Ira

Shantideva fue un personaje importante en el budismo tibetano. Las escuelas tibetanas hacen mucho énfasis en los renacimientos y en la acumulación de méritos. No comparto del budismo tibetano eso, pero entendidas metafóricamente muchas cosas cobran sentido. El capítulo de la paciencia de Shantideva en “La Práctica del Bodhisattva” es bueno, otras cosas no tanto. El primer verso es bello y habla con la verdad. Trato de tenerlo en cuenta, pero no siempre se puede. Dice algo así:

Todo lo bueno acumulado en miles de eras,

Como acciones generosas,

Y ofrecimientos a los bendecidos,

Un solo destello de ira, lo echa todo por tierra.

Trópico

Desde la poesía japonesa hasta las música de Vivaldi. No entiendo cual es la fascinación por las estaciones. El verano es un calor infernal, el otoño es gripa, el invierno un frío inhumano y la primavera mocos y alergias. A mí déjenme en el trópico que para cambiar de estación bajo o subo la montaña. A mí déjenme en el trópico en donde la temperatura y la humedad son más o menos estables. A mí déjenme en el trópico en donde puedo vivir versiones minúsculas de las estaciones en un mismo día. A mí déjenme en el trópico que ahí consigo lulos y guanábanas.

La Padre Matria

Estaba un poco paranoico por la entrada a España. He oído toda clase de historias de colombianos que son devueltos por las razones más idiotas. Curiosamente, es la primera vez que no me preguntan en migración que a qué vengo. Obvio que pensé mal, que debe ser porque tenía la visa gringa, que debe ser por que no soy morocho. Todo eso pensé. Me quedé con una carpeta de papeles impresa.

También estaba un poco prevenido por todas las historias, noticias y películas de xenofobia y racismo. Uno se va armando ideas y conceptos generalizados de lo que no conoce pero tiene cierto contacto. Es inevitable. Por ejemplo, en Argentina mucha gente me explicó cómo era Colombia basándose en la serie Narcos y en las noticias.

Fui a buscar un adaptador de enchufe y tres señoras jubiladas me acompañaron hasta la estación del tren para enseñarme el camino. Íbamos por la que ahora se llama “Avenida de la Memoria” y que hasta no hace mucho era la “Avenida de la Victoria”. No entiendo bien, pero parece que el cambio tiene que ver con quitarle símbolos a Franco. Hablamos como si fuéramos amigos de toda la vida con estas señoras. Me contaron de sus enfermedades, de sus problemas para dormir, yo contribuí en lo que pude con mis achaques, hablamos de la primera comunión de no sé quién, del vestido que le iban a comprar, hablamos del parque que estábamos atravesando, que lo había hecho Carlos III por allá en el mil setecientos, que ese sí era un buen alcalde a diferencia de Peñalosa, que en el parque un día de invierno se rompió un hidrante y los árboles quedaron como si les colgaran cristales, que eso había sido la cosa más hermosa que había visto en toda su vida, que en ese entonces los celulares no tenían cámara pero que le quedó grabado y que por favor le tomara una selfie con el parque de fondo.

Nos despedimos de beso, uno en cada mejilla y que suene. Fueron seis besos en total. Así me recibió Madrid y ahora ando como Pedro por mi casa.

Nómada

Se acerca el viaje a Colombia y de ahí mismo a Madrid. Ayer me dijeron que era todo un nómada. Me sorprendí y casi me ofendo. Traté de explicar que todo esto es circunstancial y que siempre he sido un tipo de la tierra.

Solo tengo que agradecer a este maravilloso país, a su gente, a su tierra, a los amigos que hice.  Solo fueron unos meses, pero la Argentina se me robó el corazón. Extrañaré la locura de los porteños, los hombres semidesnudos en los días calurosos, el conductor del bondi, la Patagonia, el helado a la media noche y los taxistas roqueros. Extrañaré mucho todo este quilombo.

Me voy pero me da guayabo irme. Me voy porque me daría más guayabo quedarme. No quiero pensar en que tengo que volver para partir otra vez. Lo sé, es por poco tiempo, pero es que soy un mal nómada, que a donde va echa raíces. Sobre todo si el suelo lo permite. No hay árboles caminantes.

bariloche

Los gatos del ferrocarril

Salgo del local de comida por peso donde suelo almorzar. El sitio queda en el Barrio Chino y es el mejor de su clase. Una bogotana es la encargada de mantener surtidas las bandejas de comida. Nuestro habitual saludo tiene algo especial, como cuando de niño uno se alegraba al encontrarse inesperadamente con un compañero del colegio en la calle. La diferencia es que ahora es menos efusiva la cortesía.

Voy por Olazábal y el paso está detenido por el tren. El semáforo ferroviario parece estar dirigido sólo para los carros que no tienen otra opción que detenerse porque el brazo no los deja pasar. Al igual que los demás peatones, asomo la cabeza para ver que tan lejos está el tren, hago una estimación a ojo de que el sistema distancia-velocidad-tren-Arturo me sea favorable y me atravieso la carrilera apretando el paso. Cuando hago esto pienso que sería un infortunio que un zapato se me quedara enredado en un riel.

El ferrocarril siempre está en obra.

Tomo una calle por la que nunca había pasado y veo una señora con un changuito, que es como le dicen al carrito del mercado, alimentando un montón de gatos al lado de un edificio viejo encerrado por latas. La señora es muy amable y me detengo a hablar con ella. Trato de acercarme a los gatos pero salen corriendo no sin antes bufar. La señora me dice que no debo acercarme, que son gatos feroces. Le digo que me parece haber visto a la gata parda chiquita por Monroe al lado del ferrocarril. Me contesta con un monólogo que dice más o menos así:  “Esa gata que usted dice es otra gata. Somos un grupo de señoras mayores que alimentamos a los gatos del ferrocarril, les hacemos curaciones y los castramos. Tenemos el trabajo dividido por zonas. El que manda en toda el área es el colorado con blanco, es un malandro terrible, siempre tiene heridas, no lo hemos podido castrar, deja bebés por todos lados. Nos hace la tarea muy difícil. Mire estos aruñetazos (los muestra como el soldado que exhibe con orgullo heridas de guerra), no es fácil agarrarlos, se requiere cierta creatividad. Tengo un permiso del gobierno que no le dan a cualquiera y me permite entrar en las construcciones del ferrocarril a velar por los gatos. A veces los maltratan, pero nosotras los defendemos, ya nos tienen miedo porque somos muy bravas. Usted se preguntará que por qué hacemos esto. Los jóvenes no lo saben, pero aquí antes no habían construcciones, eran zonas verdes y los que vivíamos aquí sufríamos mucho por las ratas y los ratones, traían enfermedades mortales, mordían a los niños y se robaban la comida. Era una pesadilla. Los gatos acabaron con las ratas y los ratones y estos gatos que usted ve aquí son los descendientes de esos gatos heroicos. Los gatos nos salvaron y nosotras les estamos devolviendo el favor. Pero no va a ser por mucho tiempo, la construcción del ferrocarril pronto va a terminar, nosotras estamos viejas y el edificio que usted ve aquí también lo van a restaurar. Es un palacio, por ahora es el palacio de los gatos, pero era la casona del escritor Lucio Mancilla que luego fue el colegio donde nosotras estudiamos, la normal de maestras. No sabemos qué va a ser de estos gatos”.

La señora agarró su changuito, se despidió y se fue a otra colonia de gatos de la cual es responsable. Yo seguí mi camino porque no tengo naranjas para el desayuno.

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Casona de Lucio Mansilla cuando era la Escuela Normal de Maestras No. 10. Foto de El Clarín

La puta que te parió

No soy experto en política argentina ni colombiana ni en política de ninguna. Lo que digo a continuación es basado en meras impresiones de un profesor colombiano que lleva dos meses en la Argentina.

En Buenos Aires todo el tiempo hay protestas, manifestaciones o paros. Mientras escribo esto se cumplen dos días sin bancos en la ciudad. Se manifiestan los estudiantes, los sindicatos y las mujeres. Todos se manifiestan. En la historia argentina han habido manifestaciones épicas que han llegado a tumbar presidentes. Por eso al actual no le gusta mucho cuando retumba en el Subte o en los estadios un cántico futbolero que reza al unísono: “Mauricio Macri la puta que te parió”. Obvio que también hay quejas de que los sindicatos se dejan comprar en las negociaciones. Es bien sabido que la policía también se desmadra con los manifestantes, los provoca y los infiltra. A mucha gente no le gusta tanta protestadera. Se la atribuyen a que los Kirchner acostumbraron a los vagos a que les dieran todo regalado. En Colombia hemos tenido movilizaciones importantes, no digo que no. Estuvo la MANE, el paro  campesino y el paro de maestros. Pero, a mí se me hace que en general nuestras manifestaciones son más bien flojas. Ni hablemos de la posibilidad de tumbar a un mal presidente. Alcaldes, gobernadores y presidentes hacen y deshacen mientras nos quejamos por Twitter. ¿Es por qué en Colombia asesinan sistemáticamente a los líderes sociales?, ¿es porque damos por sentado que no hay nada que hacer?, ¿o es porque sencillamente somos un país de comemierdas?

He conocido gente de clase media culta y acomodada que mete a sus hijos en colegios públicos. ¿Un profesor universitario en Colombia estaría dispuesto a meter a sus hijos en un colegio distrital? Sí, casos se han visto.  Por alguna extraña razón el señor del bus (colectivo) confía en que a donde tú le dices que vas, es a donde realmente vas, dado que la tarifa depende de la distancia. Y en un acto de rebeldía contra Peñalosa, se les está dando por hacer trenes. Son vainas raras que pasan acá.

Los edificios públicos argentinos suelen ser construcciones imponentes y robustas. Como pensados para que duren toda la vida. Aveces con una arquitectura deslumbrante. Échele un ojo a la oficina de correos por ejemplo. El interior de la sede central del Banco Nación  (sí, hay un banco público que funciona) es como el banco de Harry Potter. La última vez que fui, noté que la cajera sacaba la plata de un organizador de billetes hecho en madera que debía ser tan viejo como el edificio mismo. El edificio en donde estoy trabajando en la universidad es más bien una gran caja de fósforos, pero no es necesario ganarse el Premio Nacional de Arquitectura para saber que el edificio no se va a caer en los próximos doscientos años. Sí, es una pulla para la Nacional a la que se le cayó su edificio de Arquitectura y para la Distrital a la que casi se le desmorona su sede emblemática. Ambos Premio Nacional de Arquitectura. Estos Pabellones de la Universidad de Buenos Aires no son bonitos como lo sería cualquier edificio de universidad privada promedio en Bogotá. Son grandes y funcionales, y así como en el Banco que todavía funciona el dispensador de billetes de madera, aquí los tableros son de tiza y los pupitres son modestos pero están en perfecto estado. Suena extrañísimo, pero los baños tienen papel higiénico. Lo otro que es muy raro, es que a pesar de ser una universidad pública latinoamericana, ¡no rayan las paredes! Parece que tienen un sentido de cuidado de lo público. Eso no es de gratis. Es un círculo virtuoso: hay un cuidado de lo público porque hay una defensa permanente de lo público.

Que los estudiantes no rayen las paredes no significa que no protesten. Se usan carteleras enormes y contestatarias que se pegan en los lugares más visibles, hacen flashmobs e instalaciones artísticas muy creativas con mensajes descarnados y sin anestesia. No sé cómo fue que esa deformidad socio-política a la que de llamamos floclóricamente capuchos (culicagados con espíritu vandálico) tienen la voz y el respaldo que tienen en las universidades públicas colombianas. Son como una caricatura deprimente y paradójica, unos avengers sin poderes que para defender, tienen que destruir lo que defienden.  Estos desadaptados deberían pasarse por la tierra del Ché, por la universidad del Ché y aprender a protestar de verdad, a pelear por la educación pública sin volver todo una mierda. Ojalá que con el tiempo,  pierdan el apoyo de profesores y estudiantes que les celebran sus andadas de manera soterrada. Eso y empezar a protestar de otras formas harán que se extingan naturalmente.

Cuando tuve la oportunidad de ir a Japón dije que la tecnología que importaría para Colombia es el sentido del otro. De la Argentina importaría el sentido de lo público. La defensa y el cuidado de lo público. Otra tecnología que nos hace mucha falta.

 

Millones de budas

El maestro dijo el otro día que el gato del templo era el auténtico maestro ahí. La razón que dio es que el gato puede pasar las horas sin hacer nada, quieto, viviendo el momento presente. Como amante de los gatos, las palabras del maestro me cayeron bien, pero un reflexión más juiciosa me llevó a reconocer que el gato pasa realmente más tiempo durmiendo que meditando.

A la semana siguiente fui a Punta Tombo que es una famosa pingüinera en Argentina. Dicen que pueden llegar a contarse los pingüinos en millones en algunas temporadas del año. El pingüino subtropical que habita estas tierras es el pingüino patagónico. No es tan majestuoso como el pingüino emperador ni tiene mayor gracia o decorado como es el caso del pingüino saltarrocas. Este es más bien un pingünio chiquito y simplón.

Lo que sí es claro es que el pingüino patagónico (y seguro que los otros también) son los auténticos maestros zen. Maestros de maestros. Pasan las horas, los días y los meses meditando. No están despiertos ni dormidos ni con los ojos cerrados ni con los ojos abiertos. Están sentados, quietos meditando. Obvio que como no tienen dedidos y las alitas son cortas, pues no pueden hacer el mudra del vacío. Por razones similares tampoco pueden hacer el medio loto, ni mucho menos el loto completo. Nada de eso es un obstáculo para un pingüino entregado a La Práctica. Los tibetanos hacen mucho énfasis en los no sé cuantos budas y sus múltiples manifestaciones, pero para qué tanta especulación cuando visitar una pingüinera es como un ir a un gran templo, con millones de pequeños budas en vivo y en directo.

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