Matemáticas para tontos

Dictar el curso de introducción al cálculo ha sido toda una experiencia. Ya llevaba mucho tiempo en la burbuja de los cursos superiores donde uno enseña a los que ya saben. Arrancamos con la hipótesis, más o menos comprobada, de que los estudiantes llegan del colegio con un relación muy pobre con las matemáticas. Vainas tan básicas como divisibilidad y proporcionalidad suelen brillar por su ausencia. Ni hablar de la lógica y la geometría. Quiero que quede claro que no me estoy quejando de las carencias de mis estudiantes. Si mis estudiantes no saben qué es proporcionalidad, ese es mi trabajo, enseñar. Incluso una buena parte del curso ha tenido avances milagrosos.

Siempre me quejé mucho de la formación matemática de mi colegio, y sí, esa formación era mediocre y yo estudiaba para pasar no más. Pero algo que sí me dejó el colegio es que aprendí a hacer algunas demostraciones en geometría elemental y entendía más o menos que era la proporcionalidad. Comparando con los estándares actuales parece que tuve una formación básica privilegiada. Este ensayo de Borovik sobre la crisis de la educación matemática en el mundo (?) contextualiza mucho la discusión. Hay una formación matemática profunda para las élites. Los demás aprenden rutinas tontas y a usar y creer ciegamente en la tecnología sin ningún interés por lo que hay detrás. Esto sucede en todos los niveles. Los usuarios del famoso big data analysis obtienen información de vital importancia que no todos cuestionan porque es muy complicado entender lo que está detrás. Así podríamos dar mil ejemplos más, pero mejor lease los ensayos de Borovik. Yo creo que Borovik no lo dice en esas palabras, pero se infiere de sus ensayos y de la experiencia, que hay una corriente de educación de la matemática (en todos los niveles): La matemática para tontos.

Iba cayendo yo en esa trampa, otra vez. Se decidió que en el primer semestre se enseñara el libro de Stewart & co. de pre-cálculo para “empezar fácil”. Ya me había tocado enseñar de ese libro cuando trabajé en una universidad privada. Los libros de Stewart (padre de la transformación del cálculo) siguen siendo un éxito comercial sin parangón a nivel mundial. Ahora entiendo por qué: Stewart, con la trampa de que por aquí es más fácil, deja la matemática de lado y se pone a hacer matemáticas para tontos: factoriza aquí, despeja allá,  pon un puntito acullá. Todo cuadra mágicamente. Ése libro es la versión de precálculo del álgebra de Baldor. A algunos les parecerá que eso es matemáticas, a otros nos parece que no. A mí me parece que eso es tratar a la gente como tonta con miles de ejercicios rutinarios, masificando una idea errónea de la matemática, una matemática fácilmente enseñable, en la que no sufran mucho ni profesor ni estudiante.

Finalmente me deshice de la biblia capitalista del cálculo y opté por retomar los clásicos (Capitán Apostol y Sensei Spivak). Algunos pueden pensar que los libros de texto son para seguirlos al pie de la letra, de principio a fin, en el tablero, sin interpretación. Como casi todos los cursos de mi carrera. Eso tampoco es enseñar matemáticas, es solo algo más enredado enseñado por una persona (tal vez) más calificada. Usé algunos capítulos y secciones de estos libros, mezclando con otras ideas más actuales y algo de Geogebra.

Esto es mucho más interesante.

Traducción al árabe de “Las Cónicas” de Apolonio

La motivación del profe

Mi profesor de quinto de primaria era el profesor del único quinto de primaria del colegio. Enseñaba español, matemáticas, geografía, historia, religión, educación física y todo lo demás. Era un colegio de barrio del sur de Bogotá dirigido por unas monjas ecuatorianas muy queridas y muy viejas ya. Las instalaciones del colegio eran deficientes, resultaba difícil entrar al baño de hombres por el olor concentrado a orines y el salón era oscuro y estábamos apeñuscados. De todos los muchos colegios por los que pasé, creo que es el único del que guardo un bonito recuerdo general. El profesor de quinto de primaria (el único año que cursé allí) tuvo mucho que ver. No recuerdo cómo se llamaba.  Recuerdo que siempre me (nos) trató con mucho respeto. No puedo recordar qué era lo que hacía en clase que me parecía tan inspirador o qué trucos pedagógicos empleaba para hacerme estudiar. Pasaron cinco años más para volver a encontrarme con un profesor así (de hecho profesora: sí, es Lilia). Profesores así, después de haber pasado por todos los ciclos académicos, los cuenta uno con los dedos de una mano.

En ese salón oscuro de esa casa de la ventipico sur, una vez el profesor preguntó que qué queríamos ser cuando grandes. Eso sí lo recuerdo con claridad. Tenía la certeza de que quería ser como él, tenía la certeza de que quería ser profesor. Estuve trabajando un tiempo formando futuros profesores de matemáticas y les preguntábamos al iniciar la carrera que por qué habían escogido ser profesores, muchos contestaban palabras más, palabras menos: “porque quiero ser para otros lo que mi profesor de matemáticas fue para mí”. Esa certeza de estos primíparos era la que tenía en quinto de primaria. Certeza que se fue desdibujando rápidamente. Sentía que no era legítimo decir en público que quería ser profesor. La docencia aquí es vista como un oficio vergonzante. Uno de niño se da cuenta de esas cosas. Aspiraciones válidas la de médico, ingeniero, abogado, empresario o militar. Así que empecé a decir (a mí mismo y a los demás) mentiras, como que quería ser ingeniero, cosas así, más dignas del aprecio del público. Cuando finalmente terminé decidiéndome por matemáticas la respuesta fue una cara de desilusión seguida de un: “pero eres consciente de que te vas a quedar de profesor, ¿no?”. Respuesta que recibí tanto de mis padres (que finalmente se dedicaron con amor a la docencia) como de mi profesora de matemáticas de once que, por obvias razones, no fue de gran inspiración la señora. En ese momento ya no estaba pensando en si iba a a ser profesor o no, había una decisión, fue difícil y fui para adelante. Finalmente me quedé de profesor por accidente, afortunadamente, quién sabe.

No dejan de ser molestas las muecas, los gestos y las expresiones que tiene cierta  gente cuando uno dice que es profesor: “¡Uy!, yo sí no podría ser docente, no tengo la paciencia, qué valiente usted”. Aveces rematan con frases del estilo: “usted tan inteligente, ¿nunca pensó en algo más lucrativo?”, “el que sabe, sabe, el que no, enseña, jajajaja” entre otras tantas. Es un “¡uy! yo sí no podría” acompañado de gestos de casi de asco, desilusión y condescendencia por estar haciendo un trabajo que nadie en su sano juicio haría. La docencia era un oficio vergonzante cuando tenía 10 años y lo sigue siendo hoy a mis 39.

El otro extremo meloso tampoco me camina. Ese lugar en donde la docencia está llena de frases de cajón, ese lugar donde los docentes somos los llamados a cambiar el mundo y no sé qué más güevonadas. Hay incluso quienes dicen que de esa vaga promesa hay que sacar fuerzas para levantarse en las mañanas y responder por jornadas de trabajo inhumanas. Separemos un poquito los problemas, una cosa es tener condiciones laborales indignas, otra cambiar el mundo y otra que le cueste a uno levantarse en la mañana porque tuvo ocho horas de clase seguidas el día anterior. La imagen del docente como mártir de la utopía no me gusta. Hay que tener un ego trumpiano para creer que uno es el llamado a cambiar el mundo. Claro, yo hablo desde el privilegio que me da tener un cargo de planta en una universidad pública. No sé qué es levantarse a las cuatro o cinco de la mañana luego de ocho horas seguidas de clase con cuarenta angelitos por salón. No sé qué promesa de mundo, no sé qué video necesite uno instalar en el cerebro para sacar fuerzas y seguir adelante.

Si no es una promesa de mundo más justo, más humano, un mundo sin Uribe, sin Vargas Lleras, sin RCN, sin Trump, sin Putin, sin Kim Jong-un, sin plebitusa, si no es una promesa de un país veganofeminista, ¿qué es lo que me motiva a ir a darle clase de introducción al cálculo a treinta angelitos que yo sé que no han hecho la tarea que les dejé?, ¿por qué enredarme la vida tratando que otros veinte angelitos entiendan el concepto de independencia lineal?, ¿por qué desgastarse si no tengo ninguna garantía de que esos angelitos serán ciudadanos ejemplares?, ¿por qué seguir siendo docente si el reconocimiento social y económico es tan bajo?, ¿por qué hacer eso cuando podría utilizar mi supuesta inteligencia amasando fortuna en la empresa privada, haciendo algo realmente útil por la sociedad? ¿por qué? La respuesta siempre ha sido la misma: ¡Me divierte cantidades! Mi motivación es profundamente egoísta.

Mi plan de retiro es enseñar matemáticas ad-honorem en la escuela de Puerto Nariño.

Puerto Nariño

Erecciones, eyaculaciones, meadas.

Los muchachos tienen erecciones de acero, orinan como los ríos bravos del campo colombiano y eyaculan como una la bolsa de leche explotando al caer de un quinto piso. Los muchachos no imaginan que toda esa intensidad biológica es pasajera, que ese climax fisiológico dura menos que el tiempo que logra aguantar antes de venirse. Los muchachos no tienen ni la más remota idea que tarde o temprano tendrán que ir al urólogo.

Los muchachos se convertirán inexorablemente en viejitos prostáticos.

Viejitos prostáticos que orinan con un silbido de chorrito entrecortado, como un grifo que no cierra del todo. Viejitos prostáticos a los que la meada los levanta a las tres de la mañana y que no van donde el urólogo porque su masculinidad se va a desvanecer en el mismo instante en el que el doctor les meta el dedo en el culo.

Yo estoy en transición.

Desestimé con arrogancia el terror de algunos viejitos prostáticos con respecto a la ida al urólogo. ¿Qué es un dedo en el culo? Decía yo con sobradez, con la sobradez de un culo que no le tiene miedo a un dedo.

He tenido dos visitas al urólogo.

En mi primera visita el tipo no me miró a la cara, fue displicente, me pidió que me bajara los pantalones y realizó la siguiente operación en cuestión de segundos : se-puso-un-guante-y-se-echó-un-gel-en-un-dedo-que-me-metió-culo-arriba-e-inmediatamente-lo-saco-para-finalmente-botar-el-guante-a-la-basura. Como cuando le rapan a uno el celular en Transmilenio, así. ¡Pin tun tas! Luego me tiró sobre la camilla un papel de lija para que me limpiara el gel que, dicho sea de paso, ni los lubricantes más baratos se sienten tan mal. A lo largo de toda la consulta el doctor mantuvo una jeta de profundo asco y desprecio. ¡¿Para qué putas estudió urología si le fastidia tanto el acueducto y alcantarillado masculinos?!  ¡Nadie le estaba pidiendo un besito, viejo pendejo!

En mi segunda visita (obvio, cambié de urólogo) me fue muy bien. Un tipo querido y de trato respetuoso. Si necesita hacer el asunto del dedo, hágale fresco. Pensé. Me pidió que me recostara en la camilla y que me bajara los pantaloncillos. Lo que sigue sucedió en cuestión de segundos: me-bajé-los-pantaloncillos-y-por-el-frío-lo-vi-ridículamente-chiquito-y-pensé-espere-me-lo-estiro-que-me-da-pena-y-luego-pensé-que-sería-muy-raro-y-tendría-extrañas-interpretaciones-estirarme-el-pipí-enfrente-del-urólogo-así-que-alcancé-a-devolver-la-mano-antes-de-embarrarla.

En esta fase de transición, en donde uno ya uno no es un ardiente muchacho, hay que cuidarse, buscar el urólogo adecuado, mantener una vida sana, aprender técnicas de respiración y sobre todo practicar todos los días los ejercicios Kegel para ser como el lobo: para orinar mejor, para eyacular mejor y para tirar mejor.

Anexo: Es verdad chicos, la próstata (estimulada adecuadamente) es el centro de placer más grande que tiene el hombre. De lejos. No se vaya a morir sin haber experimentado un orgasmo prostático, no sea tan bobo, puede seguir siendo heterosexual si quiere.

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Full Moon by Pierre y Gilles.

 

Breve Manual para Superar la Depresión

Esa mañana me levanté a las cuatro invadido por la ansiedad y sin pensar salí corriendo a tirarme por el balcón. No sé qué pasó en ese momento pero alcancé a pensar: esto es un cuarto piso, si me tiro voy a quedar paralítico y no se me va a quitar la depresión. Llevaba como un mes con una depresión que venía empeorando tras una larga y dolorosa manía psicótica. Me quedaba catatónico por momentos. Como jugando a los congelados con la diferencia que no era un juego, el cuerpo no me respondía. Los pensamientos suicidas eran cada vez más intensos.

Sólo el que ha vivido la depresión en carne propia sabe el infierno tan hijueputa que es eso. Para los demás es difícil de entender, algunos se esfuerzan más, otros se esfuerzan menos.

Esa mañana decidí internarme en el hospital. No me parecía justo que Carlos tuviera que lidiar con esa angustia. En el hospital las cosas no mejoraban. Estuve hospitalizado por un mes mas o menos. No podía dormir, los episodios catatónicos eran más frecuentes y aterradores. Me sentía como un muerto, un fantasma ocupando un maniquí. Trastorno depresivo mayor recurrente y trastorno bipolar tipo I. Ese fue el diagnóstico. Vi gente muy tostada en esa clínica, eso no ayudaba mucho tampoco.

Si la cosa es muy grave es posible que le toque internarse en un hospital. No hay ninguna garantía de que se mejore, pero puede ser lo más prudente para usted y para los suyos.

No vamos a hablar mierda, superar la depresión es jodidísimo y nada garantiza que uno no recaiga. A mí me costó dos años de mucha dedicación. Yo lo veo como la diabetes (por ejemplo), la medicación es necesaria pero, de lejos, no es suficiente. Tampoco hay una cura, el fantasma siempre está ahí, esperando a que uno dé el papayazo. El mejor tratamiento es un cambio de hábitos y eso es muy difícil de lograr. La ecuación suena simple: hay que sumar muchas pequeñas cosas que ayuden y restar muchas pequeñas cosas que hagan daño.

Voy a contar algunas de las cosas que sumé y resté y que a mí me sirvieron.

Medicación. Mientras estuve hospitalizado hicieron varias juntas médicas para ver qué hacían conmigo. Me probaron medio vademécum psiquiátrico: citalopram, clozapina, quetiapina, antipisicóticos de segunda generación, catalizadores, ativan, remerón. La psiquiatría tiene mucho de ensayo y error. Conmigo se dieron garra. Finalmente para dormir me empezaron a dar clonazepam al piso: veinte gotas (sin mayor efecto). Consideré la terapia electro-convulsiva al ver que algunos compañeros de cautiverio  salían como nuevos después de la formateada. La formateada es literal porque se pierde algo de memoria. Finalmente mi médico tratante decidió cambiar todo el esquema y pasó al trío maravilloso venlafaxina-litio-clonazepam. Una dosis alta de venlafaxina, 150mg dos veces al día, para empezar. La segunda vez que la tomé ya sentía como el cerebro se reconectaba y como el cuerpo volvía a obedecer. La depresión no se me quitó pero pude salir de la clínica con una incapacidad en casa. He venido tomando desde hace tiempo ya venlafaxina 37,5mg inter-diaria y dos gotas de clonazepam en la noche. En una semana me quitan la venlafaxina del todo. La medicación no le va a quitar ninguna depresión, pero sin eso no creo que se pueda. No se ponga de necio, de rebelde, deje el puto ego a un lado (el ego de por qué a mí, yo puedo sin eso y otras idioteces), vaya al médico y tómese la puta pepa.

La gente. En mi caso tener una persona que se puso en la disposición de entender sin juzgar fue de gran ayuda. Carlos tiene una inteligencia emocional gigantesca. Sin ningún misterio me ayudaba a pararme, a vestirme pero pidiéndome completar algunas tareas como lavar la loza, doblar ropa, cosas así. No entraba en angustia al verme mal, lo asumía con naturalidad y siempre estuvo en la dinámica de entender. Me ayudó con compasión pero sin condescendencia. No me imagino sobrellevar una depresión con alguien cantaleteando porque uno no se para de la cama, porque debe ser que no toma vitaminas (me lo dijeron) o porque le hace falta oficio (también me lo dijeron). Reconectarse con la vida social es obligatorio. A mí siempre me ha dado mamera esa parte pero hay que obligarse a ver a los amigos, a la familia. Grupos pequeños, periodos cortos. Como mi trabajo es con gente (soy profesor) eso ayudó en mi recuperación y me sigue ayudando. Mantenerme alejado de las redes sociales también fue muy bueno. Esa recompensa que recibe el cerebro por el like y por el corazón no es saludable, esas relaciones vacías del Twitter y del Facebook me hacían sentir más sólo, más miserable. Hay que retomar o crear la actividad social, pero la de verdad. Así sea un poquito y forzado, no importa.

Drogas. No es un mensaje moralista, pero aléjese de las drogas. Después puede retomar algunas si quiere, con moderación. Por ningún motivo consuma alcohol. Suspéndalo totalmente, ni una gota, ni una cerveza. Nada. El alcohol es un depresor el hijueputa. Yo entiendo: el dolor de la depresión es tan grande que uno quiere anestesiarlo, pero la factura que pasa el alcohol es grande. Con los dichosos efectos medicinales de la marihuana preferí no arriesgarme. La coca produce depresión, en el hospital había casi un pabellón completo de culicagados totiados por la coca. El tinto en la mañana ayuda, en la tarde no tanto. Deje de fumar. Eso me ayudó mucho, la ansiedad y la depresión como que se dan la mano y se ayudan las muy gonorreas. El cigarrillo produce mucha ansiedad.

Alimentación. Deje el azúcar añadido en la comida (dulces, salchichas, etc). Realmente es otra droga y debería estar arriba. Eso hice yo. No solo mi salud mejoró muchísimo y no sólo bajé diez kilos, mi ansiedad disminuyó considerablemente. No tengo ninguna fuente científica que ratifique lo que estoy diciendo, pero estoy convencido que dejar el azúcar y comer mejor (bajarle a los fritos y a la carne) a mejorado muchísimo mi salud mental y mi estado de ánimo. No pierde nada con intentarlo, si no le ayuda a la cabeza, al menos hace algo por su cuerpo.

Sueño. Cuide el sueño, 8 horas de sueño en la noche. Noche que paso mal, dos día que paso muy mal. Dos noches sin dormir en mi caso ya me mandan a la clínica. El sueño repara la cabeza, si le toca tomar algo más fuerte para dormir, hágalo. No se ponga a trasnochar ni a mariquiar con eso.

Ejercicio. Nunca pude realmente con el ejercicio. Hacer ejercicio muy demandante me ponía peor. A mí me sirvió más caminar, montar bicicleta, hacer yoga, meditar, respirar. Aire libre, mucho aire libre, parques, árboles, naturaleza. Creo que eso sirve más que ir a romperse la madre en el gimnasio.

Paliativos. No conozco muchos paliativos saludables, nada quita del todo el mal rato, pero si hay formas de disminuir el dolor de forma natural. Una taza de chocolate Luker sin azúcar cargado reconforta cantidades. Dar una vuelta. Hablar con alguien.

Motivación. Antes de la depresión me gustaban muchas cosas: estudiaba saxofón, escribía, estudiaba matemáticas, me gustaba leer, pintar, la política. Cuando apareció la depresión ya no me gustaba nada pero tenía que cumplir con un contrato que me obligaba a terminar mi doctorado en matemáticas. Al principio podía pasar toda una tarde sin poder factorizar bien una cuadrática. Era frustante tener que aplicar el Teorema de Punto Fijo de Schauder en esas condiciones. Fueron muchos meses en ese estado, Carlos me decía: estudia hoy un poquito y ya. Solo pude recuperar la escritura y las matemáticas, pero debo decir que por las matemáticas siento ahora una pasión mayor que antes de la depresión. Es como el único saldo positivo. Si hay alguna disciplina en la que está (o estaba) inmerso (dibujo, escritura, matemáticas, gimnasia), oblíguese a practicar un poquito todos los días, así sean bobadas. Si no, invéntese una cosa en la cual encarretarse, no importa, no le va a gustar, oblíguese de a poquitos con ese pasatiempo. Haga de cuenta que toca volver a nacer, volver a empezar, volver a inventarse.

Animales. Ya habían pasado como dos años pero no estaba del todo bien. Tenía una perra y una gata (todavía). Odiaba sacar la perra y la gata casi no me quiere. Finalmente me encontré a Tris Alberto en una jaula y me lo traje. Tris Alberto fue el último empujón que me hacía falta para salir de la depresión.

Todavía paso malos días pero ni comparación. Siempre estamos en alerta con Carlos y tratamos de restar factores que puedan detonar algo más grave. Vivir con trastorno bipolar es vivir haciendo malabares, jugando con pequeños pesos y pequeños contrapesos tratando de no perder nunca el equilibrio. Al principio es agotador, pero uno se acostumbra.

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Tris y yo

 

 

No entendí nada

Los matemáticos tenemos un serio problema para comunicar lo que hacemos. No solo en comunicar lo que hacemos al público en general o a los inexpertos, nos cuesta comunicarnos entre nosotros mismos, entre especialistas. En los eventos muchos podrán posar de que entienden todo, pero la verdad es que la mayoría de las conferencias y charlas están llenas de enredos técnicos que a nadie interesan, que duermen y que aburren a cualquiera. No solo es culpa del matemático que hace un esfuerzo (no muy grande) en comunicar sus resultados. El que está comunicando el resultado puede no entender muy bien lo que está haciendo y él transmite el mismo enredo técnico en el que está inmerso. También puede deberse a la vastedad de la matemática y de la terminología. No es menor el problema de tratar de comunicar un resultado complejo y profundo en veinte minutos. El lenguaje usual y el apoyo gráfico que facilitan la comprensión pelean con el rigor técnico que no ayuda mucho a divulgar. Los que tienen una hora para exponer sus resultados tienen un privilegio que no siempre saben aprovechar. Han pasado unos ocho años desde la primera vez que fui a un evento especializado. En mi (sub)especialidad he logrado pasar de no entender nada, a entender la colocación del problema y la técnica empleada. En las demás áreas, salvo que se trate de una charla muy bien hecha, suelo no entender nada. Términos sueltos, cosas así. Los más experimentados dicen obtener ideas de otras conferencias. A mí me suena lejana esa posibilidad. Si los matemáticos no nos esforzamos un poco más en comunicar lo que hacemos, los congresos no serán (¿no son?) más que grandes reuniones de autistas que posan de entendidos.

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Con mi amigo José y mi cara de “se me quedó prendida la olla del arroz”

 

Azúcar

He bajado seis kilos en un mes sin dieta ni ejercicio. No, no estoy vendiendo productos de Herbalife. Se trata del siguiente método: dejar el azúcar. No me vaya a revirar con cuentos culos de que todo es azúcar, de que la papa criolla es azúcar y la guayaba también. No señor. Eso es lo mismo con lo que me salió una nutricionista y me tenía con una tajada de pan alemán al desayuno y un tricitio de arroz al almuerzo. Casi me mata de hambre la señora. Estamos hablando del azúcar-azúcar, el polvo blanco refinado con el que hacen los dulces. Pues resulta que hay más cosas que tienen azúcar-azúcar de las que uno cree: la salsa de tomate es una tercera parte azúcar, al igual que las salchichas y el pan de panadería. Lea los ingredientes. Esta decisión de dejar el azúcar la tomé por unos exámenes de sangre que me tienen con la diabetes respirando en el cuello. Sí, la colita de marrano de mi familia no sólo ataca por el lado de las enfermedades mentales, la diabetes es otro de nuestros talentos. Me asusté porque he visto muy de cerca como se comportan los diabéticos con su adicción al dulce. Si pierden las dos piernas, nada tiene que ver la diabetes; si se están quedando ciegos, nada tiene que ver la diabetes. Mueren por la diabetes con dulces debajo del colchón. Todo es circunstancial y se convencen a sí mismos y logran convencer a los demás de que necesitan azúcar o el doctor les recetó dulces. Algo similar que el adicto al bazuco. Solamente que a diferencia del bazuco, la adicción al azúcar es chistosa y es patrocinada porque ¿qué daño puede hacer un poquito de arequipe? Asustado por este cartucho que en vez de casas de cartón tiene casas de chocolate, decidí dejar el dulce. Como cuando decidí dejar el cigarrillo hace varios años ya. Ni una panelita, ni un chocorramito, ni un arequipito después del almuerzo. No salsas de paquete, no salchichas. Nada de eso. Los adictos no podemos probar un poquito de nuestra fuente de adicción porque no sabemos parar. En los almuerzos hay que rechazar el postre o la torta de cumpleaños. Ya me han advertido en reuniones familiares que debe ser muy peligroso dejar el azúcar así no más o que puedo tener una pérdida de energía sin precedentes. Hasta ahora los únicos efectos secundarios han sido: desaparición de las migrañas, aumento de energía a lo largo del día, pérdida del apetito voraz (sobre todo en las noches) y pérdida de peso.

Aún sueño de vez en cuando que me fumo un cigarrillo, revivo la sensación, se siente rico y luego en el sueño me siento mal por haber recaído. Ahora sueño de vez en cuando algo similar pero comiéndome un postre.

Sumisas y recatadas

No había terminado la carrera aún y estaba empecinado en que tenía que conseguir un trabajo estable. Me presenté a varios colegios. Ya había empezado el año escolar cuando el distrito repartió las plazas docentes de un concurso. Muchos profesores de colegios privados migraron a mejores tierras. Un colegio femenino en Teusaquillo necesitaba con urgencia un profesor de matemáticas. Me puse corbata, fui encantador. Me hicieron dos preguntas muy elementales de matemáticas y al otro día estaba firmando un contrato por encima del mínimo con una cantidad de horas y de estudiantes razonables.

El edificio del colegio era bello. Mi lugar preferido era el laboratorio de física que parecía no haber sido usado en años y que se notaba que hace tiempo había tenido una donación importante. Almorzaba en el colegio y la comida era espectacular. Aveces tenía que cuidar a las niñas en misa, pero nadie me obligaba a rezar. De vez en cuando me llamaban la atención por no traer corbata o por no ejercer mis funciones de vigilancia regañando a las niñas por violar ese delicado equilibrio entre la altura de las medias y la altura de la falda. Si no se le ven los cucos a una chica, difícilmente me doy cuenta que una falda está muy alta. Siempre fracasé en esa tarea. Pasó un año largo y me había ganado el respeto de profesores, estudiantes y directivas. De ahí me queda gente que recuerdo con mucho cariño.

Como cualquier trabajo, no todo es color de rosa. La obsesión casi enferma de la institución por querer controlar el cuerpo y las maneras de las estudiantes me empezaba a rayar un poco: la falda, las medias, los zapatos, el pelo, las hebillas, los aretes, los ademanes, el volumen de la voz, los juegos bruscos (jugar fútbol era una falta mayor). La lista es interminable. El azul era el único color válido. La mayor parte de los recursos estaban dirigidos a formar señoritas, damas, princesas, obedientes, sumisas, monjas, vírgenes, abnegadas, recatadas, rezanderas. En medio de eso algunas estudiantes lograban rendir muy bien académicamente. Las profesoras no se salvaban. Una vez, a la profesora de educación física le hicieron cambiarse la camisa por una camisa que tuviera botón hasta el cuello. Delante de todo el mundo le dieron la orden de recoger una camisa del uniforme del colegio para que se cambiara. La profesora lloró. Fue humillante. No tenía mucha perspectiva de género el colegio. Incluso me enteré que no todos ganábamos lo mismo. Yo por ejemplo no tenía título aún y ganaba más que las profesoras tituladas. Los hombres ganábamos más que las mujeres. Todo eso me afectaba, pero vamos a ser sinceros: no tanto. Eran cosas con las que podía vivir, en últimas estaba disfrutando del privilegio y la comodidad de ser un hombre apreciado en un mundo de mujeres machistas. Nunca me mandaron a cerrarme el último botón de la camisa y  me daban repetición de lo que quisiera al almuerzo.

Hasta que algo explotó.

Un odontólogo de la prestigiosa Universidad de la Sabana daba las charlas de sexualidad. Debe ser de la corriente de la sexología odontológica del Opus Dei, o algo por el estilo. A una compañera le tocaba cuidar las niñas cuando el señor daba sus charlas. Tenía todo un repertorio académico el hombre. En la de drogas hizo un cine-foro con esa película que termina con un bebé muerto relleno de coca. En la del aborto hizo otro cine-foro con esa otra película que termina con el asesinato de un bebé-feto de nueve meses con una aspiradora y el lente de una ecografía. Un día me tocó cuidarlas a mí en una de esas charlas. La charla se llamaba “Machismo”. Le explicó a adolescentes de quince años por qué la temperatura es el método anticonceptivo por excelencia.  Porque, obvio, el condón es pecado y la regla no es tan efectiva. Explicó por qué si una mujer se deja tocar de un hombre es una prostituta. Mostró una ilustración de los tipos de hímenes de las mujeres y cómo se clasificaban las mujeres de acuerdo al himen: de la más monja a la más puta. Si no se llegaba virgen al matrimonio, obvio, no era una mujer digna. Exponiendo su versión de feminismo dijo que las mujeres eran mejores que los hombres que porque el óvulo tiene millones de células más que el espermatozoide. La biología y la sexología odontológica tienen algunas contradicciones. Hágame el hijueputa favor.

Aquí si no me aguanté. Le dije que me parecía irresponsable que promoviera la temperatura y el sexo sin protección en adolescentes que probablemente ya habían empezado su vida sexual. Le dije que ninguna de sus afirmaciones tenía el más mínimo sustento científico. Le dije que le estaba llenando de cucarachas la cabeza a las estudiantes y le pedí a las niñas que no le hicieran caso a ese señor. Las estudiantes me aplaudieron estruendosamente en el único grito de insubordinación que presencié mientras trabajé ahí.

Yo sabía que eso no se quedaba así. Al día siguiente estaba preparando clase en mi escritorio y la rectora me entregó una carta temblorosa en la mano. Un memorando muy sucinto que decía que yo no podía opinar, que había sido contratado como profesor de matemáticas, que me tenía que limitar a mi materia, que me tenía que acoger a la fe católica y otras por el estilo.

Luego empezó la cacería de brujas. Me empezaron a hacer toda clase de acusaciones sin sentido. Empezó una persecución.  Memorandos, cartas, acusaciones falsas. Involucraron al párroco del barrio como refuerzo. Me mamé y renuncié. Les puse una tutela por el derecho al buen nombre, a la honra, a la libertad de expresión, a la libertad de conciencia y no se cuántas más. El abogado del colegio era como de la misma escuela del señor de las charlas. Las pruebas en mi contra sumaban más de 500 folios, el más chistoso de todos era un recorte de periódico en dónde decía por qué el piercing era malo para la salud. El fallo de primera instancia fue bellísimo. El juez le metió su vaciada al colegio. A la rectora le tocó pedirme disculpas. Lo hizo en una carta babosa. Creo que el catolicismo no dice nada de pedir disculpas como debe ser. ¿O sí? Apelaron, se ganaron otra vaciada en segunda instancia. En la Corte Constitucional fue seleccionada mi tutela para sentar jurisprudencia. La sentencia es bien bonita y cuenta  algunos detalles de la historia.

Pasé la página, me gradué, empecé mi maestría y gané un concurso en los Andes. Trabajé tres años en los Andes, conocí gente maravillosa, aprendí mucho y me aportó mucho a mi vida profesional.

Hablemos de los Andes.

Yo no he seguido el caso de Sanin tan de cerca. He leído notas de un lado y de otro, lo que ella publica en Facebook, cosas así. Mi resumen es el siguiente. Sanin era profesora de los Andes, feminista (lo que parece ser un defecto), insulta, se muestra pedante y pendenciera. Además, dicen los entendidos, la loca sabe harto de literatura. Esa combinación de personalidad y conocimiento es más o menos aceptable en un hombre. En una mujer es imperdonable y hay un tipo de machito que siente seriamente amenazada la longitud de su verga con la sola existencia de una mujer así. Aveces se organizan y todo, como pasó con el famoso  grupo Chompós y su cyberbullying machista y violento. Ante las quejas de Sanín, las directivas de la universidad mandaron una carta toda babosa hablando de convivencia. El bullying siguió, obvio. Sanin siguió expresándose en redes sociales y los Andes la echó por manchar el nombre de la universidad. Los Andes la cagó. No solo no hizo nada contra un grupo de acosadores medio delincuentes, sino que además revictimizó a la víctima. Que uno no puede hablar mal de la empresa, dicen, que dice groserías y es un mal ejemplo. Hasta donde tengo entendido los Andes no es un banco que vive de su imagen monolítica. Entiendo que Los Andes es una universidad. La libertad de expresión y la crítica (por más incómoda que resulte) deben tener cabida si quieren mantener ese estatus. El caso es que Sanin puso una tutela y la ganó. La reintegraron y en un acto de dignidad renunció.

Los Andes apeló y ahora el juez de segunda instancia falla en contra de Carolina Sanin: “como docente que representa autoridad y ejemplo para la comunidad estudiantil, más que nadie sabe, que le es prohibido pronunciarse públicamente en las redes sociales“.  Ojalá la Corte Constitucional revise el fallo, ojalá caiga en manos de un magistrado decente, ojalá se siente jurisprudencia. Esto ya no es sólo una “guerrita uniandina”.

Un hombre usando su poder para para prohibirle la libre expresión a una mujer. No me diga que en todo este caso no está atravesado el machismo de principio a fin. Para más piedra mañana es el día de la mujer.

Este caso me toca por varias razones: soy profesor universitario, digo lo que pienso en redes sociales (con o sin groserías, no me importa) y pasé por una situación similar. Pero lo que más me convoca de todo esto es que definitivamente desde el colegio hasta la universidad se usará todo el poder institucional para que la mujer no se salga, bajo ningún motivo, de los cánones de conducta que se le han impuesto. Ocurrirá así en el colegió de barrio, ocurrirá así en la mejor universidad privada del país.

Estamos muy lejos, amigas.