Regresión

Hace rato narré aquí mi trauma con un profesor de matemáticas en segundo de bachillerato. Me aterrorizaba y me bloqueaba en los exámenes. Casi pierdo el año y hoy todavía sigo pensando que el man era un hijueputa que no sabía enseñar. Nadie se quejaba de él. En el remedial me dijo en medio del examen final que me iban a echar y que iba a quedar condenado a estudiar el resto de mi bachillerato en un colegio de barrio, pero que fresco que seguro tenían banda de guerra y que nunca era tarde para aprender a tocar el xilófono. Hoy me gustaría decirle: venga y hablamos de matemáticas, gonorrea.

Algo que no he contado aquí es cómo era Lilia, mi profesora de español, con la que seguimos siendo amigos después de muchos años. Lilia tenía muchos problemas con estudiantes y padres de familia por su método pedagógico. Recibía quejas constantemente. Tenía fama de ser cruel y despiadada. A mí me parecía una excelente maestra. Eso sí, era exigente y no permitía ni la pereza ni la vagancia. Los estudiantes pasábamos al tablero y teníamos que participar, pero siempre preguntaba, contra-preguntaba y hacía que los estudiantes formularan buenas preguntas. Era imposible ser light, vago o mediocre y no salir lastimado. Gracias al español que aprendí con ella es que pude aprender algo matemáticas después. Buena parte de su método pedagógico lo uso hoy.

Hace menos tiempo conté aquí como mi personalidad parece ser algo particular: el monito hijueputa. A mí me gusta mi forma de ser. Reconozco que aveces se me va la mano. No sé si me aguantaría a un profesor como yo. Ya entrados en confianza los estudiantes me cuentan que los que no han visto cursos conmigo, me tienen terror. La razón principal: porque les toca estudiar mucho y si no, pueden salir lastimados. Lastimado puede ser, por ejemplo, sentir vergüenza por quedar en evidencia ante el salón por no haber estudiado en forma. La censura social es una vaina bien poderosa. Evito comentarios personales o humillantes. Se me han salido pocas veces, pero no es mi estilo. Tampoco les pego. Bueno, aveces, pero simbólicamente, con una hoja de papel en la cabeza. Cosas así.

El caso. Mi método pedagógico parece ser aceptado por la mayoría de los estudiantes. Así lo revelan las evaluaciones docentes y mis conversaciones con ellos. La mayoría, no todos.

Hoy me pasó. Es la tercera vez que me pasa. Un estudiante me dijo que se bloquea en los exámenes por los nervios que le produce mi clase. Cuando me han dicho eso, les pregunto si hay algo concreto en mí que pueda cambiar o revisar. No identifican nada. Me da un poco de mal genio porque el problema parece que soy yo. Asusto, es un hecho, y hay un grupo que no lo puede superar.

Me gusta reflexionar sobre mi práctica pedagógica y estas cosas me obligan a hacerlo con más cuidado. El caso es que no sé bien qué pasa con este grupo. Algunos dicen que el aula es un lugar de regresión y que uno enseña como aprendió. Si el miedo que infundo es como el que infundía Lilia, no me preocupa mucho el asunto. Si por el contrario es como el que infundía el profesor de segundo de bachillerato, sería muy triste la vaina.

Puedo aceptar que soy un monito hijueputa, pero definitivamente no creo que sea mala persona.

Explorando métodos pedagógicos

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