Los gatos del ferrocarril

Salgo del local de comida por peso donde suelo almorzar. El sitio queda en el Barrio Chino y es el mejor de su clase. Una bogotana es la encargada de mantener surtidas las bandejas de comida. Nuestro habitual saludo tiene algo especial, como cuando de niño uno se alegraba al encontrarse inesperadamente con un compañero del colegio en la calle. La diferencia es que ahora es menos efusiva la cortesía.

Voy por Olazábal y el paso está detenido por el tren. El semáforo ferroviario parece estar dirigido sólo para los carros que no tienen otra opción que detenerse porque el brazo no los deja pasar. Al igual que los demás peatones, asomo la cabeza para ver que tan lejos está el tren, hago una estimación a ojo de que el sistema distancia-velocidad-tren-Arturo me sea favorable y me atravieso la carrilera apretando el paso. Cuando hago esto pienso que sería un infortunio que un zapato se me quedara enredado en un riel.

El ferrocarril siempre está en obra.

Tomo una calle por la que nunca había pasado y veo una señora con un changuito, que es como le dicen al carrito del mercado, alimentando un montón de gatos al lado de un edificio viejo encerrado por latas. La señora es muy amable y me detengo a hablar con ella. Trato de acercarme a los gatos pero salen corriendo no sin antes bufar. La señora me dice que no debo acercarme, que son gatos feroces. Le digo que me parece haber visto a la gata parda chiquita por Monroe al lado del ferrocarril. Me contesta con un monólogo que dice más o menos así:  “Esa gata que usted dice es otra gata. Somos un grupo de señoras mayores que alimentamos a los gatos del ferrocarril, les hacemos curaciones y los castramos. Tenemos el trabajo dividido por zonas. El que manda en toda el área es el colorado con blanco, es un malandro terrible, siempre tiene heridas, no lo hemos podido castrar, deja bebés por todos lados. Nos hace la tarea muy difícil. Mire estos aruñetazos (los muestra como el soldado que exhibe con orgullo heridas de guerra), no es fácil agarrarlos, se requiere cierta creatividad. Tengo un permiso del gobierno que no le dan a cualquiera y me permite entrar en las construcciones del ferrocarril a velar por los gatos. A veces los maltratan, pero nosotras los defendemos, ya nos tienen miedo porque somos muy bravas. Usted se preguntará que por qué hacemos esto. Los jóvenes no lo saben, pero aquí antes no habían construcciones, eran zonas verdes y los que vivíamos aquí sufríamos mucho por las ratas y los ratones, traían enfermedades mortales, mordían a los niños y se robaban la comida. Era una pesadilla. Los gatos acabaron con las ratas y los ratones y estos gatos que usted ve aquí son los descendientes de esos gatos heroicos. Los gatos nos salvaron y nosotras les estamos devolviendo el favor. Pero no va a ser por mucho tiempo, la construcción del ferrocarril pronto va a terminar, nosotras estamos viejas y el edificio que usted ve aquí también lo van a restaurar. Es un palacio, por ahora es el palacio de los gatos, pero era la casona del escritor Lucio Mancilla que luego fue el colegio donde nosotras estudiamos, la normal de maestras. No sabemos qué va a ser de estos gatos”.

La señora agarró su changuito, se despidió y se fue a otra colonia de gatos de la cual es responsable. Yo seguí mi camino porque no tengo naranjas para el desayuno.

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Casona de Lucio Mansilla cuando era la Escuela Normal de Maestras No. 10. Foto de El Clarín

4 comentarios sobre “Los gatos del ferrocarril

  1. Buenísima esa crónica de los gatos del ferrocarril. El Abdul de aquí a veces actúa un poco como gato de parqueadero. Pero alterna entre ese modo y otros más – a veces dulzura pura, a veces juego incesante.

    “Los gatos nos salvaron y nosotras les estamos devolviendo el favor.” Me impresiona esa frase.

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      1. A veces he pensado en variantes de esa pregunta. Y no sé. Somos tan torpes los humanos (tal vez no individualmente, pero como especie sí, terribles). Borges parece haber pensado en esa escala temporal mayor al decir (a un gato)

        “… Has admitido
        Desde esa eternidad que ya es olvido,
        El amor de la mano recelosa.
        En otro tiempo estás…”.

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  2. Muy bonita experiencia. Definitivamente tu conexión con los animalitos es magnífica, pero con los gatos es indescriptible, mi hijo gatuno.

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