Proyecto Mahakala

Estoy cuidando la habilitación de mis estudiantes. Afuera del edificio se oye un gato llorar. Parece estar pidiendo ayuda. Me asomo por la ventana y veo un gato negro. Creo que es el mismo gato que he visto antes en el mismo lugar compartiendo con los estudiantes. ¿Será un pariente? Los gatos negros se parecen mucho entre ellos. El gato sigue llorando con cierto desespero pero decido hacer caso omiso porque estoy en una tarea muy seria y debo proceder con cierta indolencia: no puedo salir del salón al rescate y permitir la trampa. Después de décadas de docencia sigo sin entender muy bien los ejercicios de vigilancia y control de mi trabajo basados en la desconfianza. El llanto cesa, la habilitación termina, me retiro. Me olvido del gato y su aparente llamado de auxilio. Calificando me doy cuenta que un par de estudiantes seguramente se han copiado entre ellos y pasarán la materia. La trampa es imposible de demostrar. No hay nada que pueda o me interese hacer al respecto.

Tomo un taxi que va por la circunvalar en sentido norte-sur. Me deja en la entrada de arriba de la universidad que queda en una falda de los cerros orientales. El trayecto en taxi es muy corto pero siempre disfruto esa zona tan verde. Es tan verde que no parece Bogotá. El truco de entrar por la portería de arriba se lo aprendía a Ángel. “Se cansa menos bajando que subiendo, bobarrón”, me explicó con gran sabiduría. Sin tanta gente y sin el afán propio del semestre se da uno cuenta que la universidad es bonita. Sí, no es bonita como la Nacional con su grandeza, ni bonita como los Andes (también en una falda) donde todo es impecable. La sede de la Macarena es bonita en un sentido más humilde que no viene al caso precisar. Bajo las escaleras y en un corredor hay un gato negro llorando desesperado. Parece ser el mismo gato pero no es claro cómo atravesó la circunvalar en el otro sentido (sur-norte). Una chica lo trata de consolar, le tiene comida y una cajita. Me desentiendo del asunto y entro a mi reunión.

Unas semanas después entro por el mismo sitio, la portería más cercana a la reserva de la montaña. Veo un gato negro entre las matas. Es el mismo gato negro. Se ve tranquilo y meditando. Le pregunto que cómo está y este gato me contesta con tremenda cantaleta. Llora, en lo que interpreto como pidiendo ayuda. Parece estar dándome toda una clase de quejas de vainas que le pasan o que le ha pasado, no sé. Dicen que los gatos solo maúllan para comunicarse con los humanos, pero a este no le entiendo nada. Me siento en uno de los tantísimos peldaños tratando de entender qué me quiere decir el bicho. En un gesto muy atrevido se me sube al regazo sin permiso y ahí se queda. Como que no se halla el animal. Le reviso las encías, las zonas blancas de los ojos y la histéresis luego de levantare el pellejo del lomo. Son técnicas que me enseñó un veterinario para ver si están pálidos o deshidratados. Esta criatura parece estar mal pero no estoy seguro, no soy veterinario. Mis compañeros, que no son bobos, entran por la misma portería: de arriba hacia abajo. Me miraron raro por andar en el piso con un gato, pero al ver que el gato estaba muy acomodado, empezamos la reunión en las escalinatas: al estilo griego. Cuando tocó continuar con la reunión en un recinto más apropiado, el gato ya no se quería bajar. Se aferró con patas y uñas a una de mis piernas. En ese momento me di cuenta que no me podía seguir haciendo el pendejo: algo le pasaba a ese gato y me necesitaba. Tomé la decisión de hacer algo al respecto.

Bajo y pregunto en la secretaría. “Tatis es la del gato”, me responden.  Tatiana lo venía cuidando. Le había puesto Músico: músico-músico-músico. Le tenía una cajita de cartón para que durmiera, le compraba comida y se hacían compañía en un edificio cada vez más solo. Tatiana me comenta que no puede tener más gatos y yo pues tampoco. Le proponemos al decano (como niños preguntándole al papá) que si nos deja tener el gato en la universidad, que nosotros lo cuidamos, lo despulgamos, lo bañamos, lo vacunamos, lo desparacitamos, lo castramos, lo alimentamos, lo queremos.  La respuesta es un no tajante con argumentos muy parecidos a los que esgrimen los papás que no les dejan tener animales a sus hijos. Aparece ahora la advertencia de que van a sacar al gato de ahí. No alcanzamos a exponer los beneficios que traen los gatos para el sistema cardiovascular y para combatir la ansiedad, la depresión y el estrés. De hecho el gato ya era de los estudiantes de la Universidad: me enteré que algunos lo llamaban Lucifer.

Saco mi guacal y me llevo al gato. Le pongo Mahakala. Como todos los nombres que ha tenido, seguro que éste también será provisional. Lo llevo a mi veterinario para que lo despulgue, lo castre, lo vacune. Mi veterinario me dice que no es posible, que está muy mal y que se tiene que quedar hospitalizado por tiempo indefinido y con pronóstico reservado. Me entra una angustia tonta por la plata. Ha pasado un día: es un hemoparásito de las pulgas lo que tiene este animal. El doctor afirma que si no responde al antibiótico se hará necesario realizar una transfusión de sangre (con todos los riesgos que eso conlleva). Me siento muy confundido por toda la situación y empiezo a recoger plata. En las horas de visitas voy y rezo un mantra pensando en él y en los otros animales hospitalizados. El enfermero vigila que no vaya a hacer nada raro. Han pasado cuatro días: el gato está respondiendo al tratamiento. Luego de cinco días de reclusión me lo llevo a la casa. Entre familia y amigos se ha logrado cubrir casi un 80% del total: hospitalización, medicamentos, procedimientos y exámenes. En la casa continúa el tratamiento un mes más. Duerme todo el día y toda la noche por la anemia. Ha hecho pocas pausas muy cortas para estirar. Hace rato ya que dejó de llorar pidiendo ayuda.

Lo pienso dar en adopción pero no a cualquier desconocido, no tengo afán. Ojalá él pudiera volver a la universidad, pero es la opción menos probable. He aprendido muchas cosas de Mahakala.

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Breve pausa para meditar

2 comentarios sobre “Proyecto Mahakala

  1. Hola Arturo. Cerraste tus cuentas en las redes… 😦 Bueno, yo entiendo. En todo caso no vayas a abandonar este sitio, me gusta mucho leerte y no se cierra toda comunicación.
    Al fin no averigüe por la gata porque llegó una a la casa el día de año nuevo y nos adoptó. 😉 Abrazos.

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