Matemáticas: Una Historia de Amor

Capítulo IV

Desilusión

La monotonía empezaba a inundar mi relación con las matemáticas: definición-axioma- teorema-demostración-ejercicios, definición-axioma-teorema-demostración-ejercicios… Cuando pensaba en otras cosas por mi propia cuenta, en problemas propios, los profesores me decían sin detenerse en revisar: eso es muy fácil, eso ya lo debieron haber pensado los grandes, eso es muy difícil, usted no puede pensar en eso, eso es un dato curioso, estudie lo que tiene que estudiar. Ya ni iba a las clases. La gran mayoría de mis maestros copiaban los libros de texto en el tablero sin mayor interpretación de por medio. Para esa gracia mejor leía yo directamente de los textos. Iba a los parciales únicamente y obtenía buenas notas, o en su defecto, notas aceptables. Puro tedio. Aveces inscribía materias y materias por desparche. Algo estaba fallando. Ya la cosa no era tan placentera. Como esas relaciones a las que les funciona una vez una manera de tirar y repiten esa única manera indefinidamente. Ya no sabía como relacionarme con las matemáticas ni ellas conmigo. Pero el verdadero deseo, el deseo sexual, estaba ganando protagonismo. Era hora de ponerle fin a esa virginidad prolongada. Era justo y necesario enfrentar mi vida sexual, asumirme, conocer tipos, salir del armario. En la Universidad hay (todavía) un grupo de estudiantes: Grupo de Apoyo y Estudio de la Diversidad en la Orientación de la Sexualidad de la Universidad Nacional de Colombia – Gaeds-UN. ¡Carajo con el nombre tan rimbombante! Era lo que yo necesitaba. No me acaba de cuadrar mucho la idea de iniciar mi vida sexual en bares, saunas o videos sórdidos. Me encarreté mucho con Gaeds. Era mi razón de ir a la universidad. Me enamoré una vez (dos años) de Raúl, me enamoré otra vez (once años) de Sebastián.

Sebastián fue un gran amor. Uno de carne y hueso. Él se convirtió en mi conciencia política, me cambió la forma de ver el mundo. Era fuerte, decidido, de una inteligencia inigualable. Lo admiraba mucho. Era mi héroe, mi compañía, mi ternura, mi amor, mi todo. Cada vez le encontraba menos sentido a las matemáticas. Estaba creciendo mucho como persona. Me ofrecieron salir del país, hacer un doctorado en una universidad importante. Una combinación de mi nueva forma de ver el mundo, el tedio que sentía por las matemáticas y la experiencia de estar profundamente enamorado me hizo rechazar la oferta. No me arrepiento ni un segundo. Si me tocara escoger nuevamente entre haber vivido lo que viví con Sebastián en Colombia y haber estudiado un doctorado en matemáticas en una universidad gringa, volvería a escoger a Sebastián. Todos me dijeron que estaba loco. Sí, estaba loco, loco de amor por un hombre maravilloso al que le debo, en buena parte, lo que soy ahora.

Para que se hagan una idea, mientras era coordinador de Gaeds y soñabamos con Sebastián, Daniel, Hernando, Rodrigo y Edwar que íbamos a cambiar el mundo, mientras descubría todas las cosas fascinantes de mi sexualidad, mientras descubría el mundo, el mundo de verdad, en la carrera debíamos memorizar, al pie de la letra, la demostración del teorema de la Función Inversa en espacios de Banach. El teorema desprovisto todo de contexto, sin saber para qué, cuál era el aporte de eso a la sociedad, ok no, a la ciencia entonces, tampoco, a las matemáticas, ni idea. Nadie daba razón. El Teorema de la Función Inversa era presentado como una palmera solitaria en una isla desierta. Luego uno saltaba a otra isla que podía ser El Teorema de Representación de Riesz o cualquier otra cosa. Empecé a odiar las matemáticas.

Odio y tedio. Mi relación con las matemáticas se iba deteriorando feo. No tenía ni cinco de ganas de hacer la tesis, abandoné la carrera. Me fui por unos cigarrillos y no volví. Me echaron de la universidad. Conseguí trabajo, me hastié del trabajo, pasados los años me encontré con mi profe en la calle (el mismo de toda la vida), me dijo: estoy esperando que termine la tesis. Sentí culpa o remordimiento o no se qué. Algo así como: ya que se fue sin avisar, por lo menos llévese sus cosas que están guardadas en una caja. Terminé la tesis. Me quedó bonita. Obvio, la hice en geometría. Apenas terminé mi carrera hice mi maestría. No sé por qué, no quería. Sentía que no sabía hacer nada más en la vida. El solo estar estudiando la maestría me abrió puertas. Pude entrar a la Universidad de los Andes como docente de planta. Fue una muy buena experiencia. Pero las matemáticas resultaban para mí cada vez más tediosas, les tenía cada vez más fastidio.

Estaba tratando de salvar un matrimonio en el que ya no había amor.

En mi maestría la cosa se agudizó. Terminé la tesis más por presiones laborales que por cualquier otra cosa. Cuando me gradué de la mestría, lo hice odiando las matemáticas mucho. No invité a nadie al grado. A los más cercanos les dije: este grado es mi despedida. No quiero saber nada más de matemáticas, no voy a hacer el doctorado en esta vaina sin sentido, serán mi manera de ganarme la vida y ya.

Así pasaron unos cuantos años.

4 comentarios sobre “Matemáticas: Una Historia de Amor

  1. Muy bonito, dejándonos "en ascuas" si poder ver cómo avanza, continua y termina la cosa y convirtiéndonos en observadores pasivos esperando cuándo viene el otro capítulo. Si yo que soy la mama (con acento prosódico en la primera "a", porque en la segunda sería acento ortográfico y sonaría muy formal: "mamá")estoy sintiéndome así de ansiosa por conocer el desenlace y que se supone que co-noz-co la historia de tu vida (antes de irte de la casa, por supuesto) entonces ¿cómo estarán tus amigos, los lectores desprevenidos y el resto de público de tu escritos? Deben tener ganas de sacarte los ojos.Por favor, no nos dejes los capítulos terminados en punta. Y si así lo decides, entonces no te demores tantísimo entre capítulo y capítulo.Te ama, tu mami.

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