Crisis existencial

Hoy por fin retomamos clases en la Distrital luego de un tire y afloje largo entre la mayoría de la universidad y un sector político que pretende que las asambleas se conviertan en la voz de Dios. Hoy por fin vuelvo a dar clase luego de un año sabático dedicado a la investigación. Ya iba a cumplir yo tres semanas de crisis existencial por la incertidumbre de sí volvíamos a clase o no. Hablando con compañeros me di cuenta que no era el único en esa situación. Algunos profesores entramos desasosiego. No me imagino por lo que debe pasar un profesor cuya contratación, además, es incierta.

Dicen por ahí que uno debe tener cuidado con lo que pide porque de pronto se le cumple y hoy lunes tuve clase a las seis de la mañana en un salón incrustado en los cerros de Bogotá. Le toca a uno dejar la cama en el momento en el que está más sabrocita, cuando el marido está más esponjocito y los gatos más calientitos. En medio de la oscuridad de la madrugada la perra me miró como con cara de “por favor no haga tanto ruido, ¿sí?”.

Además me toca dar dos cursos en los que soy lego: teoría de números y matemáticas discretas. Me toca estudiar un montón. Estoy reemplazando a una profesora que dejó el curso de números en el teorema chino del residuo y la última vez que vi eso fue hace 22 años cuando lo estudié del Apostol para el curso de fundamentos con Clara de Takahashi. De matemáticas discretas ni se diga, mi ignorancia es supina.

Pero no hay mal que por bien no venga, me he puesto a estudiar y pues estoy aprendiendo vainas super bonitas ahora con una madurez matemática que me permite apreciarlas como el miope que acaba de estrenar gafas y redescubre el rostro de la mamá. Pero lo mejor de todo es que a medida que avanzaban mis clases, el desasosiego iba desapareciendo. Al final de la jornada ya no tenía crisis existencial: volvía a ser persona. Definitivamente no me veo haciendo otra cosa distinta a enseñar, es lo que me hace feliz. El otro día F me preguntó que yo que haría en el caso hipotético de que cerraran la universidad y me tocara trabajar en otra cosa, como asumiendo que le iba a responder que me iba a vivir del big data, el machine learning, o algo por el estilo. Le dije que buscaría trabajo en un colegio, en el Distrito, ojalá en primaria. Me contestó como en un tono de: usted no tiene remedio.

No sé que haré cuando me llegue la pensión forzosa dado que mi seguridad ontológica está en un salón de clase. Ya entiendo por qué muchos de mis profesores de la universidad seguían (algunos siguen) yendo a la universidad a dar clase cuando podrían estar disfrutando de su pensión en un pueblito hermoso de Colombia como Barichara o Villa de Leyva, algunos hacen eso y créame que los envidio de manera anticipada.

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