Regresión

Debió haber sido hace unos treinta años la última vez que me pasó. Daba por hecho que —al igual que el resto de los superpoderes de los niños— éste también lo había perdido del todo. Esta mañana bajé al área común de la residencia y sentí un olor suave y dulzón a caldo de pollo. Un olor que era característico del comedor de la casa de mis abuelos paternos y de ningún otro lado. Era una casa grande que quedaba en lo que era el barrio Sears de Bogotá. Poco a poco se fueron dibujando como sombras coloridas en mi cabeza: la mesa rectangular del comedor, mi abuelo distante sentado en la cabecera, la mesa metálica del patio exclusiva para jugar parqués, la cocina espaciosa de donde seguramente provenía ese olor, el filtro de trapo donde preparaban el café y el enorme culo Sanclemente de mi abuela caminando con dificultad por la casa. Nunca fui cercano a mis abuelos paternos, o eso creía hasta hoy, que parece que están bien grabados en los recovecos de la memoria.

2 comentarios sobre “Regresión

  1. Hijo mío, concuerdo contigo, definitivamente no los habías perdido, pues si así fuera no te hubieses acordado tan vívidamente. Bueno, el olfato es capaz de remontarnos a recuerdos que yacían olvidados en los sótanos de la memoria.

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