Madrid

Madrid me ha costado, y no estoy hablando de plata que también. Parques, transporte público, jardines, edificios, todo es muy bonito. Madrid, al menos la parte guay de la ciudad, es perfecta. Está lleno de detalles que empalagan. A los buses sólo les hace falta contar con sillas de masajes para los pasajeros. Los abundantes árboles de la ciudad han sido dispuestos para que hagan juego los colores en las cuatro estaciones del año. Ir al parque El Retiro y recostarse en el césped (pastar en colombiano) es como estar metido dentro de un cuadro de Monet. Puede uno sufrir un coma diabético. La arquitectura llena de detalles y muchas veces monumental se enmarca perfecto con los omnipresentes colores pastel de la ciudad. Visitar los jardines y rosaledas es como vivir en carne propia un capítulo del anime Candy Candy. En definitiva, vivir en Madrid es como vivir en una casa de muñecas. Bueno, el Madrid que me tocó a mí. He peleado mucho con esta ciudad, pero también he ido entendiendo que es envidia, y no estoy hablando de envidia por sus palacios o sus pintores famosos. No me juzgue querido lector, que reconocer la propia envidia es muy difícil. Me daba envidia de su metro, de sus parques, de su transporte, de una ciudad amable para viejos y niños y ciegos y cojos. En la pelea que libraba con rabia en mi cabeza siempre salía esta pregunta: ¿Por qué putas ellos sí pueden y nosotros no? Ya con mi envidia reconocida y superada he podido ver el grafiti, el rayón y el mugre en el piso. Todos estos elementos le dan tranquilidad a mi alma. Fluyo por la ciudad como si fuera mía. Madrid y yo ya somos amiguis, no de depilarnos juntas el bikini, pero amiguis que es lo que importa.

monet
Selfie en el parque de la esquina

2 comentarios sobre “Madrid

  1. La primera vez que fui a Madrid tenía diez años yo. Madrid en esa época era famosa en Europa por lo dura con la gente. Por la falta de infraestructura para ciegos, para cojos, por la falta total de solidaridad entre su gente, por lo sucia en el centro, por los gamines. A mí me impresionó mucho. Me sentía en algo más hostil que la Bogotá que recordaba (que no era que yo fuera callejero ni nada pero sí había ido al centro y visto los gamines y andado en bus y todo – con mi abuela – antes de ese viaje a Madrid). Madrid olía intensamente a orina (de esos recuerdos de los diez años que son imborrables). O por lo menos olió intensamente a orina en los tres días de verano brutal en el 78 que pasé con mis padres y mis hermanas ahí. Mis padres comentaban lo dura que era esa ciudad. Tenía sus partes guay, claro, su Cibeles y sus parques – pero al igual que las partes guay de Bogotá parecían como un milagro raro y no parecían muy integradas con el resto.

    ¿Cómo puede una ciudad pasar tan rápido (solo 40 años) de ese estado tan duro, tan familiar para nosotros los bogotanos de hoy, a ese idilio que usted describe de manera tan maravillosa? ¿Qué hicieron para tener ese metro, esas bancas, esos espacios, esa gentileza del vivir?

    ¿Y qué podemos hacer nosotros aquí, a ver si en 2058 las cosas están un poco mejor? 🙂

    40 años no es nada… si uno lo piensa en la escala temporal de una ciudad

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