Sensei, nakama, gakusei

Me cuesta un montón hacer amigos. Mantenerlos tampoco se me hace tan fácil. Soy amigo del tipo ingrato-perdido. Mis amigos pues tampoco es que sean una melcocha. El caso. Creo que casi todos mis amigos fueron alguna vez compañeros de algo. No sé, no estoy seguro porque no he hecho el excel. Hay excepciones. Por ejemplo, unos pocos amigos fueron heredados. Sebastián insistió tanto en que sus amigos eran lo máximo que los terminé queriendo. Bueno, a algunos. Sebastián tenía muchos amigos. En eso se parecía a mi mamá. Un parpadeo y ¡suaz!: un nuevo amigo.

Pero me estoy desviando. El caso es que  si a una relación de compañeros se le suma el factor amistad, se puede obtener una vaina muy potente y profunda.

Tengo un par agregados en Facebook, pero no me hablo con ninguno de mis compañeros del colegio. No vamos a explicar por qué, porque no sabemos por qué. No me hablo con ellos, pero del colegio todavía me hablo con mi profesora de español. Gracias a ella le cogí un cariño especial a la lectura y a la escritura. Luego entablamos una relación de amistad que lleva más de veinte años. Nos entendemos divino, como almas gemelas.

Conjeturo que gracias al respeto mutuo, cuando la relación profesor-estudiante pasa a la la amistad se  puede entablar una relación muy poderosa. A veces me cuestiona que me vuelva amigo de mis estudiantes con tanta facilidad. Me digo Arturo, tienes que ser más distante, debes parecer más profesor. Tonterías. Mis relaciones de amistad con mis estudiantes me motivan a empezar el día, me hace a escuchar, me hace cuidar mis palabras. Es necesario una reflexión permanente y por eso me vuelvo mejor persona. Muy falto de amor el bobo que dijo que los profesores no deben ser amigos de sus estudiantes.

Mis dos directores de tesis han sido como dos robles en los que me he apoyado en los momentos más difíciles de duelo y enfermedad mental. Es una relación que va mucho más allá de las matemáticas y que se ha extendido con los años. Por si fuera poco, no dejo de aprender matemáticas de ellos. Uno de los dos se va de viaje a visitar a su profesor que está viejo y lleno de achaques. Eso me conmovió y pensaba que si uno de ellos se pone muy achacoso yo también iría a visitarlo donde esté. Cada momento que trabajamos juntos me siento pleno, fluido, contento. Lo que llaman los psicólogos fluir de grupo.

El caso es que la relación profesor-estudiante puede ser más profunda, respetuosa, afectuosa y duradera que otros tipos de relaciones en donde uno da por sentado esas cualidades.

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