Viejos

Busco en los cafés un lugar para trabajar. Ni Katy Perry ni la música lounge me ayudan a concentrarme. Tampoco ayudan las conversaciones ruidosas de mis coetáneos sobre cómo van a conquistar el mundo. Busco más cafés y accidentalmente he dado con éste. Solo hay un televisor con el volumen bajo y un programa al que nadie le está parando bolas. A mis doce: una pareja de abuelos gordos. No hablan entre ellos, su mirada es tranquila, compartiendo unas onces sin mucho afán. A mis dos: un par de abuelas que han logrado retrasar un poco los estragos del tiempo. Parecen abuelas, pero no abueeeeelas. Están echando chisme en forma, hablan bajo y la conversación se queda entre ellas.  A mis tres: un abuelo y su mamá. La señora está en silla de ruedas e inmóvil por sabe dios qué enfermedad(es) de la ancianidad. Esa conversación si me la patié toda porque, además, la tatarabuela estaba sorda. Estoy pensando que me siento cómodo en este café y creo que se debe a que me la llevo bien con los viejos.  Tengo muchos amigos viejos. Seguimos a mis ocho con un abuelo haciendo el crucigrama de El Clarín. Las abuelas chismosas concuerdan con el abuelo solitario en que esta entrega del crucigrama está muy difícil. Al abuelo solitario le entra una llamada de la hija preocupada porque ha tardado mucho en la calle. Él le dice que se está tomando un té. Es cierto, me consta, se está tomando un té, desde hace horas. El viejo se va y el periódico pasa a otro cliente al que le han dejado las palabras más difíciles. Finalmente, a mis once hay un muchacho de mi edad que ha encontrado en este sitio un refugio. No soy el único colado.

Me gusta Buenos Aires porque hay muchos viejos en la calle, independientes, ejerciendo su legítimo derecho a no hacer nada. Habla bien de esta ciudad el poder ver a tanto viejo por ahí contento.

Me gustan los viejos que han aceptado que el cuerpo se marchita, que es pasajero, me gustan los viejos que han perdido el afán, que la paciencia se manifiesta a través del crucigrama, del bordado, del tejido, del té, de cómo contestarle a la hija impaciente. Me gustan los viejos que han renunciado a conquistar el mundo. Me gustan los viejos porque han entendido que no hay conquista posible, solo renuncia.

Berrinches

Se están subiendo los últimos pasajeros al avión. Una señora inicia una conversación con su compañera de vuelo. Por su forma de hablar queda claro que su verdadera intención es abarcar la mayor cantidad de público usando una conversación como pretexto. Como si estuviera en las redes sociales (cf. Menos). Está quejándose de la austeridad de este avión de Aerolíneas Argentinas y de la cantidad de años que parece tener la nave. Pero sobre todo se queja de que no hay una pantalla en cada silla. Toma como una agresión que la aerolínea deje a los pasajeros solos con sus egos por un par de horas. A medida que va voceando su discurso-protesta-conversación busca en la mirada de los demás pasajeros un gesto de aprobación, un like. Finalmente se queda sola en su causa.

El avión arranca y con él, el berrinche cósmico de una bebé de una pareja joven. Los papás la zarandean de arriba a abajo, de izquierda a derecha. Esto solo empeora las cosas. Los papás, a diferencia de la señora de antes, fueron precavidos y trajeron su propia tableta. Llenos de esperanza, retoman el capítulo de Peppa Pig que la criatura estaba viendo unos instantes atrás con la misma expresión de enajenación que tienen los profesionales del Candy Crush. Es inútil. Con impaciencia le agarran un brazo para que toque la pantalla. Es así como empiezan a volar cachetadas, rasguños, puños y patadas. En este punto ya está gritando como la niña de El Exorcista. Los fluidos corporales hacen los suyo y la bebé se está ahogando en sus propias babas. Los pasajeros se voltean y miran fijamente a los papás con reproche. Tampoco funciona. Finalmente la mamá se saca la misma teta que hace unos instantes fue rechazada, medio la toca, medo la babea. Cae profunda el resto del vuelo.

A mi lado una señora está llorando de manera casi infantil contra la ventana. Esperemos que no sea algo contagioso. Cubre su llanto pero es una mera formalidad. Todo indica que quiere que yo me de cuenta que está sufriendo. Pienso en ofrecerle una conversación, privada y dirigida. Una conversación a la antigua, mejor dicho. Finalmente no encuentro cómo abordarla y tampoco creo que le guste oír mi opinión. Sirven la comida y le pasa algo parecido que a la bebé: cae dormida sobre mi hombro. De alguna manera estoy consolando a está mujer, aunque preferiría que no me siga llenando la camisa de mocos.

De vez en cuando me viene bien no ser parte de los berrinchosos del avión. Así se lleve por dentro, berrinche es berrinche y es muy poco lo que pueden hacer los demás al respecto.

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Antes de partir

Me voy por unos meses del país. Entiendo que irse por unos meses no debe implicar ningún tipo de despedida dramática. De todas formas me cuesta un poco. Daniel no entiende muy bien por qué me cuesta, pero es que él se considera a sí mismo un aventurero. Yo soy lo opuesto a un aventurero, yo soy un aburrido. Me gusta la rutina, mis gatos, mi marido, el tinto en la mañana, mi colchón ortopédico, acostarme temprano, andar en babuchas, el silencio. Esa clase de aburrido.

No quise despedidas pero antes de partir se me dio por ver a mis amigos, a los que pude. De a poquitos, sin afanes, por tandas de a uno o dos. Las actividades fueron en su mayoría cosas aburridas: sacar el perro, caminar juntos, almorzar en un corrientazo, comer helado, pizza de barrio o compartir un chocolate con pan. Nada extremadamente divertido, nada que arrebate los sentidos, nada que inunde el paladar de experiencias gastronómicas, nada que haga perder la consciencia en una noche de excesos. Ahora tengo un poco más claro este asunto. Mis amigos no son para buscar diversión. Buscar diversión en mis amigos es egoísta e infantil. En mis amigos tampoco debo estar buscando permanente el consuelo. Es igual de egoísta e infantil. Diversión y consuelo pueden ser brindados por desconocidos y profesionales en la respectiva materia. Mis amigos son para compartir las cosas simples de la vida. Sí, en ese compartir hay diversión y consuelo, pero como cosas que aparecen y se van, no como el fin del cual mi amigo es un medio.

He sido ingrato y espero que mis amigos sepan perdonarme. No los he llamado seguido porque no he sabido bien para qué. La rumba no me gusta, los restaurantes son una forma muy costosa de compartir y en mi marido usualmente encuentro consuelo. Postergo mucho la llamada para vernos cuando no debería haber excusa, ya que cualquier tinto es pretexto. Aunque pensándolo bien, ni el tinto es pretexto para vernos, ni el vernos es pretexto para el tinto. Las ganas de vernos y la rutina del tinto son cosas que surgen y que se pueden hacer coincidir sin mayor esfuerzo.

He aprendido la lección, no quiero que llegue el  momento antes de partir definitivamente sin haber compartido lo suficiente con mis amigos.

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Proyecto Mahakala

Estoy cuidando la habilitación de mis estudiantes. Afuera del edificio se oye un gato llorar. Parece estar pidiendo ayuda. Me asomo por la ventana y veo un gato negro. Creo que es el mismo gato que he visto antes en el mismo lugar compartiendo con los estudiantes. ¿Será un pariente? Los gatos negros se parecen mucho entre ellos. El gato sigue llorando con cierto desespero pero decido hacer caso omiso porque estoy en una tarea muy seria y debo proceder con cierta indolencia: no puedo salir del salón al rescate y permitir la trampa. Después de décadas de docencia sigo sin entender muy bien los ejercicios de vigilancia y control de mi trabajo basados en la desconfianza. El llanto cesa, la habilitación termina, me retiro. Me olvido del gato y su aparente llamado de auxilio. Calificando me doy cuenta que un par de estudiantes seguramente se han copiado entre ellos y pasarán la materia. La trampa es imposible de demostrar. No hay nada que pueda o me interese hacer al respecto.

Tomo un taxi que va por la circunvalar en sentido norte-sur. Me deja en la entrada de arriba de la universidad que queda en una falda de los cerros orientales. El trayecto en taxi es muy corto pero siempre disfruto esa zona tan verde. Es tan verde que no parece Bogotá. El truco de entrar por la portería de arriba se lo aprendía a Ángel. “Se cansa menos bajando que subiendo, bobarrón”, me explicó con gran sabiduría. Sin tanta gente y sin el afán propio del semestre se da uno cuenta que la universidad es bonita. Sí, no es bonita como la Nacional con su grandeza, ni bonita como los Andes (también en una falda) donde todo es impecable. La sede de la Macarena es bonita en un sentido más humilde que no viene al caso precisar. Bajo las escaleras y en un corredor hay un gato negro llorando desesperado. Parece ser el mismo gato pero no es claro cómo atravesó la circunvalar en el otro sentido (sur-norte). Una chica lo trata de consolar, le tiene comida y una cajita. Me desentiendo del asunto y entro a mi reunión.

Unas semanas después entro por el mismo sitio, la portería más cercana a la reserva de la montaña. Veo un gato negro entre las matas. Es el mismo gato negro. Se ve tranquilo y meditando. Le pregunto que cómo está y este gato me contesta con tremenda cantaleta. Llora, en lo que interpreto como pidiendo ayuda. Parece estar dándome toda una clase de quejas de vainas que le pasan o que le ha pasado, no sé. Dicen que los gatos solo maúllan para comunicarse con los humanos, pero a este no le entiendo nada. Me siento en uno de los tantísimos peldaños tratando de entender qué me quiere decir el bicho. En un gesto muy atrevido se me sube al regazo sin permiso y ahí se queda. Como que no se halla el animal. Le reviso las encías, las zonas blancas de los ojos y la histéresis luego de levantare el pellejo del lomo. Son técnicas que me enseñó un veterinario para ver si están pálidos o deshidratados. Esta criatura parece estar mal pero no estoy seguro, no soy veterinario. Mis compañeros, que no son bobos, entran por la misma portería: de arriba hacia abajo. Me miraron raro por andar en el piso con un gato, pero al ver que el gato estaba muy acomodado, empezamos la reunión en las escalinatas: al estilo griego. Cuando tocó continuar con la reunión en un recinto más apropiado, el gato ya no se quería bajar. Se aferró con patas y uñas a una de mis piernas. En ese momento me di cuenta que no me podía seguir haciendo el pendejo: algo le pasaba a ese gato y me necesitaba. Tomé la decisión de hacer algo al respecto.

Bajo y pregunto en la secretaría. “Tatis es la del gato”, me responden.  Tatiana lo venía cuidando. Le había puesto Músico: músico-músico-músico. Le tenía una cajita de cartón para que durmiera, le compraba comida y se hacían compañía en un edificio cada vez más solo. Tatiana me comenta que no puede tener más gatos y yo pues tampoco. Le proponemos al decano (como niños preguntándole al papá) que si nos deja tener el gato en la universidad, que nosotros lo cuidamos, lo despulgamos, lo bañamos, lo vacunamos, lo desparacitamos, lo castramos, lo alimentamos, lo queremos.  La respuesta es un no tajante con argumentos muy parecidos a los que esgrimen los papás que no les dejan tener animales a sus hijos. Aparece ahora la advertencia de que van a sacar al gato de ahí. No alcanzamos a exponer los beneficios que traen los gatos para el sistema cardiovascular y para combatir la ansiedad, la depresión y el estrés. De hecho el gato ya era de los estudiantes de la Universidad: me enteré que algunos lo llamaban Lucifer.

Saco mi guacal y me llevo al gato. Le pongo Mahakala. Como todos los nombres que ha tenido, seguro que éste también será provisional. Lo llevo a mi veterinario para que lo despulgue, lo castre, lo vacune. Mi veterinario me dice que no es posible, que está muy mal y que se tiene que quedar hospitalizado por tiempo indefinido y con pronóstico reservado. Me entra una angustia tonta por la plata. Ha pasado un día: es un hemoparásito de las pulgas lo que tiene este animal. El doctor afirma que si no responde al antibiótico se hará necesario realizar una transfusión de sangre (con todos los riesgos que eso conlleva). Me siento muy confundido por toda la situación y empiezo a recoger plata. En las horas de visitas voy y rezo un mantra pensando en él y en los otros animales hospitalizados. El enfermero vigila que no vaya a hacer nada raro. Han pasado cuatro días: el gato está respondiendo al tratamiento. Luego de cinco días de reclusión me lo llevo a la casa. Entre familia y amigos se ha logrado cubrir casi un 80% del total: hospitalización, medicamentos, procedimientos y exámenes. En la casa continúa el tratamiento un mes más. Duerme todo el día y toda la noche por la anemia. Ha hecho pocas pausas muy cortas para estirar. Hace rato ya que dejó de llorar pidiendo ayuda.

Lo pienso dar en adopción pero no a cualquier desconocido, no tengo afán. Ojalá él pudiera volver a la universidad, pero es la opción menos probable. He aprendido muchas cosas de Mahakala.

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Breve pausa para meditar

Planeta plástico

Tengo un conflicto con el plástico. Ser parte de un sistema que usa y desecha plástico en grandes cantidades me hace sentir incómodo y muchas veces no hay opción.

Hace poco estuve en San Andrés y pude ver un paisaje natural majestuoso pero profanado por basura plástica: pañales, toallas higiénicas, jeringas usadas, envases de botellas, envases de medicamentos, bolsas, platos desechables, vasos desechables… Sí, es desagradable a la vista, pero seguramente es más grave el impacto ecológico de todo esto flotando en los arrecifes coralinos. Unos dicen que son los turistas, otros dicen que son los isleños y algunos otros aseguran con convicción profunda que son los cubanos. Puede parecer muy ridículo el argumento de los cubanos, pero no es más ridículo que pensar que es un problema de otro. Si es que se cree que hay un problema ahí. Restaurantes, hoteles y tiendas reparten pitillos, comida en paquetes y bebidas en vasos de plástico a los turistas, en frente del mar y sin inmutarse en lo más mínimo. A nadie parece importarle entrar al mar a flotar en la propia mierda.

Yo recuerdo que de niño de un momento a otro nos bombardearon con propagandas que decían que comer y beber en vajilla no-desechable era un peligro para la salud por la higiene, que uno debía exigir que le sirvieran en desechables, que no había necesidad de lavar la loza y que así hacían las mamás modernas en Estados Unidos. Como para variar, nos dejamos estafar de los gringos. Hace unos años vi un documental fascinante de cómo en la India (en alguna parte, en toda India, no recuerdo) habían prohibido los desechables por el miedo de que se les volviera una catástrofe ambiental en un país tan populoso. Con la mano y en hojas de plátano (creo) que se biodegradan rapidito sirven la comida en muchos lugares. El hecho de tener que usar vajilla que se rompe para todo y para tanta gente ha mantenido un montón de empleos tradicionales como la alfarería y ha creado nuevos empleos como mensajeros de almuerzos. Se necesitan muchos porque, con el ánimo de no romper la vajilla, un mensajero no puede hacerse cargo de muchos servicios. A principio de año en la la capital de la India prohibieron definitivamente toda clase de plástico desechable. El año pasado Francia prohibió el uso de platos y cubiertos desechables. Algunos países están haciendo algo significativo al respecto.

¿Cuándo pasará algo así de radical pero necesario en Colombia? ¿Pasará lo mismo que con las bebidas azucaradas? No sé y prefiero no pensar en eso. Es completamente improductivo porque no tengo como cambiar o controlar nada ahí.

Lo único que puedo hacer es lo siguiente, fruto de mi meditación mientras sacaba la perra.

Es tenaz la basurero de plástico en el que estamos pero es lo que hay. Lo único que puedo hacer es ser más consciente en el consumo y desperdicio de plástico que tengo a lo largo del día. Y lo único que puedo lograr con eso es tener la consciencia tranquila de que por mi actuar no voy a afectar tanto a algunos animales o a la naturaleza. En términos budistas sería como tratar evitar el karma paila. Lo que se pueda, porque vivir sin plástico desechable parece imposible.

Además de las obvias como llevar una bolsa al supermercado, encontré dos cosas que puedo cambiar. La primera: el jugo de naranja de la esquina usa vasos plásticos, ya llevé un termo esta mañana, fue una discusión larga con el señor, dudo que haya entendido, pero logré que no usara el vaso para medir y para luego botarlo. Lo otro es el popó de la perra. En el barrio hay muchísimos perros. En las esquinas cuelgan bolsas llenas de bolsistas con popó. Aveces la gente deja el popó por ahí encerrado al lado de los postes. Hoy empecé a recoger el popó de la perra con papel periódico. Es más incómodo pero papel y popó se desintegran fácilmente.

Hoy iba muy iluminado y muy ecofriendly con el tema del jugo y del popó, cuando en el supermercado al pagar me tocó comprar una bolsa: se me había olvidado lo obvio.

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Foto de Justin Hofman / Wildlife Photographer of the Year

No vives de ensalada

Hace unos años traté de empezar una dieta vegetariana. No comí casi nada de carne durante seis meses. El motivo por el que empecé la dieta esa vez fue porque me empezó a repugnar la carne. Así, sin más ni más. La razón por la que fracasé en la dieta fue por ignorancia. Mantener un régimen vegetariano es complicado: hay que leer. Básicamente yo me estaba llenando de harinas y lácteos: se me había convertido en un problema de salud y sobrepeso.

Este año me volvió a ocurrir lo mismo. De un momento a otro me empezó a repugnar la carne (carne de res y de pollo, el pescado no tanto): el olor, la textura, la sanguaza, todo. La suspendí pero esta vez con algo de información al respecto. El secreto está en  la combinación cereal-leguminosa. Hay muchas fuentes de proteína de origen vegetal que se consiguen en la plaza de Paloquemao a buen precio: nueces, almendras, semillas, trigo sarraceno, fríjoles, arvejas, lentejas, quinua, amaranto… También un suplemento de vitamina B12 por si las moscas. En este nuevo intento mi salud ha mejorado muchísimo. No solo en mi estado anímico, en mi peso, sino objetivamente en mediciones que a principio de año estaban mal: triglicéridos, colesterol, glucosa y ácido úrico.

Al principio el tema del maltrato animal me tenía sin cuidado, pero mi reciente conversión al budismo (otra historia) me hace tener presente ese tema y he tratado también de reducir los productos de origen animal. Nota al margen: aunque relacionados, budismo y vegetarianismo son independientes, de hecho la mayoría de los budistas no son vegetarianos (el Dalai Lama es un ejemplo).  Ahora, tampoco tiene mucho sentido ser budista y comer bife chorizo todos los días, creo yo.

Sí, he reducido el consumo de productos de origen animal por este asunto del Ahimsa (no hacer daño), pero no soy vegano. Ser vegano me parece mucho más difícil que ser vegetariano y no estoy convencido que sea deseable. Técnicamente tampoco soy vegetariano, ocasionalmente como pescado. Ahora, entiendo que el no hacer daño incluye no hacerle daño al planeta. No es una tesis de veganos conspiparanóicos, la ganadería en el mundo (especialmente de carne roja) contribuye significativamente al calentamiento global (tanto o más que los carros).

Por salud, por compasión y por ecología. Por eso trato de no consumir carne.

Eso pienso del asunto y no trato que usted piense igual. Me parece un desgaste completamente inútil el de cierta militancia vegana que con drama y neurosis trata de imponer en el resto del mundo el cambio de hábito universal en la dieta. Un almuerzo entre amigos, se puede convertir en un infierno. Hace poco vi en un grupo de Facebook un pedo de la Madonna que armó una persona porque en un restaurante le habían servido un producto que parecía vegano, pero en realidad no era. Había maltratado a no sé cuántas meseras y al personal. Esa persona se sentía muy orgullosa de su heroísmo y ya se iba para demanda el asunto. Por ahí no es.

Si ya llegó hasta aquí (que lo dudo), más bien lo invito a pensar en lo siguiente. Tal vez no necesita consumir toda la carne (o productos de origen animal) que está consumiendo, tal vez pueden haber productos de origen vegetal muy sabrosos de los que se está perdiendo, tal vez consumir carne todos los días y en las porciones que las consumimos hoy en día puede no ser tan bueno para su salud, puede no ser tan bueno para la salud de todos. Bájele a la carne que no se va a desnutrir y el planeta se lo va a agradecer.

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Caos, catástrofe y estabilidad

Mi curso de ecuaciones diferenciales fue una vaina muy aburrida. Siguiendo con la idea del post anterior, se trataba de ecuaciones diferenciales para tontos. El libro guía era el Zill (el Stewart de ecuaciones diferenciales) que está lleno de recetas del tipo: reste-aquí-multiplique-allá. No fue precisamente ese enfoque el que me motivó a seguir estudiando ecuaciones diferenciales como camino académico.

Henri Poincaré es considerado un precursor del enfoque cualitativo en ecuaciones diferenciales. De hecho fue precursor en muchas áreas de la matemática. El enfoque cualitativo es más cercano al auténtico trabajo con ecuaciones diferenciales, las recetas son escasas, las soluciones explícitas muy raras y es necesario entender bien el álgebra lineal y el cálculo (conceptualmente).

Existe una incapacidad o un temor  (que no acabo de comprender) a enseñar cálculo y ecuaciones diferenciales enfocándose en entender. Se prefiere el cálculo rutinario. Ese temor o esa incapacidad es aveces institucional y aveces personal (del profesor). El siguiente razonamiento parece ser un axioma latente en las universidades cuando se piensa en cálculo: “Eso es muy difícil,  mejor para después; mientras tanto enseñemos estas idioteces fáciles de aprender/enseñar/calificar que no le sirven a nadie, ni siquiera a los que van a hacer un doctorado en esto”.

Motivado por lo anterior decidí hacer una charla en la un evento de la Universidad Distrital sobre caos, catástrofe y estabilidad en dinámica de poblaciones. La dinámica de poblaciones solo fue un pretexto, podría haber sido cualquier otro fenómeno con modelos similares. Quise hacer una charla en donde los estudiantes vieran la riqueza, complejidad, belleza y aplicabilidad de las ecuaciones diferenciales alejándose de rutinas tontas. Todo esto con requisitos mínimos: la idea de la derivada y de recursividad, así como el uso de muchas representaciones coordinadas entre sí.

Dejo el documento de la presentación en beamer en este enlace y aquí está el repositorio en github de la programación en Python. Modestia aparte, las interacciones gráficas me quedaron una elegancia y la charla salió bien, cumplió con el objetivo.

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A ritmo de otoño. Pollock.