IV

La plaza central de La Calera en domingo es un microcosmos de la idiosincrasia criolla. Más o menos el cincuenta por ciento de la plaza está llena de carpas con ventas de postres estrambóticos. Una sola porción de merengón caleruno es suficiente para matar de un coma diabético a cualquier cristiano con niveles de azucar por encima de los 200mml/l. El sincretismo cultural se respira en el ambiente. La casa de los ilustres hijos de La Calera de estilo colonial alberga una suerte de pesebre de Blanca Nieves y los Siete Enanitos. Tampoco falta la familia caleruna de pura cepa tomando el sol en medio de semejante relajo, con uno que otro gringo desesperado buscando auténtico café de Colombia en los locales vecinos. Es bien sabido que merengón matapancreas sin tinto, no baja.
Los que dudan todavía del microcosmos que alberga la plaza los domingos en la tarde, es porque no han visto los carritos eléctricos para entretener a los menores. Los culicagados ponen jeta de gente importante montados en sus karts y se los echan encima (con la celebración de las risas de sus padres) a transeuntes, semovientes y bicicletas.
Me estaba comiendo un mielmesabe con tinto en plena plaza cuando vi pasar una mini Hummer rosada con una mini versión de Paris Hilton a bordo. En ese momento dije: ¡soy colombiano jueputa vida!

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