Matemáticas: Una Historia de Amor

Capítulo III

Idilio

El primer semestre tuve tres materias no más. Geometría, con un profesor muy ahí (nada retador), Cáluclo y Fundamentos de Matemáticas. El inicio del noviazgo fue algo traumático. Como ese maltrato que uno recibe de la pareja cuando apenas se están conociendo y con el que uno queda fuera de base. Todo el mundo me dijo que no inscribiera la materia con la profesora de Cálculo porque era muy dura y tenía la mirada perdida. La mirada de la profe me intrigó y decidí dejar la materia con ella. En el primer examen me saqué 1*. Le pregunté a la maestra que por qué el asterisco y me dijo que realmente la nota era cero, que el 1 era por lástima y el * por haber marcado la hoja. No me dejé, la luché. Es verdad, no tenía ni idea de matemáticas. No sabía factorizar. En serio. Lo único que sabía era leer. No me desprendí del Calculus de Spivack. El libro está muy bien escrito y es un libro distinto a los demás. Es mi autor favorito de cálculo. En el segundo parcial me saqué 3 o algo así y pasé la materia. Estaba fascinado con la idea de número real, contiunidad e infinito. Le preguntaba después de clase a mi maestra de la mirada perdida cuanta inquietud me asaltaba. Ella me dedicaba el tiempo que yo demandara. Horas si era necesario. Yo le llevaba chocolatinas el día del maestro, en los cumpleaños y el día de la mujer. En cambio la maestra de Fundamentos sí era realmente dura. Iba a toda carrera y apenas si oíamos el golpeteo del marcarador contra el tablero. Nos hacía llevar un cuaderno, similar a un diario, con problemas y temas que nos llamaran la atención. Me pareció una idea genial y en un acto de sapería infinita, lo hice en computador. El cuaderno lo llamé “Bitácora del Futuro Matemático”. ¡Hágame el favor! Estaba empezando mi noviazgo y era el momento de regalar flores. Me tocaba estudiar mucho, casi todos los libros eran en inglés y yo sabía leer, pero en español. No me di por vencido. La idea era enamorarla, hacerla mía a como diera lugar.

Luego aprendí a dominar las materias. Creía, de manera ilusa, que en eso consistían dominar las matemáticas. Tenía en general buenas notas, pero no me preocupaba por eso. Le dedicaba mucho tiempo a aprender temas nuevos y atractivos. Como cuando uno se aprende partes del cuerpo del ser amado que no había explorado. Una vez le dedique todo el semestre a estudiar el libro de Polítopos Regulares de Coxeter. Siempre estaba estudiando. En vacaciones, mientras cagaba, en los paseos… Tengo fotos en Girardot en donde aparezco con libros gordos debajo del brazo. Hacía todos los ejercicios y problemas que podía, iba y le preguntaba a los profesores cuanta cosa… Era como ese novio intenso que quiere estar todo el día pegado a su nuevo amor.

En quinto o cuarto semestre tuve un maestro que me marcó de por vida: Alonso Takahashi. La primera mitad del semestre habló de filosofía platónica y la otra mitad nos sacó la leche. Aprendí a estudiar por mi propia cuenta temas más complejos, aprendí a amar más las matemáticas gracias a él. Lo recuerdo con infinita nostalgia y cariño. No me interesa, ni tengo cómo, ser un “investigador importante”, pero Alonso me inspiró, de por vida, a ser mejor maestro (aunque nunca tan bueno como él lo fue).

Con Javier montamos un grupo de estudio de geometría algebraica sin profesores. Pegamos avisos en el edificio de matemáticas citando a reuniones semanales. Logramos una convocatoria de tres personas: Javier, Oscar y yo. En los letreros nos escribieron cosas como “sapos reglados”. Quería tanto a las matemáticas, a mi nueva novia, que no tenía problema en compartirla con Javier y el malparido no fue capaz de darme un abrazo cuando se fue a hacer su doctorado hace ya más de diez años. No lo he visto desde entonces y no sé por qué lo quiero. No es que la gente del edificio de matemáticas de la Nacional se caracterice por sus grandes habilidades sociales tampoco.

Me entregué por completo a las matemáticas, al punto que me olvidé de mí mismo. Descuidé mi apariencia personal (lo que alargó mi virginidad más de lo esperado),  sólo pensaba en mi nueva novia. Una chica, una de verdad, se me declaró, le dije que listo pero que yo creía que era bisexual, me dijo que no había lío. Ahora sé que qué bisexual ni que nada. Al cabo de un par de años me dejó, no sé si por marica, porque no le dedicaba un culo de tiempo o por las dos.

Había empezado a comportarme y a pensar como los matemáticos. Aprendí a sentir desprecio por cualquier otra rama del conocimiento y por la gente que se dedicaba a otras cosas. Era especial el caso de los ingenieros y los licenciados que eran la fuente de chistes del departamento en los pasillos. Incluso era bien visto hablar mal de la estadística. Las relaciones personales parecían despreciables. Me había dejado a mí mismo por el amor. Me preguntaron alguna vez que si era feliz y había contestado sin pensar y con una fuerte convicción que sí. Me respondieron que estaba loco. En esos años aprendí muchas matemáticas y muy poco de la vida. Estaba intoxicado de amor idílico. Era un cliché con patas. Me había convertido en una persona detestable.

7 comentarios sobre “Matemáticas: Una Historia de Amor

  1. jejeje estoy seguro de que sé cuál era la de cálculo de primer semestre, con la que algunos te acusaban de amores gerontofílicos…Me leí las tres partes de una, y quedo a la espera de las siguientes.Daniel

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  2. Hola Arturo, genial tu relato, muchas situaciones en común!! me hubiera encantado tener una relación asi con las matemáticas, tal vez se convierta algun dia en mi nuevo amor

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  3. Ahora entiendo la razón de ese descuido en tu parte personal. el pelo largo (que se te veía divino) la barba rala que por más esfuerzos no lograba ponerse en orden y las "pintas" de estudiante entregado al conocimiento. ¡No estudies más, carajo, que estamos en vacaciones! te decía, pero no había "po-der– hu-ma-no" que te obligara a cerrar los libros. Mientras tanto, en los momentos de compartir los alimentos, Alonso Takahashi era la entrada, el plato fuerte y el postre. Nunca lo conocí -personalmente, digo- pero sí a través de tu admiración y respeto.Maestro Takahashi: Gracias por haberle mostrado a mi hijo que ser excelente matemático y excelente profesor, eran perfectamente compatibles. Aprendió con lujo de detalles.

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