Día 46

Cuento de Niños
Una ardilla iba de afán corriendo por un potrero. Se enredó con un alambre de púas y se abrió el vientre de cabo a rabo. Todas sus entrañas empezaron a salir pero continuaban vivas: el corazón seguía latiendo, los pulmones respirando y el intestino seguía haciendo mierda. Por el dolor, la ardilla no se daba cuenta que seguía viva con sus entrañas por fuera. Una vez se acostumbró, empezó a caminar más lento cargándolas y tratando de que no se le escurrieran por entre los bracitos. Había perdido el afán. Encontró un árbol con algo de sombra y empezó a acomodarse cada uno de sus órganos como pudo. Como quien mantiene cerrado con manos y brazos un abrigo contra el frío, así mantuvo la ardilla las entrañas en su sitio. Se comió una bellota podrida y sintió con sus manitas como bajaba hasta el estómago. Lo tuvo que volver a acomodar. No quería seguir sintiendo ese tipo de cosas, así que se grapó la piel con una cosedora. Trataba de andar con más cuidado de ahora en adelante. Pasó el tiempo y pudo recuperar el ritmo ardillil que le hacía olvidar el asunto de los ganchos. Se acordaba de ellos cuando alguno cedía y se asomaba el interior. Solía acomodar los ganchos con las uñas y los dientes. Las uñas y los dientes de las ardillas son muy fuertes. Ésta se defendía así. 

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