Día 39

Tengo una oficina. Se siente raro tener oficina: con teléfono, y computador, y escritorio, y gavetas, y sin miedo de que me roben mis cosas. En Colombia no tengo oficina y eso es una mala cosa. La mitad de ésta estaría bien para mí. Ok, yo pongo el computador. El computador de mí oficina es un Mac de esos grandes y bonitos. Es la primera vez que uso uno. Debo reconocer que estos aparatos son deslumbrantes, fáciles de usar, bellos, etc. Lo primero que pensé es que quiero uno. Pero, pensando con cabeza fría, no lo voy a comprar. Voy a seguir con mi Linux en casa. No es ni tan bonito, ni tan fácil de usar pero me siento mejor con algo que no tiene nada que esconderme. Comprar un Mac es como cuadrarse con un pollo bonito, que nunca se sabe que tiene en la cabeza, pero es claro que quiere marranear. Ya me di cuenta que, si me cuadro con un Mac, siempre estará tratando de seducirme con sus encantos para que compre más cacharros. Nunca serán suficientes, como cualquier pollo gasolinero. Me quedo con Linux que no es tan bonito pero no me esconde nada y no trata de seducirme para sacarme más plata. Detrás de la feúra superficial de Linux hay un mundo fascinante. Igual pasa con las matemáticas. Prefiero ese esquema de relación así le ponga los cachos a Linux en mi Oficina con este hermoso Mac al que no le tengo que gastar ni una Coca Cola para que se deje manosear.

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