Sumisas y recatadas

No había terminado la carrera aún y estaba empecinado en que tenía que conseguir un trabajo estable. Me presenté a varios colegios. Ya había empezado el año escolar cuando el distrito repartió las plazas docentes de un concurso. Muchos profesores de colegios privados migraron a mejores tierras. Un colegio femenino en Teusaquillo necesitaba con urgencia un profesor de matemáticas. Me puse corbata, fui encantador. Me hicieron dos preguntas muy elementales de matemáticas y al otro día estaba firmando un contrato por encima del mínimo con una cantidad de horas y de estudiantes razonables.

El edificio del colegio era bello. Mi lugar preferido era el laboratorio de física que parecía no haber sido usado en años y que se notaba que hace tiempo había tenido una donación importante. Almorzaba en el colegio y la comida era espectacular. Aveces tenía que cuidar a las niñas en misa, pero nadie me obligaba a rezar. De vez en cuando me llamaban la atención por no traer corbata o por no ejercer mis funciones de vigilancia regañando a las niñas por violar ese delicado equilibrio entre la altura de las medias y la altura de la falda. Si no se le ven los cucos a una chica, difícilmente me doy cuenta que una falda está muy alta. Siempre fracasé en esa tarea. Pasó un año largo y me había ganado el respeto de profesores, estudiantes y directivas. De ahí me queda gente que recuerdo con mucho cariño.

Como cualquier trabajo, no todo es color de rosa. La obsesión casi enferma de la institución por querer controlar el cuerpo y las maneras de las estudiantes me empezaba a rayar un poco: la falda, las medias, los zapatos, el pelo, las hebillas, los aretes, los ademanes, el volumen de la voz, los juegos bruscos (jugar fútbol era una falta mayor). La lista es interminable. El azul era el único color válido. La mayor parte de los recursos estaban dirigidos a formar señoritas, damas, princesas, obedientes, sumisas, monjas, vírgenes, abnegadas, recatadas, rezanderas. En medio de eso algunas estudiantes lograban rendir muy bien académicamente. Las profesoras no se salvaban. Una vez, a la profesora de educación física le hicieron cambiarse la camisa por una camisa que tuviera botón hasta el cuello. Delante de todo el mundo le dieron la orden de recoger una camisa del uniforme del colegio para que se cambiara. La profesora lloró. Fue humillante. No tenía mucha perspectiva de género el colegio. Incluso me enteré que no todos ganábamos lo mismo. Yo por ejemplo no tenía título aún y ganaba más que las profesoras tituladas. Los hombres ganábamos más que las mujeres. Todo eso me afectaba, pero vamos a ser sinceros: no tanto. Eran cosas con las que podía vivir, en últimas estaba disfrutando del privilegio y la comodidad de ser un hombre apreciado en un mundo de mujeres machistas. Nunca me mandaron a cerrarme el último botón de la camisa y  me daban repetición de lo que quisiera al almuerzo.

Hasta que algo explotó.

Un odontólogo de la prestigiosa Universidad de la Sabana daba las charlas de sexualidad. Debe ser de la corriente de la sexología odontológica del Opus Dei, o algo por el estilo. A una compañera le tocaba cuidar las niñas cuando el señor daba sus charlas. Tenía todo un repertorio académico el hombre. En la de drogas hizo un cine-foro con esa película que termina con un bebé muerto relleno de coca. En la del aborto hizo otro cine-foro con esa otra película que termina con el asesinato de un bebé-feto de nueve meses con una aspiradora y el lente de una ecografía. Un día me tocó cuidarlas a mí en una de esas charlas. La charla se llamaba “Machismo”. Le explicó a adolescentes de quince años por qué la temperatura es el método anticonceptivo por excelencia.  Porque, obvio, el condón es pecado y la regla no es tan efectiva. Explicó por qué si una mujer se deja tocar de un hombre es una prostituta. Mostró una ilustración de los tipos de hímenes de las mujeres y cómo se clasificaban las mujeres de acuerdo al himen: de la más monja a la más puta. Si no se llegaba virgen al matrimonio, obvio, no era una mujer digna. Exponiendo su versión de feminismo dijo que las mujeres eran mejores que los hombres que porque el óvulo tiene millones de células más que el espermatozoide. La biología y la sexología odontológica tienen algunas contradicciones. Hágame el hijueputa favor.

Aquí si no me aguanté. Le dije que me parecía irresponsable que promoviera la temperatura y el sexo sin protección en adolescentes que probablemente ya habían empezado su vida sexual. Le dije que ninguna de sus afirmaciones tenía el más mínimo sustento científico. Le dije que le estaba llenando de cucarachas la cabeza a las estudiantes y le pedí a las niñas que no le hicieran caso a ese señor. Las estudiantes me aplaudieron estruendosamente en el único grito de insubordinación que presencié mientras trabajé ahí.

Yo sabía que eso no se quedaba así. Al día siguiente estaba preparando clase en mi escritorio y la rectora me entregó una carta temblorosa en la mano. Un memorando muy sucinto que decía que yo no podía opinar, que había sido contratado como profesor de matemáticas, que me tenía que limitar a mi materia, que me tenía que acoger a la fe católica y otras por el estilo.

Luego empezó la cacería de brujas. Me empezaron a hacer toda clase de acusaciones sin sentido. Empezó una persecución.  Memorandos, cartas, acusaciones falsas. Involucraron al párroco del barrio como refuerzo. Me mamé y renuncié. Les puse una tutela por el derecho al buen nombre, a la honra, a la libertad de expresión, a la libertad de conciencia y no se cuántas más. El abogado del colegio era como de la misma escuela del señor de las charlas. Las pruebas en mi contra sumaban más de 500 folios, el más chistoso de todos era un recorte de periódico en dónde decía por qué el piercing era malo para la salud. El fallo de primera instancia fue bellísimo. El juez le metió su vaciada al colegio. A la rectora le tocó pedirme disculpas. Lo hizo en una carta babosa. Creo que el catolicismo no dice nada de pedir disculpas como debe ser. ¿O sí? Apelaron, se ganaron otra vaciada en segunda instancia. En la Corte Constitucional fue seleccionada mi tutela para sentar jurisprudencia. La sentencia es bien bonita y cuenta  algunos detalles de la historia.

Pasé la página, me gradué, empecé mi maestría y gané un concurso en los Andes. Trabajé tres años en los Andes, conocí gente maravillosa, aprendí mucho y me aportó mucho a mi vida profesional.

Hablemos de los Andes.

Yo no he seguido el caso de Sanin tan de cerca. He leído notas de un lado y de otro, lo que ella publica en Facebook, cosas así. Mi resumen es el siguiente. Sanin era profesora de los Andes, feminista (lo que parece ser un defecto), insulta, se muestra pedante y pendenciera. Además, dicen los entendidos, la loca sabe harto de literatura. Esa combinación de personalidad y conocimiento es más o menos aceptable en un hombre. En una mujer es imperdonable y hay un tipo de machito que siente seriamente amenazada la longitud de su verga con la sola existencia de una mujer así. Aveces se organizan y todo, como pasó con el famoso  grupo Chompós y su cyberbullying machista y violento. Ante las quejas de Sanín, las directivas de la universidad mandaron una carta toda babosa hablando de convivencia. El bullying siguió, obvio. Sanin siguió expresándose en redes sociales y los Andes la echó por manchar el nombre de la universidad. Los Andes la cagó. No solo no hizo nada contra un grupo de acosadores medio delincuentes, sino que además revictimizó a la víctima. Que uno no puede hablar mal de la empresa, dicen, que dice groserías y es un mal ejemplo. Hasta donde tengo entendido los Andes no es un banco que vive de su imagen monolítica. Entiendo que Los Andes es una universidad. La libertad de expresión y la crítica (por más incómoda que resulte) deben tener cabida si quieren mantener ese estatus. El caso es que Sanin puso una tutela y la ganó. La reintegraron y en un acto de dignidad renunció.

Los Andes apeló y ahora el juez de segunda instancia falla en contra de Carolina Sanin: “como docente que representa autoridad y ejemplo para la comunidad estudiantil, más que nadie sabe, que le es prohibido pronunciarse públicamente en las redes sociales“.  Ojalá la Corte Constitucional revise el fallo, ojalá caiga en manos de un magistrado decente, ojalá se siente jurisprudencia. Esto ya no es sólo una “guerrita uniandina”.

Un hombre usando su poder para para prohibirle la libre expresión a una mujer. No me diga que en todo este caso no está atravesado el machismo de principio a fin. Para más piedra mañana es el día de la mujer.

Este caso me toca por varias razones: soy profesor universitario, digo lo que pienso en redes sociales (con o sin groserías, no me importa) y pasé por una situación similar. Pero lo que más me convoca de todo esto es que definitivamente desde el colegio hasta la universidad se usará todo el poder institucional para que la mujer no se salga, bajo ningún motivo, de los cánones de conducta que se le han impuesto. Ocurrirá así en el colegió de barrio, ocurrirá así en la mejor universidad privada del país.

Estamos muy lejos, amigas.

8 comentarios sobre “Sumisas y recatadas

  1. El párrafo con la “cuidada de las alumnas” durante la “conferencia sobre machismo” es de antología, Arturo. Es cinematográfico. No me imagino la cara del bobalicón del Opus Dei cuando usted empezó (justamente indignado) a pedirle que dejara de decir tantas estupideces. La cara de las alumnas debió ser algo increíble también.

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  2. Qué bien que das a conocer lo ocurrido solamente hace unos años 15 años en un colegio femenino. Pensé que esta situación, común en los años 60, ya habían cambiado. Con asombro veo que no. Por esa época, adicionalmente, la calidad de la educación en colegios femeninos era muy deficiente, aún más en los colegios privados y de carácter religioso. Las niñas que decidían hacer estudios universitarios se encontraban en una gran desventaja frente a la formación de los muchachos, desventaja que debían superar en tiempo récord si querían proseguir sus estudios.
    Gracias por compartir e incluir el enlace a la sentencia.

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  3. Estaba leyendo con mucho interés, saltando por sobre los errores que consideraba tipográficos, hasta que me tropecé y caí con esa “casería”

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  4. Profesor. No lo conocia. Y debo decirle que me encanta como escribe. Las matemáticas sirven pa, todo, no? bien profe. Clarito.

    Yo fuí profesora Universidad y tuve una situación similar, pero con una señora decana que luego fué la amiga del fiscal. Si, a la que le dieron un montón de plata para hacer estudios importantísimos. El caso es que la señora maltrataba, pero maltrataba más a las mujeres. Yo enfrenté y considero que gané. No tutelas, pero si la renuncia de la déspota. Despúes renuncié yo. Por dignidad, como Sanin. Jartísimo estar en una Universidad en dónde un debate o diferencia entre mujeres es vista como “pelea de gatas” como bien lo decian algunos colegas y directivas de la institución. (gente muy intelectual, le aclaro).
    En los ámbitos académicos los egos y la porqueria humana se multiplican. Por eso decidí volverme campesina y ahora solo hablo con mis perros, mi gata y con mis dos caballos. Y claro, con mi amado esposo, con quien comprendí que la igualdad es posible y que el amor es lo que nos une. Claro, mi esposo no es latino…es inglés. Será cultural la vaina? Hasta pronto.
    Lo felicito.

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  5. Uy chico de verdad mi respetos. La historia personal y laboral que pareciera decimonónica que comparte de veras impacta y lo pone a uno de frente con un tema que sigue en este siglo. Cuando dejaremos tanta bobada para enfocarnos en lo importante… Gracias

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  6. Hijo, tu tutela y la de Sanín, entre muchas otras, es una lucha ética obligada por la igualdad. Tu que eres gay y que tienes mamá, hermana, tías, primas, cuñadas, suegras y cientos de amigas, sabes cuan difícil y desgastante puede ser la discriminación, pero no por eso podemos parar de alzar la voz. Gracias hijo por tu eterno apoyo a las “feminazis”. Te amo.

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