Publicidad engañosa

Esta mañana me fui a hacer una radiografía en uno de los mejores laboratorios del país. La sala de espera estaba llena, tenía una capacidad para cincuenta personas (las conté) y estaba dispuesta como un auditorio, como un teatro, como una sala de cine sin desnivel. Al fondo, en lo que vendría siendo la pantalla, estaba pegado un afiche gigante de la familia perfecta, del modelo de familia burguesa: blancos, jóvenes, apuestos, mamá, papá, niño, niña. La imagen estaba llena de detalles: en el fondo un prado verde como evocando el jardín de la casa en los suburbios, el contraste equilibrado de los géneros, la niña en las piernas del papá, el niño abrazado por la mamá. Todos muy felices, muy contentos, pero ante todo plenos. Al afiche lo acompañaban (como si se tratara de una campaña política de un candidato de derecha) palabras sueltas como respeto, ética y responsabilidad. ¿Por qué esta propaganda de iglesia cristiana en un laboratorio clínico? ¿Acaso la imagen de la familia burguesa es el símbolo de la higiene, la salud, la pulcritud y la asepsia que tanto les gusta a los médicos? ¿Qué es lo que este laboratorio quiere que le compremos? ¿Después de los resultados de los exámenes médicos vamos a ser más felices?, ¿más heterosexuales?, ¿más blancos?, ¿más apuestos? ¿Por qué el modelo de sexualidad burguesa (por el que han peleado hasta comunistas y homosexuales) ayuda a que unos resultados de laboratorio (que no involucran más que la física y la química para su elaboración) sean más confiables?

Embriagado por la publicidad, me di la vuelta y me puse a observar detenidamente a todos los pacientes tratando de encontrar a alguien que potencialmente encajara en el modelo en pantalla. No había nadie. Eramos cincuenta personas y ninguno encajaba. Ninguno. Ni si quiera el personal del lugar. Todos eramos o feos o cojos o negros o mulatos o indios o mestizos o ancianos o maricas. La gran mayoría eran viejitas llenas de achaques. Ninguno parecía estar viviendo el idilio de la propaganda, pero sobre todo, ninguno tenía cómo vivirlo, ni esforzándose, ni renaciendo una y mil veces. Todos estábamos lejos, muy lejos de comprar lo que sea que el laboratorio nos quería vender con su publicidad. Todos eramos muy imperfectos en esa propaganda de cuerpos normativos. Estoy seguro que ni los que posaron para la foto cumplían el modelo, el papá tenía una cara de gay fiestero que no podía con ella y a la mamá se le notaba que de mamá poco. Le puse atención a lo que decía la gente en el mostrador. Todos parecían provenir de familias defectuosas. Una anciana con su hija cuidadora, una pareja de ancianos a su suerte, una madre soltera con su niño, un gay al que le están empezando los achaques de los años. Una señora mayor, no tan blanca, con una sonrisa honesta y el pulgar hacia arriba sería mucho mejor propaganda que la que los publicistas perezosos pusieron ahí.

Ya lo decía Foucault: “vivimos dentro de una red de relaciones que delinean lugares que son irreducibles unos a otros y absolutamente imposibles de superponer”.

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