Nómada

Se acerca el viaje a Colombia y de ahí mismo a Madrid. Ayer me dijeron que era todo un nómada. Me sorprendí y casi me ofendo. Traté de explicar que todo esto es circunstancial y que siempre he sido un tipo de la tierra.

Solo tengo que agradecer a este maravilloso país, a su gente, a su tierra, a los amigos que hice.  Solo fueron unos meses, pero la Argentina se me robó el corazón. Extrañaré la locura de los porteños, los hombres semidesnudos en los días calurosos, el conductor del bondi, la Patagonia, el helado a la media noche y los taxistas roqueros. Extrañaré mucho todo este quilombo.

Me voy pero me da guayabo irme. Me voy porque me daría más guayabo quedarme. No quiero pensar en que tengo que volver para partir otra vez. Lo sé, es por poco tiempo, pero es que soy un mal nómada, que a donde va echa raíces. Sobre todo si el suelo lo permite. No hay árboles caminantes.

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Los gatos del ferrocarril

Salgo del local de comida por peso donde suelo almorzar. El sitio queda en el Barrio Chino y es el mejor de su clase. Una bogotana es la encargada de mantener surtidas las bandejas de comida. Nuestro habitual saludo tiene algo especial, como cuando de niño uno se alegraba al encontrarse inesperadamente con un compañero del colegio en la calle. La diferencia es que ahora es menos efusiva la cortesía.

Voy por Olazábal y el paso está detenido por el tren. El semáforo ferroviario parece estar dirigido sólo para los carros que no tienen otra opción que detenerse porque el brazo no los deja pasar. Al igual que los demás peatones, asomo la cabeza para ver que tan lejos está el tren, hago una estimación a ojo de que el sistema distancia-velocidad-tren-Arturo me sea favorable y me atravieso la carrilera apretando el paso. Cuando hago esto pienso que sería un infortunio que un zapato se me quedara enredado en un riel.

El ferrocarril siempre está en obra.

Tomo una calle por la que nunca había pasado y veo una señora con un changuito, que es como le dicen al carrito del mercado, alimentando un montón de gatos al lado de un edificio viejo encerrado por latas. La señora es muy amable y me detengo a hablar con ella. Trato de acercarme a los gatos pero salen corriendo no sin antes bufar. La señora me dice que no debo acercarme, que son gatos feroces. Le digo que me parece haber visto a la gata parda chiquita por Monroe al lado del ferrocarril. Me contesta con un monólogo que dice más o menos así:  “Esa gata que usted dice es otra gata. Somos un grupo de señoras mayores que alimentamos a los gatos del ferrocarril, les hacemos curaciones y los castramos. Tenemos el trabajo dividido por zonas. El que manda en toda el área es el colorado con blanco, es un malandro terrible, siempre tiene heridas, no lo hemos podido castrar, deja bebés por todos lados. Nos hace la tarea muy difícil. Mire estos aruñetazos (los muestra como el soldado que exhibe con orgullo heridas de guerra), no es fácil agarrarlos, se requiere cierta creatividad. Tengo un permiso del gobierno que no le dan a cualquiera y me permite entrar en las construcciones del ferrocarril a velar por los gatos. A veces los maltratan, pero nosotras los defendemos, ya nos tienen miedo porque somos muy bravas. Usted se preguntará que por qué hacemos esto. Los jóvenes no lo saben, pero aquí antes no habían construcciones, eran zonas verdes y los que vivíamos aquí sufríamos mucho por las ratas y los ratones, traían enfermedades mortales, mordían a los niños y se robaban la comida. Era una pesadilla. Los gatos acabaron con las ratas y los ratones y estos gatos que usted ve aquí son los descendientes de esos gatos heroicos. Los gatos nos salvaron y nosotras les estamos devolviendo el favor. Pero no va a ser por mucho tiempo, la construcción del ferrocarril pronto va a terminar, nosotras estamos viejas y el edificio que usted ve aquí también lo van a restaurar. Es un palacio, por ahora es el palacio de los gatos, pero era la casona del escritor Lucio Mancilla que luego fue el colegio donde nosotras estudiamos, la normal de maestras. No sabemos qué va a ser de estos gatos”.

La señora agarró su changuito, se despidió y se fue a otra colonia de gatos de la cual es responsable. Yo seguí mi camino porque no tengo naranjas para el desayuno.

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Casona de Lucio Mansilla cuando era la Escuela Normal de Maestras No. 10. Foto de El Clarín

La puta que te parió

No soy experto en política argentina ni colombiana ni en política de ninguna. Lo que digo a continuación es basado en meras impresiones de un profesor colombiano que lleva dos meses en la Argentina.

En Buenos Aires todo el tiempo hay protestas, manifestaciones o paros. Mientras escribo esto se cumplen dos días sin bancos en la ciudad. Se manifiestan los estudiantes, los sindicatos y las mujeres. Todos se manifiestan. En la historia argentina han habido manifestaciones épicas que han llegado a tumbar presidentes. Por eso al actual no le gusta mucho cuando retumba en el Subte o en los estadios un cántico futbolero que reza al unísono: “Mauricio Macri la puta que te parió”. Obvio que también hay quejas de que los sindicatos se dejan comprar en las negociaciones. Es bien sabido que la policía también se desmadra con los manifestantes, los provoca y los infiltra. A mucha gente no le gusta tanta protestadera. Se la atribuyen a que los Kirchner acostumbraron a los vagos a que les dieran todo regalado. En Colombia hemos tenido movilizaciones importantes, no digo que no. Estuvo la MANE, el paro  campesino y el paro de maestros. Pero, a mí se me hace que en general nuestras manifestaciones son más bien flojas. Ni hablemos de la posibilidad de tumbar a un mal presidente. Alcaldes, gobernadores y presidentes hacen y deshacen mientras nos quejamos por Twitter. ¿Es por qué en Colombia asesinan sistemáticamente a los líderes sociales?, ¿es porque damos por sentado que no hay nada que hacer?, ¿o es porque sencillamente somos un país de comemierdas?

He conocido gente de clase media culta y acomodada que mete a sus hijos en colegios públicos. ¿Un profesor universitario en Colombia estaría dispuesto a meter a sus hijos en un colegio distrital? Sí, casos se han visto.  Por alguna extraña razón el señor del bus (colectivo) confía en que a donde tú le dices que vas, es a donde realmente vas, dado que la tarifa depende de la distancia. Y en un acto de rebeldía contra Peñalosa, se les está dando por hacer trenes. Son vainas raras que pasan acá.

Los edificios públicos argentinos suelen ser construcciones imponentes y robustas. Como pensados para que duren toda la vida. Aveces con una arquitectura deslumbrante. Échele un ojo a la oficina de correos por ejemplo. El interior de la sede central del Banco Nación  (sí, hay un banco público que funciona) es como el banco de Harry Potter. La última vez que fui, noté que la cajera sacaba la plata de un organizador de billetes hecho en madera que debía ser tan viejo como el edificio mismo. El edificio en donde estoy trabajando en la universidad es más bien una gran caja de fósforos, pero no es necesario ganarse el Premio Nacional de Arquitectura para saber que el edificio no se va a caer en los próximos doscientos años. Sí, es una pulla para la Nacional a la que se le cayó su edificio de Arquitectura y para la Distrital a la que casi se le desmorona su sede emblemática. Ambos Premio Nacional de Arquitectura. Estos Pabellones de la Universidad de Buenos Aires no son bonitos como lo sería cualquier edificio de universidad privada promedio en Bogotá. Son grandes y funcionales, y así como en el Banco que todavía funciona el dispensador de billetes de madera, aquí los tableros son de tiza y los pupitres son modestos pero están en perfecto estado. Suena extrañísimo, pero los baños tienen papel higiénico. Lo otro que es muy raro, es que a pesar de ser una universidad pública latinoamericana, ¡no rayan las paredes! Parece que tienen un sentido de cuidado de lo público. Eso no es de gratis. Es un círculo virtuoso: hay un cuidado de lo público porque hay una defensa permanente de lo público.

Que los estudiantes no rayen las paredes no significa que no protesten. Se usan carteleras enormes y contestatarias que se pegan en los lugares más visibles, hacen flashmobs e instalaciones artísticas muy creativas con mensajes descarnados y sin anestesia. No sé cómo fue que esa deformidad socio-política a la que de llamamos floclóricamente capuchos (culicagados con espíritu vandálico) tienen la voz y el respaldo que tienen en las universidades públicas colombianas. Son como una caricatura deprimente y paradójica, unos avengers sin poderes que para defender, tienen que destruir lo que defienden.  Estos desadaptados deberían pasarse por la tierra del Ché, por la universidad del Ché y aprender a protestar de verdad, a pelear por la educación pública sin volver todo una mierda. Ojalá que con el tiempo,  pierdan el apoyo de profesores y estudiantes que les celebran sus andadas de manera soterrada. Eso y empezar a protestar de otras formas harán que se extingan naturalmente.

Cuando tuve la oportunidad de ir a Japón dije que la tecnología que importaría para Colombia es el sentido del otro. De la Argentina importaría el sentido de lo público. La defensa y el cuidado de lo público. Otra tecnología que nos hace mucha falta.

 

Millones de budas

El maestro dijo el otro día que el gato del templo era el auténtico maestro ahí. La razón que dio es que el gato puede pasar las horas sin hacer nada, quieto, viviendo el momento presente. Como amante de los gatos, las palabras del maestro me cayeron bien, pero un reflexión más juiciosa me llevó a reconocer que el gato pasa realmente más tiempo durmiendo que meditando.

A la semana siguiente fui a Punta Tombo que es una famosa pingüinera en Argentina. Dicen que pueden llegar a contarse los pingüinos en millones en algunas temporadas del año. El pingüino subtropical que habita estas tierras es el pingüino patagónico. No es tan majestuoso como el pingüino emperador ni tiene mayor gracia o decorado como es el caso del pingüino saltarrocas. Este es más bien un pingünio chiquito y simplón.

Lo que sí es claro es que el pingüino patagónico (y seguro que los otros también) son los auténticos maestros zen. Maestros de maestros. Pasan las horas, los días y los meses meditando. No están despiertos ni dormidos ni con los ojos cerrados ni con los ojos abiertos. Están sentados, quietos meditando. Obvio que como no tienen dedidos y las alitas son cortas, pues no pueden hacer el mudra del vacío. Por razones similares tampoco pueden hacer el medio loto, ni mucho menos el loto completo. Nada de eso es un obstáculo para un pingüino entregado a La Práctica. Los tibetanos hacen mucho énfasis en los no sé cuantos budas y sus múltiples manifestaciones, pero para qué tanta especulación cuando visitar una pingüinera es como un ir a un gran templo, con millones de pequeños budas en vivo y en directo.

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Dulce de leche

Los argentinos son muy locos, locos y exagerados. Manotean a lo italiano y alzan la voz, insultan de formas muy creativas y no es raro enterarse de tremendos melodramas en el bondi.  Obvio, todo esto se expresa con incontables localismos, a tal punto que el idioma ya parece una variante del español.  Esta locura colectiva lejos del reproche, me parece fascinante y hace parte del encanto de esta ciudad de la que uno no puede sino enamorarse.

Hay una locura particular en la que quiero ahondar.

¿Qué le pasa a esta gente con el tal dulce de leche? Yo entiendo que el dulce de leche al lado del alfajor y del bolígrafo son inventos argentinos que hacen parte del orgullo nacional, pero se dan garra. Hay desayunos en los que se ofrece más de una variedad. Es como si para desayunar me dieran a escoger entre arequipe, manjar blanco y cortadito de cabra. En la calle no es raro encontrar una “dulcedelechería”: locales especializados en todas las variedades y presentaciones del dulce de leche, como si se tratara de una tienda de quesos o de vinos. ¡Es una completa locura!

No se si sea común, pero a mí me ha pasado varias veces. En ocasiones pido algo y el que atiende no me lo quiere vender porque hay algo que, según él, me conviene más. Por ejemplo, una vez un camarero no nos quiso vender una cerveza pequeña porque comprando la grande nos salía más barato. Esa vez nos tocó tomarnos una cervezas de un litro a cada uno. También me pasó con el señor que no me quiso vender la avena cruda en una tienda jipi porque, según él, me hacía daño para la panza. Me tocó comprarle avena precocida.

Los helados son otra evidencia de que los porteños están mal de la cabeza. Hay una heladería en cada cuadra, hasta dos heladerías por cuadra. Es mejor no poner en duda que los helados argentinos son los mejores del mundo. La primera vez que pedí un helado, me preguntaron que cuántos kilos. Sí, ¡kilos! Hay personas que se empacan solitas un cuarto de kilo de helado de muchos sabores distintos que no combinan ni por accidente. También hay generosos cucuruchos personales y la venta por kilo, en todo caso, es más familiar. No es nada raro pedir un domicilio de dos kilos de helado a la media noche. Cuando he dicho que en Colombia no hay heladerías que hagan esa vaina, me preguntan “¿y cómo hacen, entonces?” como quién pregunta “¡¿y cómo pueden vivir así?!”.

Un día me vine caminando por River (un barrio divinamente) y paré en una heladería gomelísima. Pedí un helado de chocolate y, adivinen, !no me lo vendieron! La chica del mostrador me hizo comprar un helado de cerveza, naranja y chocolate. ¿Les parece eso mentalmente equilibrado? ¡¿A lo bien?! ¡¿Cerveza, naranja y chocolate?! El empalague psicológico me duró hasta el otro día.

La última vez que pedí un helado, decidí respetar las tradiciones y orgullos patrios y me fui por uno simple de dulce de leche. El oxímoron viene a lugar. Como raro, no me lo quiso vender tampoco el chico del mostrador. Me hizo comprar una vaina que era helado de dulce de leche con bolitas de chocolate, rellenas a su vez ¡de más dulce de leche! Son cosas que pasan en Buenos Aires.

Estaciones

El maestro zen se dirigió a su discípulos:

La vid nos da ahora estas pequeñas uvas dulzonas que compartimos. Ahora que el otoño se aproxima, sus hojas se empiezan a secar y a caer. Barrer las hojas es una rutina que nos permite practicar el zen y aprender a vivir el momento. Cuando llega el invierno todas las hojas caen y parece que la vid ha muerto. Pero la vid aguanta y en la primavera renace haciendo gala de sus flores. El zen no enseña, pero la vid sí. No hay muerte ni vida, sino un ciclo continuo del que todos los seres somos parte.

El impertinente aprendiz replicó:

Pues de donde yo vengo no hay estaciones. Los árboles siempre están verdes y si alguno se quedó pelado, seguramente es porque ya pasó a mejor vida, o a la siguiente para no desentonar. Hay uvas, pero también hay mangos jugosos, lulos agrestes y guanábanas monstruosas. También hay arazá, copoazú, azaí, chancharana, gulupas, aguaje y muchas otras que jamás probarán porque aquí solo se dan manzanas y naranjas. Al igual que las frutas, las flores también se dan todo el año. Pues sí, aveces llueve más y aveces llueve menos, pero nunca se sabe. El caso es que llueve, o hace sol, o las dos al tiempo. El clima es una completa incertidumbre a la que toca adaptarse. Esa es la rutina, así se aprende a vivir el momento y esa es la práctica del zen tropical. Para agarrar la idea del ciclo de la vida con mayor contundencia, basta con darse una vuelta por la selva húmeda para notar que en cada instante, uno es el potencial alimento de alguien más. Así es que sigue la vida, no necesariamente la de uno.

En respuesta a tal atrevimiento, el maestro dibujó en su rostro una misteriosa sonrisa. Nunca se supo si su sonrisa era porque se estaba riendo del aprendiz, de lo que dijo o de un chiste que se acordó.

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Rama de Otoño, Caroline Stroeks

Buenos Aires

El chico con el tatuaje de Mario Bros en un cachete, El sushi vegano, los burritos veganos, el choripán vegano, el alfajor vegano, todos los anteriores en sus versiones no veganas, Los hombres hermosos, El cafe Martinez y sus viejos, perfecto para trabajar, El tren para ir a la clase de tango queer, algo que al mismo tiempo es clásico y moderno, de cierta forma poético, y por que no, cinematográfico, como viviendo una película argentina proyectada en el Gaumont,  La abuela en el tren ansiosa por salir en su monopatín a la calle, Los parques, el Jardín Japonés, el Rosedal, La terminal del tren, El centro caótico, El inmigrante peruano, el colombiano, el chino, el boliviano, el indio, el venezolano, el turista europeo, el gringo, el brasilero, El francés que prefirió quedarse aquí a perfeccionar el tango queer, El sitio de la milonga, sórdido y con ambiente de barrio, El juego de llevar y ser llevado, de perseguir y ser perseguido, de desear y ser deseado, tres pasos al frente, uno atrás, aveces pasos largos al costado, La familia celebrando tarde en la calle, comiendo y bebiendo en un restaurante, en uno de los miles, sin pensar en el mañana, El obelisco alumbrado, Los locos en patines a media noche por Corrientes. Buenos Aires embriaga cuando la conoces, la resaca dura poco y luego se te va robando el corazón a ritmo de milonga.