ni siquiera marcando con lápiz a la vez y sin mover la regla, los dos lados más largos de ella. Pero por una empedernido anhelo de ser Ingeniero mecánico, eléctrico, de robótica y todas esas cosas que aun quiero hacer, dije Estudiare Matemáticas “factor común entre todas esas” pero no enamorado de ellas, hasta como la tercera clase de Geometría, que un profe seguía el libro de los Elementos de Euclides y así de simple DESDE LA SEGUNDA PROPOSICION DE EUCLIDES la de llevar una línea a un punto, AME LAS MATEMÁTICAS, no todas pero haciendo semejanza uno ama a una persona también con sus defectos ajajaj Att:Carlos Rico

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  3. Hijito amado: Qué bonito recuerdo y mejor aún la manera tan divertida como lo cuentas. ¿Pero qué le iba a hacer? entre los huecos en la pared y mejor verte haciendo figuritas, me quedé con la segunda opción. Lo que pasa es que no calculé que lo que iba a terminar perforado con miles y miles -por no decir millones- de punticos u orificios era la mesa del comedor, que era de madera. Gracias a Dios ahora es de vidrio, y si no…Te amo hijito hermoso y me siento tan, pero tan orgullosa de ti. No me importa un c… si no aprendiste las tablas de acuerdo con el absurdo rigor tradicional, con tal que te supieras los resultados de las mismas a través de la diversión y con sonsonetes inventados por nuestros, tales como cua-tro, o-cho, do-ce, die-ci-seis, vein-te, vei-ti-cua-tro, vei-ti-ocho, trein-ta-y-dos. trein-ta-y-seis, cua-ren-ta, aunque no te supieras que eran 4X1…, 4X2…, 4X3…, 4X4…, 4X5…, 4X6…, 4X7…, 4X8…, 4X9…, 4X10…, si finalmente tu ibas mostrándome con esos mini deditos en qué tabla ibas y te habías aprendido el sonsonete del resultado. ¿Recuerdas? Esas manitas eran hermosas y esos ojitos de azul profundo mirando los deditos mientras repetías los distintos sonsonetes de cada tabla, con esa voz hermosa y alegre… Eso, eso hijito, no tiene precio.TE AMA, tu mami

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    1. Tu eres maravillosa y tus hijos cada uno son un pedazo de ti, tienen cada uno en su universo Mucho, mucho de ti. Tu hijo escribe increíble yo disfruto cada palabra, además le agradezco lo que me hace recordar y reiría brazos Marthica”

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  4. Que buen relato en me paso exactamente lo mismo pero en mi caso perdí séptimo aunque de igual forma termine volviéndome matemático. Tal vez esa relación de amor y odio es lo que nos impulsa en seguir buscándola y conociéndola… Pdta: Obligada una segunda, tercera y cuarta parte..

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  5. Divertida, interesante, . Un signo de madurez es amar la matemática, es un juego muy ameno. Pero tu estás jugando doble con la matemática y la literatura, sigue escribiendo, un abrazo

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