Subte

Voy en el Subte en dirección a Congreso de Tucumán. Justo enfrente de mí hay un chico guapo al que vamos a llamar Nico por razones prácticas y porque seguramente se llama así. Nico tiene una pinta alternativa: una musculosa fucsia, pantalones cortos, tatuajes por todo el cuerpo, muy tonificado, perforaciones múltiples en las orejas, piel canela, cejas pobladas, pestañas crespas, ojos verdes que resaltan con la piel, barba de una semana, un corte de pelo con desbastados aleatorios e iluminaciones. Nico es precioso. Esa pinta aquí no llama la atención, muchos se visten como se les viene en gana y a nadie parece importarle. He visto empleados oficiales en bermudas y Crocs. Esto contrasta con Bogotá en donde nuestras pintas neutras y elegantes cubren de cabeza a pies así estemos en la canícula. Muy bogotano yo, voy de jean, botas impermeables, una camisa y me estoy pudriendo del calor. En nuestro vagón va un tipo aún más alternativo cantando éxitos de los setenta del rock británico. Sé que con Nico no tengo ninguna posibilidad, no soy digno de esta poesía porteña hecha hombre. Pero pues tampoco pierdo nada con intentarlo. Trato de hacer contacto visual, suena fácil porque lo tengo en frente, pero es imposible, está absorto en su celular. Ese aparato lo tiene idiotizado. El celular de Nico emite ese sonido característico de Grindr cuando anuncia un nuevo mensaje. No era necesario, pero ahora ya tengo reconfirmado que Nico es gay. El hecho de que esté usando Grindr disminuye considerablemente mis posibilidades. Me explico: no es la primera vez que me ocurre, alguien me parece simpático, me doy cuenta que es gay, trato de hacer contacto visual y es imposible porque está perdido en Grindr. Es peor que Candy Crush. Así funciona ahora y hay que aceptarlo, preferimos likes, los fotoculos, las fotovergas y personajes ficticios llenos de toda clase de incertidumbres malucas, que aceptar (o darnos cuenta) que alguien más nos diga, con la mirada, que le gustamos. Nico no se ha bajado y sólo queda una parada, Congreso de Tucumán. Seguro al salir del carro tendrá que descuidar el Grindr un rato. Se baja un anciano y le dice a un policía que ese señor de allá estaba cantando rock y pidiendo plata en el vagón del tren, que eso no está permitido, que por favor lo detenga, lo encarcele o algo. El Policía le dice al anciano que no puede hacer eso, que no más estaba laburando. El anciano insiste en que va contra las normas del Subte. El policía le hace saber que es verdad, pero que sus principios no le permiten dejar a una persona sin sustento. El anciano se aleja refunfuñando. Nico finalmente levanta la mirada. Es tan lindo y tan salvaje este mocoso que debería ser portada de la National Geographic. Le sonrío con picardía moderada, como se hacía en mis épocas. Con mis amigos gay de la universidad le decíamos a esa mirada, La Mirada Roscona. Él me responde con una mueca mariquísima de desprecio. Todo fue tan predecible, que resultó fue cómico.

Por más interconectado, por más contacto que se pueda tener, deberíamos salir todos más seguido del subte ése del celular.

Un comentario sobre “Subte

  1. me gusta el manejo del paso del tiempo – de verdad como yendo en un subte – que termina dando un sabor muy cinematográfico a la descripción de “Nico” (lo poco que se sabe, lo que usted ve brevemente) y luego el intento de llamar la atención de su mirada, con el tiempo corto (pero larguísimo) de un ir en un metro por unas pocas estaciones — y el final cortante de la mueca de desprecio

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