La motivación del profe

Mi profesor de quinto de primaria era el profesor del único quinto de primaria del colegio. Enseñaba español, matemáticas, geografía, historia, religión, educación física y todo lo demás. Era un colegio de barrio del sur de Bogotá dirigido por unas monjas ecuatorianas muy queridas y muy viejas ya. Las instalaciones del colegio eran deficientes, resultaba difícil entrar al baño de hombres por el olor concentrado a orines y el salón era oscuro y estábamos apeñuscados. De todos los muchos colegios por los que pasé, creo que es el único del que guardo un bonito recuerdo general. El profesor de quinto de primaria (el único año que cursé allí) tuvo mucho que ver. No recuerdo cómo se llamaba.  Recuerdo que siempre me (nos) trató con mucho respeto. No puedo recordar qué era lo que hacía en clase que me parecía tan inspirador o qué trucos pedagógicos empleaba para hacerme estudiar. Pasaron cinco años más para volver a encontrarme con un profesor así (de hecho profesora: sí, es Lilia). Profesores así, después de haber pasado por todos los ciclos académicos, los cuenta uno con los dedos de una mano.

En ese salón oscuro de esa casa de la ventipico sur, una vez el profesor preguntó que qué queríamos ser cuando grandes. Eso sí lo recuerdo con claridad. Tenía la certeza de que quería ser como él, tenía la certeza de que quería ser profesor. Estuve trabajando un tiempo formando futuros profesores de matemáticas y les preguntábamos al iniciar la carrera que por qué habían escogido ser profesores, muchos contestaban palabras más, palabras menos: “porque quiero ser para otros lo que mi profesor de matemáticas fue para mí”. Esa certeza de estos primíparos era la que tenía en quinto de primaria. Certeza que se fue desdibujando rápidamente. Sentía que no era legítimo decir en público que quería ser profesor. La docencia aquí es vista como un oficio vergonzante. Uno de niño se da cuenta de esas cosas. Aspiraciones válidas la de médico, ingeniero, abogado, empresario o militar. Así que empecé a decir (a mí mismo y a los demás) mentiras, como que quería ser ingeniero, cosas así, más dignas del aprecio del público. Cuando finalmente terminé decidiéndome por matemáticas la respuesta fue una cara de desilusión seguida de un: “pero eres consciente de que te vas a quedar de profesor, ¿no?”. Respuesta que recibí tanto de mis padres (que finalmente se dedicaron con amor a la docencia) como de mi profesora de matemáticas de once que, por obvias razones, no fue de gran inspiración la señora. En ese momento ya no estaba pensando en si iba a a ser profesor o no, había una decisión, fue difícil y fui para adelante. Finalmente me quedé de profesor por accidente, afortunadamente, quién sabe.

No dejan de ser molestas las muecas, los gestos y las expresiones que tiene cierta  gente cuando uno dice que es profesor: “¡Uy!, yo sí no podría ser docente, no tengo la paciencia, qué valiente usted”. Aveces rematan con frases del estilo: “usted tan inteligente, ¿nunca pensó en algo más lucrativo?”, “el que sabe, sabe, el que no, enseña, jajajaja” entre otras tantas. Es un “¡uy! yo sí no podría” acompañado de gestos de casi de asco, desilusión y condescendencia por estar haciendo un trabajo que nadie en su sano juicio haría. La docencia era un oficio vergonzante cuando tenía 10 años y lo sigue siendo hoy a mis 39.

El otro extremo meloso tampoco me camina. Ese lugar en donde la docencia está llena de frases de cajón, ese lugar donde los docentes somos los llamados a cambiar el mundo y no sé qué más güevonadas. Hay incluso quienes dicen que de esa vaga promesa hay que sacar fuerzas para levantarse en las mañanas y responder por jornadas de trabajo inhumanas. Separemos un poquito los problemas, una cosa es tener condiciones laborales indignas, otra cambiar el mundo y otra que le cueste a uno levantarse en la mañana porque tuvo ocho horas de clase seguidas el día anterior. La imagen del docente como mártir de la utopía no me gusta. Hay que tener un ego trumpiano para creer que uno es el llamado a cambiar el mundo. Claro, yo hablo desde el privilegio que me da tener un cargo de planta en una universidad pública. No sé qué es levantarse a las cuatro o cinco de la mañana luego de ocho horas seguidas de clase con cuarenta angelitos por salón. No sé qué promesa de mundo, no sé qué video necesite uno instalar en el cerebro para sacar fuerzas y seguir adelante.

Si no es una promesa de mundo más justo, más humano, un mundo sin Uribe, sin Vargas Lleras, sin RCN, sin Trump, sin Putin, sin Kim Jong-un, sin plebitusa, si no es una promesa de un país veganofeminista, ¿qué es lo que me motiva a ir a darle clase de introducción al cálculo a treinta angelitos que yo sé que no han hecho la tarea que les dejé?, ¿por qué enredarme la vida tratando que otros veinte angelitos entiendan el concepto de independencia lineal?, ¿por qué desgastarse si no tengo ninguna garantía de que esos angelitos serán ciudadanos ejemplares?, ¿por qué seguir siendo docente si el reconocimiento social y económico es tan bajo?, ¿por qué hacer eso cuando podría utilizar mi supuesta inteligencia amasando fortuna en la empresa privada, haciendo algo realmente útil por la sociedad? ¿por qué? La respuesta siempre ha sido la misma: ¡Me divierte cantidades! Mi motivación es profundamente egoísta.

Mi plan de retiro es enseñar matemáticas ad-honorem en la escuela de Puerto Nariño.

Puerto Nariño

4 comentarios sobre “La motivación del profe

  1. Hijo amado, si vale la pena. Vives en una familia llena de profesores, tu papá, tu mamá, tu hermana y tu hermano -de otra forma- también lo es. Y de la Ranita, ese hermoso esposo tuyo, que ahora no sea profesor, no significa que no sea profesor. Ay, persigue el destino.

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  2. Mi buen amigo y colega Carlos Di Prisco (lógico venezolano que desde los años 70 en Caracas armó una excelente escuela de estudiantes e investigadores en teoría de conjuntos, entre la UCV y el IVIC, y ahora está trabajando en Bogotá) escribió hace unos años este texto (que salió en alguna revista local en Venezuela). Creo que captura algo de lo que vivimos al transmitir matemática en las aulas.

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    MATEMÁTICAS Y MÚSICA: LAS DELICIAS DE LA EJECUCIÓN MATEMÁTICA.

    por Carlos Augusto Di Prisco.

    La afinidad entre las matemáticas y la música ha sido frecuentemente objeto de discusión. Las matemáticas de la música, tema tratado en casi todo texto introductorio de música, ha fascinado a compositores de todas las épocas, y muchas de las convenciones estéticas de la música se pueden justificar solamente en términos matemáticos: Los músicos sienten a menudo que muchas de las mas fundamentales y profundas propiedades de la música están, de alguna u otra forma, basadas en las matemáticas.

    Hay, por otra parte, cualidades musicales en las matemáticas, algo que sin duda es mas difícil de explicar. La estética juega un papel importante en la investigación matemática, y a menudo los cánones estéticos que se aplican a las matemáticas son mas cercanos a los de la música que a los de la pintura o la escultura. La razón por la que se dice que algunos teoremas matemáticos son bellos tiene que ver con un tipo de armonía interna y con la forma como el resultado conecta ideas hasta el momento dispares.

    Hay otra manera en que las matemáticas tienen afinidad con la música, y tiene que ver con las emociones internas que cada una de esas disciplinas produce en las personas que las experimentan y en la forma como esas emociones son transmitidas. La música y las matemáticas son, ambas, creadas y luego ejecutadas; y a través de la ejecución son llevadas al publico. Este no es el caso de la pintura, que es creada y expuesta directamente al publico. Es cierto que el ojo experimentado de otro pintor, o de un crítico de arte, puede ver mas en una obra que el ojo de una persona corriente, pera la creación en toda su plenitud esta allí en el lienzo.

    La música se compone mediante un proceso interno de creación y el resultado es almacenado en forma codificada (por medio de una partitura, por ejemplo). Pero una pieza musical puede existir sin estar escrita, y salir cada vez que es ejecutada.

    Un teorema matemático se prueba mediante un acto interno de creación, el resultado es usualmente codificado de alguna manera (mediante la escritura) y puede ser transmitido a otras personas. Pero el resultado matemático puede ser transmitido sin que esté escrito. Puede ir de una mente a otra a través de una explicación, de la misma manera que la música se transmite al ser ejecutada. Una pintura, por el contrario, no existe hasta que sea pintada.

    Enseñar un teorema profundo a los estudiantes de una clase, puede producir el mismo tipo de emociones que un pianista puede sentir al tocar frente a un auditorio: el músico se alimenta de la reacciones que su ejecución produce en los oyentes. La emoción puede ser mucho mas intensa cuando el ejecutante toca sus propias composiciones. Un matemático que diserte sobre su propio trabajo tiene el mismo tipo de experiencia.

    Algunas veces, excelentes matemáticos no son los mejores profesores, sin embargo, es una experiencia gratificante oírlos explicar su propio trabajo; usualmente sus conferencias están llenas de “insight” aun si son desorganizadas o imprecisas. Los músicos que dirigen sus propias composiciones son, la mayoría de las veces, muy inspirados aun sin que sean ejecutantes impecables.

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