La primera vez que pensé en ser maestro estaba en quinto de primaria. Era un colegio de barrio de unas monjas ecuatorianas en la ventipico sur. Seguro fue el colegio de mi primaria en el que mejor me sentí. Curiosamente no jodían casi con la disciplina de lo inútil y la religiosidad. Recuerdo a mi profe de quinto con especial cariño. No es que fuera nada del otro mundo. No era el John Keating del sur de Bogotá. Simplemente el hombre se tomaba en serio su trabajo y se interesaba sinceramente por sus estudiantes. Sin malos tratos, sin resentimientos, sin amarguras. Parecía orgulloso de su oficio. El daba todas las materias de quinto, hasta educación física. Era muy masculino, muy serio, muy señor. Al mismo tiempo su mirada tenía un fulgor cargado de ternura. Seguro estaba tragado del profe.

Por primera vez, en quinto de primaria pensé en no ser médico y convertirme en profesor.

Ya en bachillerato volví a sentir ese resentimiento docente tan característico y se me olvidó que alguna vez quise ser profesor. Se me dio porque quería ser electricista, técnico de televisores, ingeniero. Cualquier cosa que tuviera que ver con electricidad. En décimo no había decidido qué estudiar aún. Nos tocó hacer varias jornadas de trabajo social en capacitación de adultos. A mí me tocó enseñar conversión de unidades a un par de señoras. Descubrí que enseñar se me daba y lo disfrutaba. Mis dos estudiantes aprendieron a pasar de centímetros a metros y cosas de esas. Pero por alguna razón, me tomaron mucho cariño. Tal vez mucho dado que nos vimos pocas veces y no me paré en el pupitre ni nada de eso.

Ahí me di cuenta que enseñar me hacía feliz pero no le di mayor trascendencia al asunto y vivir de enseñar no estaba entre mis planes.

Entré a la universidad. En casa me advirtieron que si estudiaba matemáticas iba a terminar de profesor. No le presté atención, cuando decidí estudiar matemáticas no estaba pensando con claridad. Empecé en el negocio de las clases particulares a cinco mil pesos la hora. Gané experiencia, luego un nombre y hacia el final de mi carrera cobraba lo que quería y ponía mis condiciones. Llegó el punto donde me pagaban en cheque o me consignaban en una cuenta. Pero yo quería una experiencia institucionalizada y entré a trabajar sin graduarme en un colegio de niñas.

Era profesor y no había tomado la decisión consciente de querer ser profesor.

Trabajar en un colegio fue una experiencia más bien amarga. Puede ser que ahí resida el resentimiento de los profesores. La institución y las demandas de los padres de familia sobre lo que esperan de la educación de sus hijos son un asco. Todo gira alrededor del intervalo admisible entre la altura de las medias y la altura de la falda, o cosas por el estilo. Recuerdo con mucho afecto a un par de alumnas. Menos mal me salí de ahí, pero eso es otra historia.

Me gradué y trabajé un semestre en la Nacional en ingeniería. Era profesor ocasional y casi que me tocaba pagar por trabajar. Eran cursos grandes pero los disfruté mucho y lo mejor fue que aprendí cálculo vectorial. Luego pasé un concurso de docente de planta en los Andes. A mis jurados les gustó mi forma de explicar y de dibujar en el tablero. Aprendí mucho los tres años que estuve allá. El sistema que tenían en los Andes, no sé ahora, trataba de garantizar que todos los que vieran cálculo en la universidad, vieran el mismo cálculo. Un cálculo universal, por así decirlo. Para eso hacían exámenes conjuntos y los programas de los cursos estaban cuidadosamente establecidos clase a clase. Creo que en la Nacional hacen algo parecido ahora también. Alguna vez recibí una carta del decano felicitándome por ser el profesor mejor evaluado de la facultad. Sin embargo, no me alegré como debería. No por desagradecido ni nada de eso, en los Andes siempre se portaron muy bien conmigo. No me alegró porque yo quería hacer cosas distintas en mis cursos, experimentar metodologías, temáticas, problemas. Pasé un concurso en la Distrital y me fui. Entré a trabajar a un proyecto de educación matemática.

Ahora no sólo era profesor, era profesor de futuros profesores.

Tuve toda la libertad que quería. Más de la que quería de hecho. No sabía qué hacer en los cursos. Eran muy marcianos para mí. Tenía que implementar una metodología de resolución de problemas. Era muy estresante. Sobre todo la evaluación. Al principio lo hacía muy mal pero me esforcé. Me tomó un par de años aprender a hacer un buen curso por resolución de problemas. Hacer parte de un proceso en donde los estudiantes construyen su propio conocimiento, ver cómo colaboran entre sí, cómo tienen producciones auténticas, todo eso es muy bonito. Eso es lo que debería hacerse en los colegios. Estoy convencido.

Me sentía realizado como profesor.

Luego el decano me pasó a la carrera de matemáticas por mi perfil. Hice dos cursos por resolución de problemas en la carrera de matemáticas antes de irme a mi comisión de estudios. Cuando volví, algo no me convencía de la resolución de problemas en la formación de matemáticos. Se requiere el dominio de un lenguaje y de unas técnicas que si bien no son necesarias para un ciudadano corriente, si son esenciales para un matemático. Retomé la clase tradicional y me di cuenta que eso definitivamente no servía. Son como dos extremos: en la resolución de problemas se avanza lento, el estudiante va a fondo; pero las técnicas, los contenidos y el uso del lenguaje son pobres. En la clase tradicional las técnicas, los contenidos y el uso del lenguaje lo es todo. El problema es que el que domina todo eso es el profesor. Es muy poco lo que pueden hacer los estudiantes. Chichiguas conceptuales ahí.

Estaba inconforme con mis cursos y con mi trabajo.

Me topé por accidente con el Método Moore, que no es otra cosa que el método mayéutico en un contexto de formación de matemáticos profesionales.  Le hice varias adaptaciones y me quedó un método un poco sanguinario. Mi toque personal. El Método Moore tiene muchas desventajas. La principal es que no es una metodología de enseñanza-aprendizaje estructurada teóricamente como sí lo es la resolución de problemas en sus varios enfoques. Eso hace que todo sea más difícil. La literatura al respecto es vaga, llena de pareceres y muy contradictoria. Creo que algo así hay que hacer en las carreras de matemáticas y no esa copiadera de los libros de texto en el tablero. El caso es que ahora con el método Moore estoy cambiando constantemente cosas en la clase. Nada me satisface. La evaluación la puedo mejorar, las intervenciones las puedo mejorar, todo es susceptible de mejoras y cambios.

Me entretiene, ser profesor es muy divertido. Me demanda estar pensando qué hacer y cómo hacer. Es una actividad llena de retos, los buenos estudiantes son un reto, los malos también. Ser profesor involucra muchas dimensiones: lo personal, lo académico, el objeto de estudio, lo social. Sacar un curso adelante parece a ratos un milagro.

Menos mal terminé de profesor.

 

4 comentarios sobre “

  1. Lo de Takahashi era un Moore mejorado (y él se permitía dar comentarios: Moore original es demasiado “puritano anglosajón” para mi gusto, y en sus variantes más extremas el profesor jamás comenta nada / qué mamera y qué fuera de la realidad). Takahashi comentaba y de hecho muchas veces daba clase “tradicional” para subvertir a Moore, o mejor aún, para subvertir sus propios métodos. Le metía algo de ironía a la cosa.

    A mí me gusta una combinación de “métodos”. Algo de Moore un rato (pero sin fundamentalismos) a veces. Una que otra clase “tradicional” bien dada (como lo saben hacer personas tipo Serre) es algo fenomenalmente bueno, a veces. Trabajar con los estudiantes directamente tratando de entender una prueba difícil, fallando en el camino (pero genuinamente, no por mero teatro) a veces puede enseñar más que presentaciones “perfectas”.

    Depende del tema, de la etapa en que están los estudiantes. Del momento del semestre. De qué está leyendo uno en ese momento. Del tipo de ideas matemáticas.

    Supongo que quienes improvisan en jazz saben eso mejor. A veces tiene que ser con mucho ritmo, a veces muy suave, a veces muy fuera del ritmo original, a veces siguiéndolo completamente.

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  2. Con los Primiparos hago un Takahashi lento, más magistral que otra cosa y alguito (poquito) de Moore, mucha discusión en el tablero y en grupitos. Me ha ido super bien este semestre. Como combinando todas las formas de lucha. De acuerdo con que Moore es muy puritano y anglosajón. Me encanta la analogía con el jazz del profe Andrés

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