Día 4

No tengo maletas y no tengo muda de ropa. Me tocó a lo Bart Simpson porque no me pienso poner los mismos calzoncillos y las mismas medias de ayer. Tengo que buscar mis maletas. Vamos por ellas. No, ya no alcanzamos. Vamos a la universidad primero. Bueno, tenemos que hablar de matemáticas. Pero no tengo casa, sin casa no puedo pensar en matemáticas. Tiene razón, primero busca una casa, tienes que tener casa, no puedes vivir en el colchón inflable. Me presentan por aquí y por allá. Hi, I’m Arturo from Colombia, muak, muak. Ya tengo pin de la universidad. Necesito una piscina. Hay varias en el campus. Necesitas un id para eso. Deben chequear tu sevis para que el Departamento de Estado sepa que ya estas en la universidad. Sí señora, ¿lo hago ya?. No, debes pedir una cita. Esta es la máquina de café, esta la fotocopiadora, esta la biblioteca, esta tu oficina. ¡Carajo con la oficina! Listo, ve a buscar casa, esta se ve buena, ¡momento!: es a la vuelta de la esquina de la mía; es una casa bellísima. Camino bajo un solazo. Paro en una esquina, no puedo pasar, me estoy chamuscando, me voy a insolar, dejé el bloqueador en la maleta que está en Ontario. Los carros no paran, ¿qué pasa con los carros que no paran?, veo el botón de parar los carros. Dudo en oprimirlo pues en Bogotá son de adorno. Los carros se detienen. Momento que voy a cruzar la calle. Me siento como una princesa: I’m Arturo from Colombia, muak, muak, los carros paran cuando paso. Que bonita es Claremont. Parece de mentiras, como de juguete. Hay ardillas por todas partes. Adoro las ardillas. Llego a la casa donde arriendan el cuarto. ¡Carajo con la casa! Es decir, ocupa media manzana y tiene una arquitectura de revista de arquitectura. La dueña está enferma, muy enferma, llevada de la artritis, tiene sus años y sus chocheras. Nos entendemos muy bien. Por mi enfermedad no se me entiende mucho. Tranquila, a mí tampoco se me entiende mucho, podemos hablar despacio que no hay afán (mentira). No quiero que entres niñas a la casa en la noche. No se preocupe, tenga la seguridad de que eso no va a pasar. ¿Puedo tocar el saxofón? Me encantaría escucharte. No se haga muchas ilusiones, no soy Coltrane hasta ahora llevo año y medio practicando. Yo toqué el saxofón tenor un año, es un instrumento difícil. ¿Puedo cocinar? Puedes usar lo que quieras, pero deja la cocina limpia. Debes cerrar con llave porque uno nunca sabe. Pienso: ok, ¿debo cerrar con llave la puerta cuando una pared de mi cuarto es una ventana gigante que da a la calle y que podría ser violada por el más inexperto de los ladrones bogotanos? Digo: sí claro, no tengo ningún problema en cerrar con llave. Quiero que conozcas a mi enfermera, es peruana. Perfecto, preséntemela. Mira no te conozco, por eso le sugiero, señora, que cerremos la cocina en la noche con llave para que él no entre a la casa y no se meta a mi cuarto; no te ofendas no es nada personal. No no me ofendo, sólo que yo no me voy a meter a tu cuarto, créeme. Uno nunca sabe, necesito sentirme segura. Pienso: Yo no soy ningún violador de peruanas, no me trate mal vieja hijueputa. Digo: Mira, conmigo no tienes nada que temer porque resulta que soy 100% gay. Falso: las tetas me fascinan, sobre todo las de Valentina, pero no es inteligente decir esto ahora. Pienso: ¿Será que violan a muchas mujeres los machos claremonitas que andan aquí en una paranoía androfóbica inmamabale al punto que conseguir habitación para hombres por acá es tan dificíl? Digo: mira, yo tampoco te conozco, no te ofendas, no es personal, pero si me van encerrar a determinadas horas en mi cuarto, sencillamente, no me interesa. Que decida la señora, es la casa de ella. Yo ya decidí. ¿Qué decidió señora? A mí me cae bien el muchacho, es un encanto. Ok, entonces no hay problema le echaré llave a mi cuarto y eso puede ser un problema para cuando me necesite, es mi derecho a la tranquilidad. Pienso: Haga lo que quiera perra. Digo: Fue un placer conocerte. Se va. Bueno, ¿te gustó el cuarto?, ¿lo tomas? No me gustó, me encantó, la casa, usted, sus hijas, las reglas, el precio, la ubicación, es perfecto. Lo único que no me gustó fue el asunto ése de la cocina. No te preocupes a mí tampoco me gustó ni cinco. ¿Trato hecho? No, piénsalo y me llamas. No tengo mucho que pensar, la llamo a penas tenga el dinero. Necesito mis maletas y unas sábanas. Me llevan en un carro. Es la única manera de llegar a ese aeropuerto. Recogemos mis maletas. Ya tengo suministro de calzoncillos y bloqueador. Son dos cosas más importantes de lo que parecen. Sábanas, hay que comprar sábanas, y un tapete de yoga, y unos audífonos, y champú, y jabón, y crema de dientes, y un celular, y hay que sacar la plata para pagarle a la señora. Hago una video-llamada. Alguien me sirve un vino. Activo el celular. Me echo el vino encima. Ahí estoy pintado. Calma, respira, ya, cámbiate la camisa. Le doy la vuelta a la manzana para pagarle a la señora y me doy cuenta que tengo la cremallera abierta. Pienso: ¿Será que la tenía abierta la primera vez y por eso la señora dijo que yo era encantador?, ¿será que la peruana fue la única que lo notó y creyó que me le estaba insinuando al mostrarle el pipí sin querer? En fin. Me subo la cremallera, pago la renta. Ya tengo casa. Cuando estoy doblando la esquina me pregunto: ¿quién eres? ¿dónde estás? ¿eres donde estás? Recojo mis maletas y mis compras para llevarlas a mi nuevo hogar. Cuando estoy doblando la esquina me pregunto: ¿quién eres? ¿dónde estás? ¿eres donde estás? Llego, acomodo mis tres corotos rápidamente. Trato de que mi cuarto quede bonito. Queda bonito. Es tan grande como mi apartamento en Bogotá. Tiene escritorio, mesita de noche y un colchón que hace de mesa de centro en el que tengo un libro de maricas en el arte que compré en Nueva York en una tienda de libros usados. Ese libro y mis cremas de la cara son mis certificados de que no soy violador de mujeres. Me visita una ardilla en la puerta de vidrio. Me gustan las ardillas. Que calor tan bravo el que hace aquí. Sudo como caballo sobre la ropa que tengo puesta desde ayer. No tengo calzoncillos puestos, no me alcancé a cambiar, pero ya tengo la cremallera en su sitio. Me están esperando para el concierto de esta noche en el Music Hall. Me devuelvo. Cuando estoy doblando la esquina me pregunto: ¿quién eres? ¿dónde estás? ¿eres donde estás? Es de música suramericana en versión claremonita: algo así como salsa lírica. Nos aburrimos, nos vamos. Damos vueltas por ahí. Hay un bar de jazz que abre todos los días al que pienso venir: Hipp Kitty Jazz & Fondue. Me va a rendir mucho aquí. Sí, te va a rendir mucho, vieras lo que le rinde a uno trabajar sin la familia fastidiando. Vamos por yogurt congelado en Yougurland. Pienso: esto es una vagabundería, es mucho dulce y no es nada saludable. Hago: me sirvo un trozo tímido de chocolate, me da miedo y lo corto. Sale en forma de tubo y se ve como un bollo, me inquieta la escena y le echo otro trozo tímido de sabor a pistacho. Son muchos trozos tímidos unos sobre otros. Trato de que queden con cierta simetría. Ya no parecen bollos. Le echo arándanos, fresas, frambuesas y esas cosas. ¡Es una locura! Uno le puede echar m&ms, ositos de goma, chips de chocolate. Ya que hijueputas, echémosle de todo. A Carlos le encantaría Yogurland. Tiene que venir.

Me dieron el día de mañana para descansar del viaje y del trasteo.
No alcancé a hacer lo del sevis.

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