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“Saldo insuficiente”. Intenta de nuevo. “Saldo insuficiente”. El pobre man agacha la cabeza  por la pena y trata de devolverse nerviosamente. El señor del bus ya arrancó y cerró las puertas. “Alguien que le venda un pasaje al muchacho”, dice el conductor. La gente mira al techo y pone cara de eso no es conmigo, pone cara de desconfianza, de indiferencia, de meimportaunculo. Sentí empatía con el man, ahí, todo despistado, torpe, nervioso. Pues yo tengo la de pasajes, pensé. Le pasé mi tarjeta. “Transferencia realizada”. Me la devolvió y me pasó nerviosamente un billete de dos mil pesos. Me sentí incómodo, fuera de lugar, poco acostumbrado a revender pasajes de Transmilenio. “No, tranquilo”, le dije. El billete de dos mil le temblaba en la mano e insistió. Puso una cara de: “por favor no me haga esto, reciba la plata”. Estaba enranchado en que no se los iba a recibir, no sé por qué. Finalmente él se dio por vencido y me dio las gracias con voz temblorosa. Se buscó un tubo distante del cual agarrarse.

Empecé a pensar.

¿Qué tal que la desconfianza de la gente sea justificada? Todavía me acuerdo del “apuñalado” del Parque de los Periodistas que sangraba tinta roja de esfero. También me acuerdo del “obrero” al que dejó el camión y que cada tanto se lo encuentra uno por ahí a altas horas de la noche saliendo de una obra que están haciendo en un universo paralelo. Los ejemplos abundan. ¿Qué tal que el chino éste tenga un modus operandi en donde tima a la gente haciendo cara de “la vida me atropella”? No debo ser el único que no le recibe la plata. También puede ser que el billete sea falso y tenga una colección de billetes falsos en la casa para montarse al bus siempre de la misma manera. Con la gente nunca se sabe.

Me bajé del bus y empecé a caminar hacia la universidad.

La gente me miraba raro por no recibirle la plata. ¿Será que debí haber recibido la plata? Pues no es que el chino tuviera cara de necesidad. Yo me habría sentido mal (más mal quiero decir) si no me reciben la plata. Podré ser torpe, pero mi plata vale.  ¿Pero cómo hago? Ya me bajé del bus. Ni modo de subirme otra vez y decirle, “¡Ey!, ¡oiga!, sabe que sí, págeme, pero espere reviso el billete”. Ahí si que la gente me miraría raro.

Terminé mis asuntos en la universidad y me devolví a coger el bus.

¡Jueputa! ¡Claro! ¡Ya entendí! El man cambió las tarjetas en medio de su supuesta torpeza. Me dio a mí la tarjeta que no tenía saldo y se quedó con la mía. Ya veremos cuando trate de entrar al bus y no pueda. Preciso hoy no tengo plata en la billetera. Me tocará hacer el mismo show a ver si alguna víctima me paga el pasaje.

Mi tarjeta estaba intacta, nadie las cambió. Esta ciudad nos hace desconfiados e indiferentes. A veces sin ninguna necesidad. Aunque la idea de la caleta de billetes falsos de dos mil me quedó sonando.

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