Matemáticas: Una Historia de Amor

Capítulo II

La Fea Interesante de Tetas Ricas

Por ahí en cuarto de bachillerato vimos un tema que sí me llamó mucho la atención: Geometría. Del putas esa materia. Me encantaba (me encanta). Nunca pensé que un tema en el colegio me fuera a gustar tanto. Igual me hacía el pendejo porque aceptar que me gustaban las matemáticas o que les estaba dedicando tiempo era mal visto. Me podrían llegar a identificar con ese grupito de ñoños-nada-que-ver (el ñoñicombito de ahora en adelante) cuya vida se reducía a estudiar y competir por la nota. La mía se reducía a ir al colegio, ver televisión en la tarde y hacer mucho deporte. No es que fuera la chimba de vida tampoco. Mi verdadera pasión, de quien sí estaba enamorado perdidamente, era de la gimnasia. Mamacita cómo me hacías de rico, cómo me hacías feliz. Por aquel entonces tenía un cuerpo bacanísimo, flaco reflaco pero con chocolatina six pack y toda la vaina. Claro, no tenía la autoestima suficiente para notarlo. Ahora tengo una pansa peluda de treintañero. Cosa jodida la autestima ¿no? La gimnasia era una novia muy exigente, no era muy bueno. “No eres tú soy yo” le dije. Cuando entré a la universidad no volví a saber nada de ella. Fue una relación muy apasionada que terminó sin besito de despedida.

Pero bueno, volvamos con la principal, volvamos con las matemáticas. El caso es que el ñoñicombito se quejaban mucho de que la geometría era una mamera, que no entendían que era lo que quería el profesor con las demostraciones, que les tocaba estudiar mucho para sacarse un pinche 9 (las notas eran sobre 10). Yo con poco esfuerzo, sin pensar en la nota y fascinado con el tema me sacaba solo dieces. In your face! Ese pequeño romance duró poco. Fue un par de meses apenas. Mi relación con la geometría del colegio fue como si una amiga me hubiese mostrado una tetica y me la hubiese dejado coger por un ratico no más. Sueno tan heterosexual diciendo eso.

Se acabó la geometría y volvió de nuevo el tedio. La trigonometría, el álgebra y el cálculo me sabían a mierda y lograba pasar raspando sin estudiar nada. Para mí no eran más que cuentas sin sentido. Como se enseñan en el colegio y en las universidades, todavía creo, que no son más que eso: cuentas sin sentido. Los del ñoñicombito eran felices con esa vaina. Entre menos sentido tuvieran las cuentas, más rico se hacían. Pura masturbación mental ñoñil. Todavía recuerdo unas putas tablas que nos hicieron hacer en quinto de bachillerato de todas las funciones trigonométricas con sus respectivas gráficas en papel milimetrado. Alguien me quiere explicar para qué carajos sirve enseñar todo eso. Es que sigo sin entender. ¿Cuántos de ustedes en el trabajo en la oficina o en lo que sea que hagan dicen: “un momentico que es que al informe de gestión le hace falta dibujar la función arcotangente en papel milimetrado”? Para mí la geometría era superior. Ok, puede que no sirva para nada (discutible), pero al menos es bella, muy bella. Además aprendía uno a razonar correctamente con hipótesis, tesis y todos los juguetes. Ya, suficiente justificación.

Por ahí en décimo empecé a sentir mi vida vacía. Como todo adolescente. Me junté con los raros del salón. Un combito de dos viejas y dos manes supermisteriosos que leían todo el día de filosofía, literatura y antropología. Eran todos rebeldes, unos nihilistas adolescentes. Me sentí identificado con ellos, o eso quise y traté de que me aceptaran en su grupo de selectos pensadores silenciosos. No hablaban con nadie y despreciaban a los demás por vulgares. Es que mis compañeros de curso no se ayudaban mucho que digamos. Para que se hagan una idea, lloraron a moco tendido con Los Caminos de la Vida cuando llevaron unos mariachis al colegio en la despedida de once. El caso es que me aceptaron ahí más o menos en el grupo pero me tocaba leer mucho para tener de qué hablar. Le robé un libro a Alcides de filosofía de las matemáticas. Alcides es un portugués, el marido de una tía que inició matemáticas en la antigua Unión Soviética. Claro, el libro tenía su enfoque de materialismo dialéctico y empiriocriticismo un poquito marcados. El libro me mostró un lado de las matemáticas super bonito que no conocía. La chica fea del curso tenía su lado interesante cuando se charlaba con ella. Le robé un segundo libro a Alcides (le robé muchos, todavía los tengo) sobre fundamentos de matemáticas de la editorial MIR Moscú, cómo todos los libros de Alcides. Recuerdo a la profesora de filosofía dándole quejas a mi directora de grupo porque, según ella, estaba siendo influenciado por guerrilleros que me hacían leer cosas raras. Me fascino la manera como definían número, lo que significaban los números. Tenía demostraciones claras. Era una belleza el libro. No tenía nada que ver con las maricadas sin sentido que le enseñaban a uno en el colegio. La chica fea del curso además tenía tetas ricas.

Leer tanta cosa suelta me confundió resto en lo que quería estudiar. Antes de leer tenía claro que quería ser ingeniero electrónico, vivir en los suburbios, tener plata, carro y llorar con Los Caminos de la Vida. Ahora no sabía qué hacer; si astrólogo, astrónomo, físico, matemático, antropólogo, actor de teatro, filósofo, filólogo… Las ramas del conocimiento eran muchas, todas muy interesantes y sin ningún futuro económico. La gimnasia ya estaba descartada por la escoliosis y la falta de talento. El estilito de vida de familia gringa de bien ya no era de mi interés. Estaba ávido de conocimiento (y de pipí, pero eso no lo pude solucionar sino mucho después). La verdad es que Alcides se aprovechó de mí. Me vio todo confundido y metió las matemáticas por los ojos. Ya la decisión estaba clara: o matemático o teatrero. Muy afines las dos. Mis papás se pusieron verdes con la decisión de morirme de hambre. Me dijeron que teatrero ni por el putas, que si escogía eso me iba a volver homosexual, promiscuo y mariguanero. Estudiar matemáticas no evitó ninguna de las tres. Lo que es para uno, es para uno. Así que por descarte escogí a la fea interesante de tetas ricas.

Le comenté a los compañeros del curso mi decisión. Obvio, era el único en todo el colegio (grande, muy grande) que iba a estudiar esa vaina. Me sentía especial, único y eso reforzaba más mi idea. Al combito nihilistia le pareció genial. Los del ñoñicombito me dijeron que yo qué iba a estudiar eso, que yo era un burro para las matemáticas. Lo mismo me dijo mi papá. Casi no lo puedo perdonar. Ahora entiendo que nunca en el colegio di muestras de ser el Gauss de la familia y que mi papá estaba tratando de persuadirme de cometer semejante estupidez. Que nadie creyera en mí, salvo Alcides, sólo logró que mi decisión se hiciera inamovible.

Al ver las burlas del ñoñicombito por mi vocación, estudié para el examen bimestral de cáluclo. Estudié como no lo hacía desde geometría en cuarto de bachillerato. Fui el único con una nota de veinte sobre veinte. Les callé la jeta. Me gané el odio más profundo. El punto que nadie más pudo hacer consistía en demostrar que la derivada del seno era coseno. Gran cosa. Luego le comenté la decisión a mi profesora de matemáticas. Sí, la misma que nos dejaba solos en clase haciendo cuentas culas y se iba a pensar en qué publicar para el Mathematical Intelligencer y el Journal of Mathematics Teacher Education. Cuando le conté, la jeta que puso me desconcertó. Me dijo que cómo iba a estudiar eso, que si lo hacía me iba a quedar de profesor para toda la vida. ¡¿!Ah?! Que por qué no estudiaba estadística mejor, algo que diera plata.  ¡¿!Ah?! Que iba a terminar como ella. Pelaste el cobre perris, lo pelaste por completo. Me dio la razón: Mis profesores, en un 99% de los casos luego de un análisis estadístico, no eran más que gentecita frustrada a la que le había tocado ser maestro. Ahí entendí que la señora no iba a producir conocimiento ni a publicar ni mierda cuando nos dejaba solos, no. Iba era a echar chisme con sus compañeras al calor de un tinto de cómo se las comía o se las dejaba de comer el marido.

Mis papás querían que les diera al menos el gusto de estudiar en los Andes y no en ese antro de guerrilleros de la Nacional que, como reza la leyenda, bajaban helicópteros a naranajazos en los setenta. En eso tampoco iba a ceder. Estaba obsesionado con la Nacional. Por aquel entonces a Matemáticas en la Nacional se presentaban menos aspirantes que el cupo disponible. Mejor dicho, nadie quería estudiar esa vaina. Solo se requería pasar el examen con quinientos de mil puntos. Me saqué 502. ¡Qué susto tan hijueputa! Como siempre raspando. En matemáticas fue en lo que peor me fue. Pasé el examen sin saber nada, porque lo único que sabía era leer bien. Muchos de los textos que aparecieron en el examen ¡ya los había leído! Eso es suerte compañero.

Una chica del ñoñicombito, la que escribía a mano en Comic Sans, me acorraló en el corredor y me insultó. Me dijo que yo no merecía pasar a la Nacional, que yo era un mediocre sin futuro, que había pasado porque no me había presentado a una carrera de verdad. Me hizo sentir mal, casi lloro y todo. Quiero decirte, chica del Comic Sans, que te perdono y que deseo que te haya ido muy bien en la Cudca, en la Chobcha o donde sea que hayas estudiado tu carrera de verdad. Espero que hayas conseguido todos tus sueños: llenarte de plata con un marido panzón al que le dices papi, que tus hijos hayan aprendido a escribir en Times New Roman o algo más decente y que te den muchas serenatas de mariachis conmovedoras en tu casa de los suburbios.

Termino, para volverlo costumbre, con una reflexión. Hoy por plata no sufro, debo estar ganando algo similar a lo que ganan mis ex-compañeros que ahora son ingenieros o médicos, pero lo mejor es que me queda tiempo para aprender saxofón y escribir maricadas en el blog. Hay que pararle bolas, muchas bolas a la fea interesante de las tetas ricas. Es posible que le aporte más a su vida que la mona pelipintada que llora escuchando Los Caminos de la Vida.

10 comentarios sobre “Matemáticas: Una Historia de Amor

  1. Le comento que a mí me paso algo similar, mi profesora de matemáticas le parecía que esta carrera era super aburrida y mi papá quería que fuera ingeniero mecánico, hata me presente a esta carrera pero la suerte estaba de mi parte y no me admitiron.

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  2. El colegio, increíble su memoria, yo a duras penas recuerdo algunos amigos, en mi caso fue la biología, influenciado por las piernas de la profesora de 4 grado y por la pasión por los animales que me transmitió Javier. Para mi fue un lugar de escape, mi casa era un caos, yo igual que usted recuerdo con mucho aprecio a la profesora de español de 6 grado, si llego a enseñar un día la tomare como guía, Recuerda el proyecto del libro? Aun lo tengo, de poemas, que vergüenza.

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  3. Pues habrá que pararle bolas a su fea de las tetas ricas, pero creo que no nos toco la misma fea. Yo no me comería a su fea pero me la hago de amiga. Así ha sido siempre. Solo amiguis, porque esa muy desgraciada me ha hecho el feo siempre.

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  4. Hola hijito mío. Qué magnífica y simpática descripción que haces de tus años mozos. De esa adolescencia confusa en la que todos algún día entramos. Es de aclarar que no solo Alcides te apoyó. Recuerdo muy bien que yo te dije que te iba a tocar joderte mucho estudiando. Y no creo que me haya equivocado, porque desde que tomaste esa decisión, aún en vacaciones cuando lees un libro y yo te pregunto qué lees, me dices sencillamente una palabra "matemáticas" ja, ja, ja. Me siento absolutamente orgullosa de ti y de tu decisión y agradecida con Alcides por haberte "manipulado" metiéndote las matemáticas por los ojos. Creo que lo que has hecho, logrado, aprendido y enseñado, ha sido todo un éxito. Que vivan las feas de las tetas ricas.Te ama, tu mami.

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  5. Muy divertida tu historia, Artu. La parte de "Lo que es para uno, es para uno" me hizo reír mucho.Por cierto, nunca había notado que la fuente en la que escribes es súper bonita. ¿Cómo se llama?Daniel

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