Mi Fiebre es Bici

Fiebrecitas. Así me dice Carlos cuando me dan arranques de un nuevo pasatiempo que tarde o temprano dejo tirado. Saxofón, fiebrecitas; japonés, fiebrecitas; el blog, fiebrecitas; las matemáticas… bueno, esa fiebrecita me ha durado un poco más.

Mi nueva fiebre es la bicicleta. Realmente no es tan nueva. Cuando vivíamos en Bosques de San Carlos (tenía unos siete años) mis papás me regalaron una bicicleta naranja de bicicross. Bueno, un intento criollo de bicicleta de bicicross. Me volví un gamín completo. Me tiraba por las escaleras del barrio, subía lomas y vivía con chichones en la cabeza y raspaduras en las piernas. Fui muy feliz. Se la robaron.

Mientras ‘disfrutaba’ de mi adolescencia, Ricardo me trajo una bicicleta panadera azul desde Moscú. Era como el Tupolev de las bicicletas: un armatroste grande y pesado de varillas y aparatos. Completamente indestructible. Era una belleza de bicicleta, lo tenía todo: espejitos, timbre, guardabarros, dinamo, canasta. Hasta velocímetro tenía. Dos cambios: pierna y cola. Con un par de pedalazos se avanzaba media cuadra. Una vez levanté 60Km/h, o eso dijo el velocímetro. Cantaba a grito herido “Bicycle Race” cuando me iba a la Nacional por la 26. Fui muy feliz. La regalé.

El año pasado compré una bici. Esta vez quería una de carreras. Bueno, un intento hipster de bicicleta de carreras. La mandé a hacer en “Bicis Gluten Free” y me quedó preciosa. Es azul con ruedas naranjas. Duré un mes yendo y viniendo de la casa al trabajo en bici. Luego busqué cualquier cantidad de excusas y la dejé guardada. La excusa principal es que me daba (y me sigue dando mucho miedo) ir por la Séptima mientras buses, carros y taxis buscan la manera de asesinarlo a uno.

Esta semana se me despertó nuevamente la fiebrecita de la bici. Ahora me voy tranquilo por la trece que tiene ciclorruta, paro en el Museo Nacional, me bajo de la bicicleta y voy subiendo hasta la Macarena A. Es una subida muy brava. Llego lavado en sudor y con las piernas y la cola ardiendo. Quisiera tomar de la sopa que toma la gente que sube por la Calera los domingos. Ya no tengo el estado físico que tenía cuando tenía siete años, eso es claro. Lo mejor es devolverse. Bajar desde la Circunvalar hasta la Séptima por la Macarena. Es como tirarse al vacío. Ya se me había olvidado lo felíz que me hacía montar en bici. Ojalá me dure la fiebrecita.

Un comentario sobre “Mi Fiebre es Bici

  1. Con la bici la fiebre de pronto a veces se va, pero me parece que siempre vuelve. Andar en bicicleta da una sensación de libertad que no cambio por ningún uber (que no conozco aún), taxi, carro de ciudad. Bajar de La Macarena a La Séptima es peligroso pero la adrenalina vale la pena. Yo también me he vuelto más tranquilo con la bici, y de Chapinero a la UN voy por calles pequeñas, tarareando a veces, haciendo cuentas (de esas raras que uno lleva en la cabeza, combinatoria de pronto) y… bien. Llego a clase o a reuniones un poco menos estresado, espero.

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