Día 37

La libertad de pensamiento le permite a cualquiera pensar como quiera sobre lo que quiera. Los pensamientos no tienen por qué adecuarse a la lógica. A su vez, la libertad de expresión le permite a cualquier persona expresar como quiera lo que ha pensado. Dónde termina la libertad de expresión es una pregunta difícil de responder. Según el consenso internacional, el derecho a la libertad de expresión termina, entre otros, cuando se irrespeta a un individuo o cuando se hace propaganda para difundir odio. Es un agravante evidente usar el poder (de difusión, o el poder público, etc.) para agredir a través de la palabra.
Por su sistema de creencias, su desatención a la ciencia y a la constitución, su respuesta mental a un conflicto emocional, o lo que sea, el Concejal de Bogotá Marco Fidel Ramirez ha llegado a la conclusión de que los homosexuales somos los responsables de los males de Bogotá. El Concejal Ramirez está en todo su derecho de pensar como quiera. Es más, el Concejal Ramirez, así los activistas me cuelguen, está en todo su derecho a manifestar ese pensamiento dentro de los límites establecidos. Todo parece indicar, que hasta el momento, esos límites han sido traspasados.
Que el concejal Ramirez haya podido usar como plataforma política el señalar a la población LGBT de ser la responsables del fin de Bogotá es discutible, pero, supongamos por el momento que es válido. Si él está en su derecho de hacer campaña así, está en su derecho a ser elegido por gente que piensa como él. Que al Concejal Ramirez, una vez electo, se la haya ocurrido pedir la lista de las personas LGBT que trabajan en una institución pública es ilegal, pero comprensible dado su esquema de pensamiento. Lo que es inadmisible, teniendo como base la Constitución y los derechos humanos, es que el Concejo de Bogotá haya aprobado la solicitud de una lista así. Que algunos concejales hayan alegado estar tomando tinto, al contrario de lo que ellos piensan, no los exime, los hace más responsables. Que algunos concejales se hayan abstenido de votar semejante descalabro, le da a uno la tranquilidad de creer que no estamos tan cerca como parece de centros de rehablitación para homosexuales. No es sobre el Concejal Ramirez sobre quien recae la responsabilidad. Él está en campaña y, como ya se dijo arriba, piensa de formas que no comprendemos.  Es sobre el Concejo de Bogotá que recae toda la vergüenza, pero, como las instituciones no pueden sentir vergüenza, los concejales que no salvaron su voto por estar tomando tinto, en un Estado que se dice respetuoso de los derechos humanos, deberían perder su curul o renunciar. Las consecuencias deberían ser las mismas si la lista pedida, por claras razones de odio, fuera de negros, judíos, jipis, o comunistas.

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