Dulce de leche

Los argentinos son muy locos, locos y exagerados. Manotean a lo italiano y alzan la voz, insultan de formas muy creativas y no es raro enterarse de tremendos melodramas en el bondi.  Obvio, todo esto se expresa con incontables localismos, a tal punto que el idioma ya parece una variante del español.  Esta locura colectiva lejos del reproche, me parece fascinante y hace parte del encanto de esta ciudad de la que uno no puede sino enamorarse.

Hay una locura particular en la que quiero ahondar.

¿Qué le pasa a esta gente con el tal dulce de leche? Yo entiendo que el dulce de leche al lado del alfajor y del bolígrafo son inventos argentinos que hacen parte del orgullo nacional, pero se dan garra. Hay desayunos en los que se ofrece más de una variedad. Es como si para desayunar me dieran a escoger entre arequipe, manjar blanco y cortadito de cabra. En la calle no es raro encontrar una “dulcedelechería”: locales especializados en todas las variedades y presentaciones del dulce de leche, como si se tratara de una tienda de quesos o de vinos. ¡Es una completa locura!

No se si sea común, pero a mí me ha pasado varias veces. En ocasiones pido algo y el que atiende no me lo quiere vender porque hay algo que, según él, me conviene más. Por ejemplo, una vez un camarero no nos quiso vender una cerveza pequeña porque comprando la grande nos salía más barato. Esa vez nos tocó tomarnos una cervezas de un litro a cada uno. También me pasó con el señor que no me quiso vender la avena cruda en una tienda jipi porque, según él, me hacía daño para la panza. Me tocó comprarle avena precocida.

Los helados son otra evidencia de que los porteños están mal de la cabeza. Hay una heladería en cada cuadra, hasta dos heladerías por cuadra. Es mejor no poner en duda que los helados argentinos son los mejores del mundo. La primera vez que pedí un helado, me preguntaron que cuántos kilos. Sí, ¡kilos! Hay personas que se empacan solitas un cuarto de kilo de helado de muchos sabores distintos que no combinan ni por accidente. También hay generosos cucuruchos personales y la venta por kilo, en todo caso, es más familiar. No es nada raro pedir un domicilio de dos kilos de helado a la media noche. Cuando he dicho que en Colombia no hay heladerías que hagan esa vaina, me preguntan “¿y cómo hacen, entonces?” como quién pregunta “¡¿y cómo pueden vivir así?!”.

Un día me vine caminando por River (un barrio divinamente) y paré en una heladería gomelísima. Pedí un helado de chocolate y, adivinen, !no me lo vendieron! La chica del mostrador me hizo comprar un helado de cerveza, naranja y chocolate. ¿Les parece eso mentalmente equilibrado? ¡¿A lo bien?! ¡¿Cerveza, naranja y chocolate?! El empalague psicológico me duró hasta el otro día.

La última vez que pedí un helado, decidí respetar las tradiciones y orgullos patrios y me fui por uno simple de dulce de leche. El oxímoron viene a lugar. Como raro, no me lo quiso vender tampoco el chico del mostrador. Me hizo comprar una vaina que era helado de dulce de leche con bolitas de chocolate, rellenas a su vez ¡de más dulce de leche! Son cosas que pasan en Buenos Aires.

4 comentarios sobre “Dulce de leche

  1. Jajajajajajaja, genial hijo amado, absolutamente genial la manera como nos transportas a ese mundo de costumbres, sabores, olores y colores. Ya quisiera estar allá para sorprenderme de tan encantadoras experiencias.

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  2. Buenos Aires tiene esas fijaciones raras, como la del helado (maravilloso y estando allá le empieza a uno a parecer *obvio* que se pueda pedir a domicilio a medianoche) o la del dulce de leche (cosa que nunca he entendido; en Argentina ese tal dulce de leche me sabe a pura glucosa industrial, y prefiero mil veces un arequipe santandereano de esos que venden en los pueblos sin tener que armar toda una historia).
    Algunos argentinos logran explicarle a uno todo – por qué Colombia es como es, todo (sin haber jamás pisado un centímetro de Colombia, obviamente). Otros lo pueden psicoanalizar a uno gratis, sin que se les haya pedido nunca ese favor. Otro en un hotel trató de convencernos a María Clara y a mí de no pedir huevo al desayuno (después de tres semanas de régimen de dulces de leche al desayuno – y medialunas… dulces). Nos dijo que “sólo los yanquis” piden huevo al desayuno.
    Igual uno termina enamorado de esa ciudad.

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      1. ¡Jajaja!

        En todo caso hay algo inasible en esa cultura, algo difícil de reducir. Todos los días parecen traer una sorpresa.

        Junto a la Nacional, en la 45 como con 29, un señor argentino vendía empanadas (¿lo conoció?) hace unos pocos años. Era totalmente distinto de los demás locales de esa zona. Cada empanada parecía ser preparada con mucho amor. Si uno cometía el error de preguntarle por las diferencias entre la “salteña” y alguna otra, podía quedarse sentado ahí un rato largo – el señor era de esos que hablan con paciencia y da pena interrumpir. Luego me enteré que (además de vender empanadas) era el rabino de una comunidad de Bogotá. Sus empanadas parecían seguir el precepto judío de hacer las cosas para *arreglar el mundo*.

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