Inicio de Clases

Seis de la mañana: suena el primer despertador. Anoche vimos Fantasía 2000 y se acabó tarde. Me gustó la V Sinfonía y Rapsody in Blue. Lo demás me pareció medio pendejo, medo forzado y ya estaba que me caía del sueño. Seis y treinta de la mañana: suena el segundo despertador. ¡Jueputa no me puedo parar! Diez minutos más. Caliento el agua para el tinto. Ahora me toca hacer el tinto a mí, antes lo hacía Carlos porque tenía clase de seis. Me baño, me arreglo, desayuno. “No vas a alcanzar a irte en bicicleta”—dice una vocecita que aún retoza en la cama. “¡Si alcanzo! —grito desde la cocina— esto no es una fiebrecita más”. Tardo más o menos media hora de la casa a la universidad en bicicleta. Mi primera clase empieza a las ocho. Termino de desayunar. “No vas a alcanzar”—dice la vocecilla mientras sigue retozando. Siete y cuarto: lo voy a lograr. Sólo me falta empacar el almuerzo, el videobeam, el cuchuflí, las planillas de los cursos, los termos, imprimir los programas. El porta está sucio. Ya no llevo almuerzo. Al videobeam le falta el cuchuflí de tres patas a dos patas. Donde estará. Necesito el videobeam porque el salón de mi clase de dos es un galpón y tengo que explicar cómo usar el Sage y el IPython. Tengo qué. Encontré el cuchuflí: estaba entre una taza de lápices. Muy natural el sitio. Siete y cuarenta: ya no me fui en bicicleta. En SITP ni modo. “No digas nada” —digo al aire desesperado. No me gusta llegar tarde. Trato que no, es una falta de respeto. Ya qué carajos, lavemos el porta y empaquemos el almuerzo: riñones en salsa criolla con arroz que hizo mi mamá el domingo especialmente para mí, por que sí. Domingo en el que sí me fui en bicicleta. No he hecho el tinto de llevar ni la soda con hielos y limón en el termo. Uno se vuelve chocho y cositero con el tiempo y no puede salir a la calle sin su termo con Bretaña, hielos y limón. Faltan diez para las ocho. “Pídeme un taxi porfa mientras sigo aquí enredado con el porta, las planillas, el videobeam, los termos”. Cosas muy importantes y fundamentales todas para salir a la calle. ¡No hay taxis maldita sea! “Intenta con propina de mil”.  Nada. “Intenta con propina de dos mil” Nada. “¿Si llego tarde cómo le voy a joder la vida a los estudiantes que me llegan tarde? ¿Con qué autoridad moral?”. Ocho y cinco: Marica, tocó Uber.  “¿Acepta una tarifa de 2.0 veces la tarifa usual?” —dice la aplicación. “¿Tengo opción, perros?” —contesto yo. Es eso o no ir a la primera clase y mi intensidad obsesiva con las clases me atormentaría todo el semestre por haber faltado a la primera.

Ocho y diez: Llego a la universidad. Se me quedaron los marcadores. ¡Los marcadores! Bajo con mi maletota a toda y los compro en La Buenos Aires. Subo con mi maletota a toda. No entiendo por qué con tanta escalera no bajo de peso más rápido. Mis dos primeras clases salieron bien. Según lo planeado.

Doce del día: ladro del hambre. Los riñones estaban deliciosos. Más ricos que el domingo.

Dos de la tarde: desalojaron la universidad por los incendios de los cerros. No me moví en bicicleta pero saqué a pasear el cuchuflí.

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