21

Esos son miedos tontos propios de una mentalidad senil, pensé. ¿Qué me puede pasar si monto en bicicleta hasta la casa bajo este aguacero torrencial? Eso fue el lunes de la semana pasada. La lluvia no me dejaba ni ver para donde iba y el granizo siempre pega duro. Cruzar los arroyos, que alguna vez fueron calles, era como lanzarse al vacío. Incertidumbre total. Toda la ciclorruta era mía y solo mía. Los carros me lavaban cuando me adelantaban y la gente me miraba con cara de “pobre man, está loco”. Era muy cómico ver a la gente con el agua hasta las rodillas tratando de no mojarse los zapatos. Era un caminar contradictorio. Llegué a casa, me bañé con agua caliente y me tomé una aguaepanela con jengibre por si las moscas. Qué precavido soy. Los dedos se demoraron bastante en desentiesarse. El agua lluvia de Bogotá es helada sobre todo si está acompañada de granizo. Creí ser muy feliz, me reconcilié con el niño interior que juega bajo la lluvia.

Desde entonces tengo una gripa toda pendeja que ni da de verdad ni se quita. Viene con tos, dolor de garganta, dolor corporal, lentitud de pensamiento y, lo peor, más torpeza.

¿Valió la pena?

Un comentario sobre “21

  1. Al leerlo, recordé experiencias similares. Las recuerdo con una mezcla de felicidad y… frío. ¿No hay algo de libertad tal vez también, en poder ir en bicicleta así llueva torrencialmente? (Claro, la libertad a veces termina uno pagándola con resfriados…)

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