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Es difícil hablar tranquilamente, sin chistes pendejos y sin angustia en la mirada de la enfermedad mental. No entiendo cuál es la bobada. La gente me pregunta por Carlos, públicamente se debate si los homosexuales somos humanos o no, de si estamos en la capacidad de cuidar un gato recogido de la calle, hasta me preguntan si hago de “hombre” o de “mujer”. La homosexualidad es un tema polémico, que despierta defensores y detractores furibundos, pero no es un tema vedado. Dicen que hace cincuenta años lo fue. La enfermedad mental en cambio tiene un veto rarísimo. No sé si es por miedo, pena, ignorancia o qué; pero la gente no puede disimular la cara de incomodidad cuando el tema sale a flote.

Y la primera persona en evitar el tema suele ser el propio enfermo. Digamos paciente, porque las enfermedades mentales son (creo) crónicas y no todo el tiempo se está enfermo. Miedo al estigma es lo que se alega generalmente.

Hace poco leí que un gen estaba asociado a un grupo de enfermedades mentales. La noticia no me sorprendió en lo absoluto. En mi familia materna casi que por cada núcleo familiar se puede sacar uno (o más) representantes con alguna enfermedad y al final quedarían muchas enfermedades representadas. Es lo que yo llamo, nuestra colita de marrano. Disculpen si los saco del closet, actúen normal para que nadie sospeche. Aún así, en mi familia no se habla del tema. No tranquilamente, no sin chistes idiotas, no sin angustia. Llamadas misteriosas de a dos en dos: Que el hijo de fulanito tiene tal vaina y tal otra, que no se está medicando, que va por la tercera hospitalización, pero que no quiere que nadie sepa.

Estigma: ¡Buh!

A pesar de padecer un trastorno bipolar fuera del closet, mis compañeros no me tocan el tema ni por las curvas. Pero en mi última hospitalización el chisme había alcanzado proporciones bíblicas y la cadena de chismosos tenía muchísimos eslabones. De a dos en dos, hablando pasito, de chismesito en chismesito lo único que les faltó fue matarme de locura. También me han involucrado en comentarios ofensivos o chistes idiotas de otras personas que tienen alguna enfermedad con síntomas problemáticos. Como cuando hacen chistes homofóbicos delante de uno, así.

Por Internet como que tampoco. Las entradas donde trato de poner el tema son de las menos leídas. Una vez en Twitter hice algún comentario sobre la depresión en Tokio y me gané una vaciada de algún justiciero que decía que yo confundía la tristeza con la depresión y que era un irresponsable en plena semana de la salud mental.

Muy pocas veces, con muy poca gente he podido tener conversaciones tranquilas y respetuosas sobre el tema. Este tema no interesa. La salud mental es un tema que tristemente está confinado al chisme, al silencio y al chiste. Es un tema de mirar para otro lado. Incomoda. Pero al menos en mi familia, con semejante representación, deberíamos esforzarnos un poquito más.

15 comentarios sobre “52

  1. A ver si hoy sí logro comentar (a menudo cuando te leo escribo comentarios y al final no los dejo, me da como penita). Creo que esa estigmatización de la que hablas tiene que ver, en parte, con todo ese aparato de la fortaleza en el que nos educan: hay que ser fuerte, hay que poder siempre. La enfermedad mental se interpreta, muchas veces, como debilidad, como falta de carácter: que todo nos pase, menos que la fuerza nos abandone. Sospecho que en esa misma demanda se gestan muchos conflictos emocionales, o se agudizan. Hace un tiempo se me ocurrió que también deberían enseñarnos a ser débiles, a mostrarnos necesitados, a exhibirnos como lo que somos: carencia pura. Creo que esa fue una de las grandes enseñanzas que me dejó una pesadísima crisis de ansiedad.

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  2. Yo soy de las que evito el tema. Porque siento que lo desconozco y que muy fácil puedo decir algo inapropiado, o porque no sé qué tan dispuesta está la gente a hablar sobre eso cuando el tema surge. Supongo que todo eso puede decir uno: “si quieres hablar del tema aquí estoy y perdón si digo algo inapropiado”. Y supongo que hace mucha falta educación sobre el asunto.

    Cuando mi hermana compara la dermatología con otras especialidades a veces dice algo como “enfermedades dermatológicas son como 6.000, enfermedades mentales son 12”. Si son tan poquitas, por lo menos las descritas, deberíamos hacer el esfuerzo de conocer un poquito más sobre ellas.

    Y bueno, que sean poquitas solo es ventajoso para los psiquiatras, yo sí creo que son las enfermedades más jodidas de todas. Ojalá fuera cuestión de cremitas.

    Abrazo, Arturo. Ojalá no haya dicho nada inapropiado.

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  3. Yo creo que es pura falta de conocimiento y aceptación. Si se urga un poquito al alrededor es muy fácil identificar qué tan cercana es la enfemedad mental a la realidad de todos.

    También con respecto a las enfermedades mentales tenemos una ardua tarea de educación por delante.

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  4. Esa vuelta, la de tapar porque qué dirán, arranca temprano. A nadie lo educan para que se haga revisar periódicamente las emociones. Todo el mundo va al dentista cada año, nadie va a terapia para ver qué herramientas le pueden servir. La Montserrat está ahí y todos saben qué es pero la miran de reojo como si mirarla de frente los fuese a volver locos o alguna cosa así.

    Cada vez creo menos en los que se proclaman normales. Cada vez encuentra uno más personas que comparten su historia y eso siempre será bueno.

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  5. No sabía que era tan complicado. Como describes las reacciones pareciera que aparte de cierto temor, podría haber un factor de recelo porque a alguien se le trate como enfermo-paciente mientras que al otro “normal” se le considere su tristeza simplemente como eso, tristeza. Una dificultad de sentir empatía hasta el grado de enfermedad.
    Abrazo.

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  6. Tengo esa misma sensación y, creo, casi todo se reduce al miedo. Miedo de que nos pase o nos roce, miedo a enfrentarlo, miedo a tratar de entender. Mi mamá era maniacodepresiva y eso marcó mi entorno familiar de manera radical. Sin embargo, apenas hace un año conocí la historia de mi mamá de forma profunda. En el ambiente familiar había miedo a “las herencias”, miedo a asumir que todos nos equivocamos en la forma de relacionarnos con mi mamá, miedo a aceptar que no queríamos escuchar ni explicar. Y siento que parte de ese miedo viene atado, tristemente, a la forma como los mismos profesionales en el tema asumen la enfermedad: como una cosa que, de tan compleja, no merece ser abordada ni entendida en su complejidad. Supongo que ellos también tienen miedo.

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  7. Hijo amado, esto SÍ hay que hablarlo, sin estigmatización, chismes y formas soterradas de mirar ‘raro”. Ay que sí creo que con algo de humor, porque reírse un poco de uno mismo, hace más llevadera la dificultad y más amable el ambiente. Como en la familia Adams 👏👏 🎼 “Una familia muy normal”🎶🎶👏👏 ¿Y finalmente quién puede decir que la suya SÍ es totalmente normal? Amanecerá y veremos.

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  8. De cierta forma no se ni que decir, quizá ni logre entender lo que quisiste decir… Pero si hay algo por lo que se debe procurar es por ir más allá en el comportamiento humano, nosotros cometimos muchos errores con mi hermano y finalmente quedo el en su mundo y en un mundo que tratamos sea más ameno, le quitamos la posibilidad de desarrollarse socialmente por ignorancia y por confundir pubertad con enfermedad mental, triste pero nos paso.

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  9. Hablar de la enfermedad mental, en muchos casos nos revelaría ¿y qué hay detrás de lo que ocultamos? Histéricos jefes que disimulan la ira con tazas de café, ninfómanas que no logran explicar su enojo, depresivos que cuentan los segundos para marcharse de este mundo, psicóticos que de madrugada se ocultan bajo la cama y una vez nos reunimos en un entorno público, nos estrechamos la mano y sonreimos, como si nada hubiera pasado. Hablar de salud mental, a menudo, implica sacarnos del clóset como seres singulares.

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  10. Que interesante tema. Leyéndolo empecé a imaginarme en una conversación de esas. Creo que parte de la forma en afrontó esas situaciones tiene que ver con el miedo a que no haya un estado “cofinal” feliz. El post nudo del cuento, el momento donde ya no hay pedos.
    Una enfermedad mental pone en riesgo ese momento, siempre vendrá una crisis, una recaída… una situación no feliz. En general creo que mi sensación corresponde a los conceptos que nos enseñamos desde chiquitos de la comodidad (entendida desde una forma muy general). Tal vez si afrontamos la vida no como una lucha para llegar hasta ese momento cofinal feliz, sino como la oportunidad de existir sea como sea, y apreciar esa situación tan fugaz que es vivir, vamos a poder llevar con mayor naturalidad todo lo que nos viene en el camino. Como dice alguien en un comentario, somos seres llenos de carencias, muy frágiles, eso no lo cambie nadie.

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  11. He leído con mucha admiración sus entradas al respecto. También me aterra el veto que existe. Me entristece y me hace daño, además. Yo no he salido del clóset y es por miedo, supongo. Las veces que lo he hecho, he encontrado poca receptividad (con contadas excepciones). La gente asume que es pendejada de uno, ganas de llamar la atención o que los psiquiatras quieren hacer negocio convenciéndome de algo que no es verdad. Ya quisiera yo.
    Creo que la enfermedad mental suele relacionarse, además, con cierta corrupción moral. Una vez alguien muy cercano me dijo que las enfermedades mentales solo reflejaban lo peor de la persona, que simplemente lo dejaba salir libremente (o algo así). Así es muy difícil confiar.
    Es un tema muy grave. Me deja pensando mucho. Y viva la psiquiatria.
    Gracias por la entrada.

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    1. Si lo pienso más detenidamente, veo que lo que más me impide salir del clóset por completo es el miedo a mi propia vulnerabilidad. Es decir, sé lo fuerte que puedo llegar a ser, pero también sé lo profundamente vulnerable que soy. Ya he sido poco cuidadosa conmigo misma. Eso ha agudizado las crisis. Entonces a veces siento que hablar abiertamente de esto con conocidos, compañeros, amigos cercanos o no tan cercanos, incluso gente de mi familia, me pone en riesgo. Ese es el problema, yo creo. Pero puede que lo esté enfocando mal, porque también he visto que entre más asumo quién soy, qué me pasa, cómo soy, más herramientas tengo para lidiar las crisis.
      Más allá de para qué me sirve a mí, es evidente que hablar de esto es indispensable para evitar que mucha gente pase sola por sufrimientos que, en muchos casos, son evitables o manejables con más facilidad si el tema deja de estar vetado. Me deja pensando mucho.

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