La puta que te parió

No soy experto en política argentina ni colombiana ni en política de ninguna. Lo que digo a continuación es basado en meras impresiones de un profesor colombiano que lleva dos meses en la Argentina.

En Buenos Aires todo el tiempo hay protestas, manifestaciones o paros. Mientras escribo esto se cumplen dos días sin bancos en la ciudad. Se manifiestan los estudiantes, los sindicatos y las mujeres. Todos se manifiestan. En la historia argentina han habido manifestaciones épicas que han llegado a tumbar presidentes. Por eso al actual no le gusta mucho cuando retumba en el Subte o en los estadios un cántico futbolero que reza al unísono: “Mauricio Macri la puta que te parió”. Obvio que también hay quejas de que los sindicatos se dejan comprar en las negociaciones. Es bien sabido que la policía también se desmadra con los manifestantes, los provoca y los infiltra. A la “gente de bien” no le gusta mucho tanta protestadera. Se la atribuyen a que los Kirchner acostumbraron a los vagos a que les dieran todo regalado. En Colombia hemos tenido movilizaciones importantes, no digo que no. Estuvo la MANE, el paro  campesino y el paro de maestros. Pero, a mí se me hace que en general nuestras manifestaciones son más bien flojas. Ni hablemos de la posibilidad de tumbar a un mal presidente. Alcaldes, gobernadores y presidentes hacen y deshacen mientras nos quejamos por Twitter. ¿Es por qué en Colombia asesinan sistemáticamente a los líderes sociales?, ¿es porque damos por sentado que no hay nada que hacer?, ¿o es porque sencillamente somos un país de comemierdas?

He conocido gente de clase media culta y acomodada que mete a sus hijos en colegios públicos. ¿Un profesor universitario en Colombia estaría dispuesto a meter a sus hijos en un colegio distrital? Sí, casos se han visto.  Por alguna extraña razón el señor del bus (colectivo) confía en que a donde tú le dices que vas, es a donde realmente vas, dado que la tarifa depende de la distancia. Y en un acto de rebeldía contra Peñalosa, se les está dando por hacer trenes. Son vainas raras que pasan acá.

Los edificios públicos argentinos suelen ser construcciones imponentes y robustas. Como pensados para que duren toda la vida. Aveces con una arquitectura deslumbrante. Échele un ojo a la oficina de correos por ejemplo. El interior de la sede central del Banco Nación  (sí hay un banco público que funciona) es como el banco de Harry Potter. La última vez que fui, noté que la cajera sacaba la plata de un organizador de billetes hecho en madera que debía ser tan viejo como el edificio mismo. El edificio en donde estoy trabajando en la universidad es más bien una gran caja de fósforos, pero no es necesario ganarse el Premio Nacional de Arquitectura para saber que el edificio no se va a caer en los próximos doscientos años. Sí, es una pulla para la Nacional a la que se le cayó su edificio de Arquitectura y para la Distrital a la que casi se le desmorona su sede emblemática. Ambos Premio Nacional de Arquitectura. Estos Pabellones de la Universidad de Buenos Aires no son bonitos como lo sería cualquier edificio de universidad privada promedio en Bogotá. Son grandes y funcionales, y así como en el Banco que todavía funciona el dispensador de billetes de madera, aquí los tableros son de tiza y los pupitres son modestos pero están en perfecto estado. Lo otro que es muy raro, es que a pesar de ser una universidad pública latinoamericana, ¡no rayan las paredes! Parece que tienen un sentido de cuidado de lo público. Eso no es de gratis. Es un círculo virtuoso: hay un cuidado de lo público porque hay una defensa permanente de lo público.

Que los estudiantes no rayen las paredes no significa que no protesten. Se usan carteleras enormes y contestatarias que se pegan en los lugares más visibles, hacen flashmobs e instalaciones artísticas muy creativas con mensajes descarnados y sin anestesia. No sé cómo fue que esa deformidad socio-política a la que de llamamos floclóricamente capuchos (culicagados con espíritu vandálico) tienen la voz y el respaldo que tienen en las universidades públicas colombianas. Son como una caricatura deprimente y paradójica, unos avengers sin poderes que para defender, tienen que destruir lo que defienden.  Estos desadaptados deberían pasarse por la tierra del Ché, por la universidad del Ché y aprender a protestar de verdad, a pelear por la educación pública sin volver todo una mierda. Ojalá que con el tiempo,  pierdan el apoyo de profesores y estudiantes que les celebran sus andadas de manera soterrada. Eso y empezar a protestar de otras formas harán que se extingan naturalmente.

Cuando tuve la oportunidad de ir a Japón dije que la tecnología que importaría para Colombia es el sentido del otro. De la Argentina importaría el sentido de lo público. La defensa y el cuidado de lo público. Otra tecnología que nos hace mucha falta.

 

Millones de budas

El maestro dijo el otro día que el gato del templo era el auténtico maestro ahí. La razón que dio es que el gato puede pasar las horas sin hacer nada, quieto, viviendo el momento presente. Como amante de los gatos, las palabras del maestro me cayeron bien, pero un reflexión más juiciosa me llevó a reconocer que el gato pasa realmente más tiempo durmiendo que meditando.

A la semana siguiente fui a Punta Tombo que es una famosa pingüinera en Argentina. Dicen que pueden llegar a contarse los pingüinos en millones en algunas temporadas del año. El pingüino subtropical que habita estas tierras es el pingüino patagónico. No es tan majestuoso como el pingüino emperador ni tiene mayor gracia o decorado como es el caso del pingüino saltarrocas. Este es más bien un pingünio chiquito y simplón.

Lo que sí es claro es que el pingüino patagónico (y seguro que los otros también) son los auténticos maestros zen. Maestros de maestros. Pasan las horas, los días y los meses meditando. No están despiertos ni dormidos ni con los ojos cerrados ni con los ojos abiertos. Están sentados, quietos meditando. Obvio que como no tienen dedidos y las alitas son cortas, pues no pueden hacer el mudra del vacío. Por razones similares tampoco pueden hacer el medio loto, ni mucho menos el loto completo. Nada de eso es un obstáculo para un pingüino entregado a La Práctica. Los tibetanos hacen mucho énfasis en los no sé cuantos budas y sus múltiples manifestaciones, pero para qué tanta especulación cuando visitar una pingüinera es como un ir a un gran templo, con millones de pequeños budas en vivo y en directo.

pinguino

 

Dulce de leche

Los argentinos son muy locos, locos y exagerados. Manotean a lo italiano y alzan la voz, insultan de formas muy creativas y no es raro enterarse de tremendos melodramas en el bondi.  Obvio, todo esto se expresa con incontables localismos, a tal punto que el idioma ya parece una variante del español.  Esta locura colectiva lejos del reproche, me parece fascinante y hace parte del encanto de esta ciudad de la que uno no puede sino enamorarse.

Hay una locura particular en la que quiero ahondar.

¿Qué le pasa a esta gente con el tal dulce de leche? Yo entiendo que el dulce de leche al lado del alfajor y del bolígrafo son inventos argentinos que hacen parte del orgullo nacional, pero se dan garra. Hay desayunos en los que se ofrece más de una variedad. Es como si para desayunar me dieran a escoger entre arequipe, manjar blanco y cortadito de cabra. En la calle no es raro encontrar una “dulcedelechería”: locales especializados en todas las variedades y presentaciones del dulce de leche, como si se tratara de una tienda de quesos o de vinos. ¡Es una completa locura!

No se si sea común, pero a mí me ha pasado varias veces. En ocasiones pido algo y el que atiende no me lo quiere vender porque hay algo que, según él, me conviene más. Por ejemplo, una vez un camarero no nos quiso vender una cerveza pequeña porque comprando la grande nos salía más barato. Esa vez nos tocó tomarnos una cervezas de un litro a cada uno. También me pasó con el señor que no me quiso vender la avena cruda en una tienda jipi porque, según él, me hacía daño para la panza. Me tocó comprarle avena precocida.

Los helados son otra evidencia de que los porteños están mal de la cabeza. Hay una heladería en cada cuadra, hasta dos heladerías por cuadra. Es mejor no poner en duda que los helados argentinos son los mejores del mundo. La primera vez que pedí un helado, me preguntaron que cuántos kilos. Sí, ¡kilos! Hay personas que se empacan solitas un cuarto de kilo de helado de muchos sabores distintos que no combinan ni por accidente. También hay generosos cucuruchos personales y la venta por kilo, en todo caso, es más familiar. No es nada raro pedir un domicilio de dos kilos de helado a la media noche. Cuando he dicho que en Colombia no hay heladerías que hagan esa vaina, me preguntan “¿y cómo hacen, entonces?” como quién pregunta “¡¿y cómo pueden vivir así?!”.

Un día me vine caminando por River (un barrio divinamente) y paré en una heladería gomelísima. Pedí un helado de chocolate y, adivinen, !no me lo vendieron! La chica del mostrador me hizo comprar un helado de cerveza, naranja y chocolate. ¿Les parece eso mentalmente equilibrado? ¡¿A lo bien?! ¡¿Cerveza, naranja y chocolate?! El empalague psicológico me duró hasta el otro día.

La última vez que pedí un helado, decidí respetar las tradiciones y orgullos patrios y me fui por uno simple de dulce de leche. El oxímoron viene a lugar. Como raro, no me lo quiso vender tampoco el chico del mostrador. Me hizo comprar una vaina que era helado de dulce de leche con bolitas de chocolate, rellenas a su vez ¡de más dulce de leche! Son cosas que pasan en Buenos Aires.

Estaciones

El maestro zen se dirigió a su discípulos:

La vid nos da ahora estas pequeñas uvas dulzonas que compartimos. Ahora que el otoño se aproxima, sus hojas se empiezan a secar y a caer. Barrer las hojas es una rutina que nos permite practicar el zen y aprender a vivir el momento. Cuando llega el invierno todas las hojas caen y parece que la vid ha muerto. Pero la vid aguanta y en la primavera renace haciendo gala de sus flores. El zen no enseña, pero la vid sí. No hay muerte ni vida, sino un ciclo continuo del que todos los seres somos parte.

El impertinente aprendiz replicó:

Pues de donde yo vengo no hay estaciones. Los árboles siempre están verdes y si alguno se quedó pelado, seguramente es porque ya pasó a mejor vida, o a la siguiente para no desentonar. Hay uvas, pero también hay mangos jugosos, lulos agrestes y guanábanas monstruosas. También hay arazá, copoazú, azaí, chancharana, gulupas, aguaje y muchas otras que jamás probarán porque aquí solo se dan manzanas y naranjas. Al igual que las frutas, las flores también se dan todo el año. Pues sí, aveces llueve más y aveces llueve menos, pero nunca se sabe. El caso es que llueve, o hace sol, o las dos al tiempo. El clima es una completa incertidumbre a la que toca adaptarse. Esa es la rutina, así se aprende a vivir el momento y esa es la práctica del zen tropical. Para agarrar la idea del ciclo de la vida con mayor contundencia, basta con darse una vuelta por la selva húmeda para notar que en cada instante, uno es el potencial alimento de alguien más. Así es que sigue la vida, no necesariamente la de uno.

En respuesta a tal atrevimiento, el maestro dibujó en su rostro una misteriosa sonrisa. Nunca se supo si su sonrisa era porque se estaba riendo del aprendiz, de lo que dijo o de un chiste que se acordó.

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Rama de Otoño, Caroline Stroeks

Buenos Aires

El chico con el tatuaje de Mario Bros en un cachete, El sushi vegano, los burritos veganos, el choripán vegano, el alfajor vegano, todos los anteriores en sus versiones no veganas, Los hombres hermosos, El cafe Martinez y sus viejos, perfecto para trabajar, El tren para ir a la clase de tango queer, algo que al mismo tiempo es clásico y moderno, de cierta forma poético, y por que no, cinematográfico, como viviendo una película argentina proyectada en el Gaumont,  La abuela en el tren ansiosa por salir en su monopatín a la calle, Los parques, el Jardín Japonés, el Rosedal, La terminal del tren, El centro caótico, El inmigrante peruano, el colombiano, el chino, el boliviano, el indio, el venezolano, el turista europeo, el gringo, el brasilero, El francés que prefirió quedarse aquí a perfeccionar el tango queer, El sitio de la milonga, sórdido y con ambiente de barrio, El juego de llevar y ser llevado, de perseguir y ser perseguido, de desear y ser deseado, tres pasos al frente, uno atrás, aveces pasos largos al costado, La familia celebrando tarde en la calle, comiendo y bebiendo en un restaurante, en uno de los miles, sin pensar en el mañana, El obelisco alumbrado, Los locos en patines a media noche por Corrientes. Buenos Aires embriaga cuando la conoces, la resaca dura poco y luego se te va robando el corazón a ritmo de milonga.

 

Happy Together

«Happy Together» es un melodrama trasnochado (y aclamado) de una pareja gay hongkonesa basado en la novela de Manuel Puig que le costó el exilio definitivo de la Argentina. Digo trasnochado porque al momento de su estreno el uso del melodrama como recurso narrativo principal de las historias cinematográficas de homosexuales ya estaba en su ocaso. «Total Eclipse» ya había eclipsado cualquier intento subsiguiente en la materia. En «Happy Together» esta pareja viaja a la Argentina a encontrar la redención de su relación tormentosa en las Catarátas del Iguazú. Se pelean horrible, uno consigue trabajo, pelean, el otro se prostituye, siguen pelando, a uno de los dos lo muendean por ahí, viven en una pocilga, se separan, tienen un lío con los pasaportes y finalmente uno de los dos se va solo a las cataratas.

No vaya a pensar, querido lector, que estoy criticando la novela de Puig. Nunca ha sido mi aspiración entrar en esos terrenos oscuros de la crítica literaria, ya tengo suficiente oscuridad con las matemáticas y de literatura no sé. Es más, ni si quiera he leído a Puig, no todavía.

Como la película no me gustó, voy a reescribir el argumento. A continuación mi versión de «Happy Together».

Carlos y Arturo se conocen a través de una página de citas para tirar. Ninguno de los dos tiene la intención de entablar una relación seria, pero deciden volverse a ver: una vez, dos veces y así. El tiempo pasa y sin darse cuenta Carlos ya está viviendo en la casa Arturo. No tienen muy claro qué nombre ponerle a esa relación y tampoco quieren amarrarse mucho el uno al otro, en parte porque Arturo está muy afectado por la pérdida de su compañero anterior, Sebastián, que murió por complicaciones del SIDA. Meterse en una relación sería muy apresurado. Arturo viaja a Estados Unidos a realizar la pasantía de investigación del doctorado que está terminando. Empieza a escribir todos los días en un blog en donde se evidencia cómo paulatinamente va perdiendo la cabeza. Carlos decide ir a rescatarlo y tienen que internarlo en distintas clínicas psiquiátricas. Arturo se siente dañado de forma irreparable, pero Carlos parece tener claro que todo esto es temporal. Arturo, además de sentirse dañado, está sometido a mucho estrés porque tiene que terminar su doctorado o enfrentar la ruina económica. Lo que en su momento fueron anhelos de reputación y felicidad se convirtieron en miedo a la ruina y al desprestigio. Arturo empieza a darse cuenta que en la renuncia y la disciplina está su salvación, termina su doctorado y vive tranquilo con Carlos. La presión propia y externa sobre su deber como investigador lo hace que busque estancias de investigación por fuera del país. Eso implica viajar solo y el fantasma de Estados Unidos sigue dando vueltas por ahí. Carlos confía en que Arturo va a estar bien, pero Arturo sigue lleno de miedos. Miedo a fracasar, a no cumplir las expectativas, a la soledad y, sí, miedo a perder la cabeza otra vez. Ahora anda por la Argentina, tierra de escritores homosexuales, inmerso nuevamente en este ciclo de miedos y anhelos. Carlos insiste en que se tome un par de días y que se vaya a las Cataratas del Iguazú. Arturo acepta a regañadientes. Ya en las cataratas confirma cosas que venía entendiendo lentamente desde hace tiempo. Las cataratas lo absorben, se da cuenta que no está solo porque no hay uno (él) y otro (las cataratas), las palabras no caben de ninguna forma y el instante lo conmueve en lo más profundo. En un momento aparece un arcoíris que pareciera poder alcanzarse de un salto. Ese momento es revelador para él. Ni el dolor por la muerte de Sebastián, ni el miedo al desprestigio, a la ruina, al anonimáto, al fracaso, a la locura, a la soledad, nada, nada de eso puede dañarlo en su ser más profundo. Sería igual que tratar de dañar este arcoíris con palos y piedras. Por el chat Arturo le cuenta a Carlos su travesía por las cataratas del Iguazú, Carlos le pregunta «¿Eres feliz?», Arturo contesta con un lacónico, «Sí». La conversación termina con Carlos diciendo «entonces yo soy feliz por ti, mi amor».

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Subte

Voy en el Subte en dirección a Congreso de Tucumán. Justo enfrente de mí hay un chico guapo al que vamos a llamar Nico por razones prácticas y porque seguramente se llama así. Nico tiene una pinta alternativa: una musculosa fucsia, pantalones cortos, tatuajes por todo el cuerpo, muy tonificado, perforaciones múltiples en las orejas, piel canela, cejas pobladas, pestañas crespas, ojos verdes que resaltan con la piel, barba de una semana, un corte de pelo con desbastados aleatorios e iluminaciones. Nico es precioso. Esa pinta aquí no llama la atención, muchos se visten como se les viene en gana y a nadie parece importarle. He visto empleados oficiales en bermudas y Crocs. Esto contrasta con Bogotá en donde nuestras pintas neutras y elegantes cubren de cabeza a pies así estemos en la canícula. Muy bogotano yo, voy de jean, botas impermeables, una camisa y me estoy pudriendo del calor. En nuestro vagón va un tipo aún más alternativo cantando éxitos de los setenta del rock británico. Sé que con Nico no tengo ninguna posibilidad, no soy digno de esta poesía porteña hecha hombre. Pero pues tampoco pierdo nada con intentarlo. Trato de hacer contacto visual, suena fácil porque lo tengo en frente, pero es imposible, está absorto en su celular. Ese aparato lo tiene idiotizado. El celular de Nico emite ese sonido característico de Grindr cuando anuncia un nuevo mensaje. No era necesario, pero ahora ya tengo reconfirmado que Nico es gay. El hecho de que esté usando Grindr disminuye considerablemente mis posibilidades. Me explico: no es la primera vez que me ocurre, alguien me parece simpático, me doy cuenta que es gay, trato de hacer contacto visual y es imposible porque está perdido en Grindr. Es peor que Candy Crush. Así funciona ahora y hay que aceptarlo, preferimos likes, los fotoculos, las fotovergas y personajes ficticios llenos de toda clase de incertidumbres malucas, que aceptar (o darnos cuenta) que alguien más nos diga, con la mirada, que le gustamos. Nico no se ha bajado y sólo queda una parada, Congreso de Tucumán. Seguro al salir del carro tendrá que descuidar el Grindr un rato. Se baja un anciano y le dice a un policía que ese señor de allá estaba cantando rock y pidiendo plata en el vagón del tren, que eso no está permitido, que por favor lo detenga, lo encarcele o algo. El Policía le dice al anciano que no puede hacer eso, que no más estaba laburando. El anciano insiste en que va contra las normas del Subte. El policía le hace saber que es verdad, pero que sus principios no le permiten dejar a una persona sin sustento. El anciano se aleja refunfuñando. Nico finalmente levanta la mirada. Es tan lindo y tan salvaje este mocoso que debería ser portada de la National Geographic. Le sonrío con picardía moderada, como se hacía en mis épocas. Con mis amigos gay de la universidad le decíamos a esa mirada, La Mirada Roscona. Él me responde con una mueca mariquísima de desprecio. Todo fue tan predecible, que resultó fue cómico.

Por más interconectado, por más contacto que se pueda tener, deberíamos salir todos más seguido del subte ése del celular.